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El peligro de que los ultras ocupen Bruselas

Un reciente artículo aparecido en El País de la reputada periodista Soledad Gallego-Díaz tiene el siguiente titular: Ocupar Bruselas, objetivo ultra. Estoy de acuerdo con que ese es el objetivo… y lo tienen cada vez más cerca. Todos los pronósticos señalan que las candidaturas ultras conseguirán aumentar de manera sustancial su peso en el Parlamento Europeo y, de esta manera, ganar influencia en el conjunto de las instituciones comunitarias.

Si finalmente lo consiguen, la situación en Europa se tornará muy preocupante (ya lo es, en realidad). Puede que no tanto debido a que eso implique la demolición de la denominada “construcción europea” como porque las políticas aplicadas -en materia de migración y derechos sociales, por ejemplo- tengan la impronta de esas derechas.

Hay que denunciar y enfrentar esa dinámica, y, sobre todo, hay que analizar las causas de fondo que la están alimentando. En este sentido, son muy diversos los factores que dan cuenta del creciente respaldo electoral de las derechas extremas (¿Dónde están las supuestamente moderadas?).

Aquí no entraré en este asunto, que considero trascendental para la reflexión de las izquierdas. Tan sólo quiero recordar que, según Eurostat (la oficina estadística europea), el número de personas que en 2022 se encontraban en situación de pobreza o exclusión social en la Unión Europea (UE) llegó a los 95 millones, lo que supone más de una quinta parte de la población total (en el Estado español, las cifras aumentan hasta los 12,5 millones, un 26,5% de la población).

Hay que mirar en esa dirección para entender la base social que las proclamas populistas de la extrema derecha tienen entre segmentos de la población que lo está pasando muy mal, a los que los eslóganes, que he escuchado tanto a Pedro Sánchez como a Yolanda Díaz (por poner dos ejemplos cercanos), de que “la economía va como un tiro” les suenan a música celestial. Esa insensibilidad hacia los perdedores y, lo más importante, la ausencia de políticas que mejoren su situación es un caldo de cultivo para los mensajes de los ultras, que recogen una parte de la desafección provocada por el aumento de la desigualdad o su mantenimiento en umbrales inaceptablemente elevados.

Ahora mi comentario trata de otro asunto que apunta hacia el poder corporativo; animo al lector o lectora a que contemple esta perspectiva como la otra cara de la moneda de la misma problemática, que nos muestra una Europa a la deriva.

Partiendo del mismo titular al que hacía referencia al comienzo del texto, lo voy a modificar en una dirección que, en mi opinión, a pesar de su trascendencia, apenas es frecuentada por analistas y tertulianos. Y, lo que es peor: recibe escasa atención por parte de los políticos y las políticas supuestamente de izquierdas: «Ocupar Bruselas: objetivo alcanzado por las elites corporativas».

No hablo de una posibilidad remota o de una amenaza improbable sino de una realidad sangrante (que, sin duda, algo tiene que ver con el ascenso de las derechas). Miles de grupos de presión (lobbies, en su acepción inglesa) que articulan los intereses de las grandes empresas -productivas, comerciales y financieras- extienden sus tentáculos a lo largo y ancho de las instituciones comunitarias. Participan activamente en los procesos de adopción de decisiones, a través de espacios opacos y colocando a sus representantes en puestos clave en el entramado institucional comunitario, y recibiéndolos luego en sus empresas a través de unas puertas giratorias que funcionan continuamente, sin ninguna restricción. Consiguen, de este modo, hacerse con buena parte de los recursos públicos, tanto de los que moviliza la UE como los gobiernos nacinales.

Este fenómeno de colonización de las instituciones por parte del poder corporativo no es nuevo -de hecho, está en el origen mismo de la Comunidad Económica Europea-, pero sí ha ganado una entidad creciente y se ha enquistado en la institucionalidad comunitaria. Forma parte, para quien quiera verlo, de la UE realmente existente.

Estas elites no sólo han puesto a buen recaudo sus intereses -con crisis y sin crisis, antes y después del euro- sino que han condicionado, en su propio beneficio y de manera decisiva, las políticas llevadas a cabo desde las instituciones comunitarias; políticas que, en consecuencia, presentan un marcado componente de clase, a favor de las oligarquías. En lo que han hecho -por ejemplo, las medidas de austeridad presupuestaria y moderación salarial o el salvamento a costa del dinero de todos de los grandes bancos- y en lo que no han hecho. Ejemplos de esto último son la pervivencia de los paraísos fiscales dentro de la UE, la renuncia, a pesar de los juegos retóricos, a implementar una política fiscal progresiva a escala europea, o en la tibieza e inconsistencia del denominado Pacto Verde Europeo.

Tan sólo algunos ejemplos de la importancia de colocar el poder corporativo y sus privilegios en el centro del debate europeo. Sin avanzar en esta dirección es imposible reducir de manera sustancial la desigualdad, y también lo es contener a los ultras. En resumen, sacar el poder corporativo de la ecuación que nos permite entender Europa y su funcionamiento es un grave error del que sólo sacan provecho las derechas.

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