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El estilo de vida turístico choca con los límites del ecosistema planetario. Una reflexión desde las Islas Baleares.

Ivan Murray, geógrafo y profesor de la UIB, Illes Balears.

Tras la crisis financiero-inmobiliaria de 2008 se ha producido una intensificación del turismo mundial. El turismo ha desempeñado así un papel clave en la resolución de la crisis. Es lo que David Harvey define como una fijación espacio-temporal. Desde 2008 se han producido importantes cambios en el sistema turístico y en el proceso del turismo planetario, tanto desde el punto de vista cuantitativo como geográfico y cualitativo. En términos cuantitativos, el turismo mundial aumentó en 500.000 millones de turistas internacionales desde 2008, alcanzando los 1461 millones en 2019. Geográficamente hay una expansión por todo el planeta, extendiéndose a prácticamente todos los rincones de la Tierra. Sin embargo, la mayor intensidad se produce en las zonas costeras y urbanas, siendo la vieja Europa la gran mina turística mundial. Cualitativamente, hay una profundización de las lógicas financieras del capital turístico y también una estrecha alianza con el llamado capitalismo de plataforma.

La profundización de la vía turística de acumulación ha sido particularmente violenta en las zonas de la periferia turística de la UE, como las Islas Baleares. El estallido de la burbuja financiero-inmobiliaria de 2008 provocó la dramática crisis de los desahucios. La gente fue desalojada de sus casas y las instituciones financieras acumularon activos inmobiliarios e hipotecarios devaluados. El Estado y la UE, intensificaron el rescate bancario e impusieron medidas de austeridad. El rescate financiero también vino acompañado de la inclusión masiva de la vivienda en el circuito de mercantilización turística. El conocido fenómeno de la airbnbización. Desde entonces, la crisis de la vivienda en el archipiélago balear se ha ido agravando hasta límites extremos debido, entre otras razones, a la mercantilización turística de la vivienda, la inversión extranjera y la falta de una política de vivienda que garantice el derecho a un techo. Una muestra de la crisis de la vivienda en las islas es la proliferación de personas que viven en caravanas.

La vida se hace progresivamente más imposible en las Islas Baleares. Tras décadas de intensificación y especialización del turismo, cada vez es más difícil encontrar un trabajo que no esté vinculado a la explotación turística. La mayoría de los empleos turísticos se caracterizan por salarios bajos, enormes cargas de trabajo y condiciones precarias. Así, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, trabajar en el turismo hoy en día prácticamente no permite vivir en las mismas islas. En todo caso, permite vivir o sobrevivir de forma muy precaria. La vivienda es uno de los principales ejes de exclusión y precarización de la vida. Actualmente, las familias trabajadoras tienen que destinar más del 60% de sus ingresos para poder pagar el alquiler. Pero mañana, el esfuerzo económico será seguramente mayor porque mientras los salarios se mantienen o suben tímidamente, los beneficios empresariales y el precio de la vivienda se disparan. Todo esto ocurre, además, en un contexto de crecimiento económico ligado al auge del turismo. Este boom turístico actúa como un imán para la población inmigrante que llega a las islas para cubrir las necesidades de mano de obra de la producción turística. De ahí que el archipiélago balear presente una de las tasas más elevadas de población inmigrante y uno de los incrementos demográficos más vertiginosos del conjunto de España. En definitiva, se da la enorme contradicción de que las pujantes magnitudes macroeconómicas van acompañadas de crecientes síntomas de precariedad, vulnerabilidad y desigualdad social.

La producción turística ha supuesto la transformación del paisaje insular mediante la construcción de enclaves turísticos y grandes infraestructuras de transporte. En los inicios del turismo de masas la transformación se concentró en las zonas costeras, expandiéndose progresivamente hacia la totalidad del espacio insular. En la actualidad prácticamente cualquier espacio es susceptible de convertirse en mercancía turística, expulsando a otras formas de organización social, especialmente a las formas campesinas. Una de las principales claves que permiten el proceso de aceleración y transformación socio-espacial ha sido la construcción y ampliación de aeropuertos. Inversiones públicas que revierten fundamentalmente en la intensificación del turismo y en la expansión de la vulnerabilidad social. Además, mientras el espacio insular se ha utilizado para extraer rentas turísticas e inmobiliarias, se abandonaban las actividades productivas. Por ello, el metabolismo insular se ha cubierto a base de recursos procedentes de otros territorios. Paralelamente, las inversiones públicas se han centrado especialmente en la ampliación de las mega-infraestructuras de transporte marítimo y energético para asegurar la entrada de materiales y energía que la economía turística balear demanda incesantemente.

Cuando parecía que la expansión turística no tenía límites, un organismo submicroscópico paraliza el mundo. El estallido de la pandemia COVID-19 ha provocado la mayor crisis turística de la historia. Si con el estallido de la crisis de 2008, las entidades financieras fueron las protagonistas, en la crisis del COVID-19 fueron las corporaciones turísticas. Al igual que los bancos en su momento, las empresas turísticas fueron rescatadas. En el contexto de la UE, España fue la economía que experimentó una mayor caída del PIB, y los archipiélagos balear y canario fueron los que más sufrieron los efectos de la crisis. Esto se debió principalmente a su turismo altamente especializado y a su dependencia del turismo internacional. La COVID-19 mostró una doble vulnerabilidad: la primera es la ya citada respecto a la dependencia de los flujos turísticos extranjeros que, al congelarse, paralizaron toda la economía y desencadenaron las colas del hambre; la segunda es la enorme vulnerabilidad derivada de la dependencia de los recursos materiales y energéticos del exterior, incluso los más básicos, como los alimentos.

Cuando parecía que la expansión turística no tenía límites, un organismo submicroscópico paraliza el mundo. El estallido de la pandemia COVID-19 ha provocado la mayor crisis turística de la historia. Si con el estallido de la crisis de 2008, las entidades financieras fueron las protagonistas, en la crisis del COVID-19 fueron las corporaciones turísticas. Al igual que los bancos en su momento, las empresas turísticas fueron rescatadas. En el contexto de la UE, España fue la economía que experimentó una mayor caída del PIB, y los archipiélagos balear y canario fueron los que más sufrieron los efectos de la crisis. Esto se debió principalmente a su turismo altamente especializado y a su dependencia del turismo internacional. La COVID-19 mostró una doble vulnerabilidad: la primera es la ya citada respecto a la dependencia de los flujos turísticos extranjeros que, al congelarse, paralizaron toda la economía y desencadenaron las colas del hambre; la segunda es la enorme vulnerabilidad derivada de la dependencia de los recursos materiales y energéticos del exterior, incluso los más básicos, como los alimentos.

Una vez pasada la pandemia, se ha vuelto a los récords turísticos, a los precios récord de la vivienda, a la vulnerabilidad récord. Además, la reactivación del turismo se produce al mismo tiempo que el aumento de las turbulencias ecosistémicas, geopolíticas y geoeconómicas planetarias. La emergencia climática es cada vez más aguda, las temperaturas más extremas, los veranos más insufribles y el agua más escasa. Las disputas geopolíticas por unos recursos cada vez más escasos se reflejan en un conflicto creciente y el petróleo abundante y barato que ha permitido el turismo de masas parece tener los días contados. La vida actual de muchos habitantes de las Baleares ya está colapsada. Sin embargo, el colapso de la civilización capitalista fósil se distribuirá socioespacialmente de forma desigual, siendo especialmente vulnerables las clases precarias de los espacios hiperturísticos. En definitiva, el estilo de vida turístico está colisionando con los límites planetarios.

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