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Carta ecofeminista para la paz y la vida

Foto de Vika_Glitter en Pixabay

Artículo original publicado en elsaltodiario.com por Rosana Cervera Zumel

La guerra es el uso de la fuerza para resolver diferencias y conflictos; es la imposición de un interés particular por medios violentos. La guerra es fruto de nuestro egoísmo, individualismo, competitividad, arrogancia, racismo, de nuestra envidia y, en definitiva, de nuestro ilegítimo deseo de apropiarnos de lo ajeno. Todos ellos son valores ensalzados por nuestra civilización patriarcal-capitalista y sirven de oportuna justificación para hacer la guerra.

El capitalismo colonial globalizado, en fase terminal

La actual fase terminal del capitalismo continúa su dinámica inherente de expoliar recursos y territorios y de expulsar o masacrar poblaciones como si todo fuera de su propiedad, tal y como ha venido haciendo a lo largo de los últimos siglos. Ahora que estamos frente al agotamiento de minerales y energías fósiles, las guerras por acaparar tierras fértiles, alimentos y agua se desatan con toda su crudeza. Y esto irá a más. El futuro será así.

Pero, tengamos claro que nadie va a resultar vencedor de estas guerras: la humanidad pierde, sobre todo las poblaciones de los territorios en conflicto, como las de RD Congo, Sudán, República Centroafricana, pero también Ucrania y Gaza con sus grandes reservas minerales, petroleras y gasísticas. Sólo ganan los señores de la guerra: hombres ricos del Norte y del Sur Global, financieros, dirigentes políticos, corporaciones energéticas, armamentísticas y de seguridad. En definitiva, ganan las élites mundiales.

Retroceso en derechos

Esta forma patriarcal de ver y dominar el mundo es el imprescindible andamiaje sobre el que se cimenta el militarismo, que además de provocar guerras en países periféricos, combina la fortificación de las fronteras y el aumento de las medidas de seguridad interior en cada país. En sus últimos informes, Amnistía Internacional nos advierte de que los Derechos Humanos están retrocediendo en todo el mundo, no solo en los lugares donde hay conflictos armados, sino también en nuestras sociedades democráticas-liberales del Norte Global. Los Estados están aplicando una decidida política de represión violenta de las protestas sociales para acallar la voz de la gente común que se opone a las guerras, al racismo, a la exclusión, a la desigualdad obscena en que nos obligan a vivir y nos enfrentan a unos contra otros.

Mientras por un lado las sociedades europeas, concretamente la española, expresan reiteradamente su antibelicismo; por el otro, los líderes europeos responden a intereses contrariamente antidemocráticos respecto a esa voluntad popular. Los intereses de las grandes corporaciones energéticas y financieras, la industria bélica y las ideologías más reaccionarias nos están imponiendo sus agendas en contra de nuestra conveniencia e incluso poniendo en riesgo nuestra capacidad de supervivencia como especie en términos ecológicos, y la de la mayor parte de la humanidad en términos ecosociales y de paz.

En las instituciones multilaterales (ONU, OTAN, UE) se van normalizando los discursos que promueven una opinión pública y política propicia a la guerra. Destacados representantes institucionales (Borrel, Robles, etc.) lanzan mensajes referidos a la necesidad de prepararnos para la guerra, de incrementar el presupuesto militar, de recuperar el servicio militar obligatorio porque, según ellos, la guerra está a las puertas de Europa. ¿De qué guerra hablan? ¿De la guerra contra la emergencia climática? ¿De las guerras preventivas contra las zoonosis que nos enfermarán, como la reciente pandemia COVID-19? ¿De la guerra contra la pobreza y la desigualdad crecientes en nuestras ciudades? ¿De la guerra contra el racismo, el cierre de fronteras y la deshumanización del otro que suponen los fascismos que ya minan nuestras democracias y nuestros estados de derecho? Las armas y los ejércitos no sirven para estas amenazas que ya son reales.

La ética de la banca

El negocio de la guerra sigue la lógica capitalista: invertir para luego recuperar con ganancia. Pero hay entidades financieras que no juegan en ese mercado de la muerte, como la banca ética que denuncia el alto coste económico de las guerras y rehúsa financiar la producción o el comercio de armas. Un informe de la Alianza Global para una Banca con Valores-Global Alliance for Banking on Values (GABV) muestra que, entre 2020 y 2022, se invirtió, al menos, un billón de dólares en la industria armamentista mundial. Al mismo tiempo, los precios de las acciones de las compañías fabricantes de armas se dispararon. La GABV ofrece un ejemplo: después de la escalada más reciente de la ocupación militar israelí sobre Gaza, el valor de mercado de algunas de las mayores empresas fabricantes de armas estadounidenses aumentó alrededor de 23 mil millones de dólares. “No puede haber paz y estabilidad mientras las instituciones financieras continúen financiando la producción y el comercio de armas”, dice la Alianza Global de la banca ética en su Declaración de Milán 2024, al tiempo que explican cuál es su misión: poner las finanzas “al servicio de las personas y el planeta, lo que conlleva defender la paz y la estabilidad para abordar los principales desafíos de nuestro tiempo, como el cambio climático y la desigualdad social”.

Si queremos construir la paz hay que poner bajo control a los militares y los intereses guerreros de las élites económicas, energéticas y financieras. Sin embargo, la OTAN obliga a España a aumentar hasta un 2% el presupuesto militar: 12.800 millones de euros; es decir, el mayor gasto militar -directo e indirecto- de nuestra historia, lo que se hará en detrimento de los fondos requeridos para atender las necesidades de las personas y los territorios.

Ecocidio

Además del asesinato y sufrimiento de las poblaciones y de la destrucción de los medios de vida, los conflictos bélicos suponen un catastrófico deterioro de los ecosistemas: destrucción de flora y fauna, contaminación de aguas, tierras minadas, degradación del suelo y las tierras fértiles, incendios forestales, desplazamiento de animales y pérdida de cosechas, entre otros impactos. La Convención de Ginebra, en su capítulo VI, exige a los países proteger la naturaleza durante los conflictos y las guerras. Los ejércitos, las guerras y los conflictos armados tienen un alto coste ecológico cuyos destrozos nunca han sido compensados, ni los daños reparados.

Hemos construido sociedades-monstruo a través de estilos de vida derrochadores que sobrepasan las condiciones de vida endógenas de los entornos donde se ubican. Y para satisfacer la avaricia infinita del Minotauro Global que hemos creado, los países ricos y las grandes corporaciones se alían con regímenes autoritarios del Sur Global que irrespetan los derechos de sus habitantes y degradan sus entornos naturales, aunque ello implique el acoso a las comunidades locales o incluso la muerte de las defensoras de los territorios. Es el caso, por ejemplo, de la hondureña Berta Cáceres, quien fue asesinada en 2016 por oponerse a la construcción de una represa hidroeléctrica que privaría a su comunidad Lenca del río Gualcarque, del que depende su vida. Han pasado ocho años del asesinato y los culpables no han pagado condena. No es casualidad que desde hace décadas, el mapa de las guerras y conflictos existentes coincida con el mapamundi de las materias primas, los hidrocarburos y las grandes rutas comerciales internacionales. Nuestro estilo de vida consumista no se paga solo con petróleo, se paga cada vez más con sangre, con vidas humanas y de otros animales, con destrozo medioambiental. Sabemos que nuestro modelo civilizatorio ya está rebañando los recursos que empiezan a escasear, diezmando poblaciones, abocándolas a la muerte o sometiéndolas a la guerra, pero para nuestras sociedades neocoloniales vale cualquier acción antes que autolimitar la voracidad del Minotauro Global.

Carta ecofeminista

Desde el ecofeminismo sabemos que el modo de vida imperial de las sociedades del Norte Global, que representa sólo el 18% de la población mundial, no puede seguir sustentándose en la desigualdad creciente a base de crear islas de bienestar material protegidas por los ejércitos y, paralelamente, excluir a la mayoría de la humanidad abocándola a condiciones de vida material, social y ecológicamente inviables. Sin justicia ecosocial global entre el Norte y el Sur no habrá paz porque no puede ser una paz a medida y conveniencia de Occidente, basada en el extractivismo y la explotación de los países del Sur Global.

Hay una alternativa a esta pulsión de muerte y autodestrucción: priorizar la sostenibilidad de la vida, de todas las vidas, en detrimento de la acumulación económica en manos de una minoría. Compartir los bienes comunes, repartir trabajos de cuidados, el derecho y el deber de ocuparnos todos de la reproducción de la especie. Trabajar desde el ecologismo, el feminismo y el pacifismo para nutrir las relaciones de apoyo mutuo y cooperación entre las personas y los países, porque es gracias a las cooperación y no a la competencia guerrera como la especie humana ha sobrevivido y prosperado a lo largo de cientos de miles de años.

La paz es el objetivo utópico de las mujeres ecofeministas y, al tiempo, nuestra propuesta realista. Una paz basada en la justicia ecosocial, en la igualdad de todas las personas del mundo, en la reconciliación con nuestro maltratado planeta, en el respeto amoroso a todos los seres vivos con quienes compartimos la Tierra. Aceptar el principio de la igualdad radical entre todos los seres humanos es el camino para dejar de alimentar al capitalismo y al patriarcado, que son aparatos de guerra contra las vidas y el planeta. Ajustar nuestro modo de vida a los límites planetarios, optar por la frugalidad, cuestionar radicalmente nuestro modelo de producción y de consumo. El decrecimiento como proyecto social es, sabemos, el único camino hacia la paz. Ignorarlo es aceptar la guerra como único horizonte.

Cuanto más se refuerce el discurso belicista más crecerá el gasto militar en detrimento de la inversión social; aumentarán las opciones autoritarias, los nacionalismos excluyentes, la xenofobia, el racismo deshumanizante y los fascismos.

La paz, el antibelicismo, el antimilitarismo son hoy, como siempre, una cuestión feminista. El internacionalismo es pacifista y ecofeminista. Urge que las personas y movimientos feministas, ecologistas y pacifistas nos articulemos en clave internacionalista por la paz, ya que es la única vía posible para construir una alternativa al régimen de guerra al que quieren abocarnos los señores de la guerra.

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