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El pensamiento positivo y la ‘happycracia’ han hecho casi más daño al cambio climático que todas las petroleras juntas

Andreu Escrivà. Foto: Kike Taberner
Andreu Escrivà. Foto: Kike Taberner

Artículo publicado originalmente en El Salto

Andreu Escrivà

El doctor en Biodiversidad y responsable del Observatori del Canvi Climàtic de la fundación València Clima i Energia, Andreu Escrivà, se define a sí mismo como “pesado climático”, aunque sus libros y artículos de divulgación resulten más prácticos y amenos de lo que pudiera sugerir esa definición. 

Acaba de publicar Y ahora yo qué hago. Cómo evitar la culpa climática y pasar a la acción (Capitan Swing, 2020) un volumen donde repasa la encrucijada actual en la que se encuentra la humanidad y nuestras posibilidades de actuación como individuos de la sociedad frente algo tan paralizante como es la emergencia climática.

Eso sí, como deja claro desde el principio, ni es una lista de deberes, ni un recetario para una vida sostenible, ni un sermón: “Eso es cuando un señor o un cura que pretende saberlo todo les dice a los otros lo que tienen que hacer y cómo es comportarse bien, y aquí no hay blancos y negros, hay un montón de grises”.

En el libro tratas el concepto de ecoansiendad, la angustia de los humanos que ven acercarse un apocalipsis ante el que un individuo en solitario no puede plantarle cara, ¿o sí puede?
Podemos plantarle cara a las guerras en el mundo, al hambre, a las desigualdades…. Hay mucha gente que hace cosas y que se implica. Que haya problemas enormes que no podamos abordar desde la óptica individual no significa que te separes y lo des por perdido. Con el cambio climático es igual.

Hay una línea muy fina entre la acción individual y la colectiva, y se ha denostado mucho la acción individual. Pero el problema no está en la acción que individualmente emprendamos como personas, sino en que la acción personal tenga solo una visión individualista, es decir, que nos quedemos en nuestra parcelita. Al final parece que nosotros tenemos que hacer solo lo que está dentro de nuestra parcela sin cuestionar la estructura en la que está esta. Esta visión individualista es el do your bit que dicen los ingleses, el “piensa que eres un buen ciudadano verde y no cuestiones cómo está organizado todo esto”.

Tengo claro que, con la situación actual, con realismo, hay que asumir que un Green New Deal potente, rápido y consciente de su papel como herramienta es la mejor opción para transitar a ese futuro distinto

La acción individual con mirada solamente individualista es inútil. Sumar suma, esto hay que decirlo. Lo hemos visto en el confinamiento: el 7 de abril fue el día en que las emisiones bajaron más, un 17%, lo que va en línea con lo que plantean algunos estudios en los que se señala que la acción individual puede llegar a un 20%, un 25% o, como mucho, un 30% de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que necesitamos. Pero nos queda un 70%, un 75% o un 80% de emisiones estructurales. Cuando estábamos todos en casa seguíamos emitiendo el 80% de lo que emitimos normalmente. Esto demuestra que la acción individualista no sirve para nada, lo que tenemos que hacer es cambiar estructuras. Ahí entra en juego también la ecoansiendad, porque si solo miramos nuestra parcela individual, claro que nos ansiamos, porque lo que vemos es que nuestro radio de acción es infinitesimal frente a un problema descomunal.

Tenemos que ver nuestra parcela, pero también más allá de ella y apostar porque la acción personal sea el primer paso de una acción colectiva. Y no ser conformistas. Hay estudios que dicen que algunos de los ciudadanos que se consideran buenos ciudadanos verdes ─que reciclan, tienen un coche eléctrico y tiene luces LED en casa─ son menos propensos a exigir transformaciones colectivas. Dicen “yo lo hago bien, que los demás hagan su parte”. No, no, lo que hay que hacer es exigir a nivel colectivo. 

Hablando de ciudadanos verdes. Coches ecológicos, luces LED en casa, bricks “sostenibles” que realmente no se pueden reciclar, botellas de agua de plásticos reciclados y vueltos a reciclar… ¿Nos han colado un consumo “sostenible” sin darnos cuenta?
Sí, y en la pregunta está la respuesta. Lo que nos han colado es que la palabra sostenibilidad en realidad significa un poquito menos de impacto ambiental. El problema es que no hay una concepción clara y profunda de lo que significa sostenibilidad. No se han entendido ni los límites del planeta, ni el volumen de recursos que estamos extrayendo, ni la energía que hace falta para ello y para mantener esta sociedad de consumo. Y, sobre todo, no se ha entendido que eso sea sostenible en el tiempo.

Cito en el libro a Marina Garcés, una filósofa a la que admiro mucho. Cuando habla del desarrollo sostenible dice que este ha sido uno de los pilares que ha evitado la crítica radical al capitalismo. En este sentido, si el capitalismo se viste de verde y aparece como que de pronto es sostenible vamos a dejar de cuestionarlo. Ayer mismo una conocida marca de cervezas se aliaba con una conocida empresa energética española y esta ponía un tuit que decía: “Nos hemos unido con esta cervecera y ya tienes tus cervezas 100% sostenibles”. Lo decía porque a muchos kilómetros de donde está la producción de cerveza habían instalado unos paneles solares que iban a dar la energía equivalente para la planta y para ellos ya eran cervezas sostenibles. No, no, perdona, son cervezas producidas en parte con energía renovable, pero ¿de dónde viene el vidrio?, ¿de dónde vienen los cultivos?, ¿cómo se transporta esa cerveza?, ¿de dónde vienen los materiales que se han extraído para las placas solares? 

Cualquier solución al cambio climático basada en el consumo va a ser puramente cosmética

No es una cuestión de ponerle ‘peros’ a todo, pero tenemos que dejar de pensar que algo es sostenible si tiene un sello o incluso si se ha fabricado con energía renovable. Nos han vendido ese consumo sostenible porque lo que intentan es que no cambiemos de condiciones de vida, de deseos, de estructuras, como mucho de estilos de vida. O que hagamos exactamente lo mismo pero con el sello eco, porque la cuestión al final es que sigamos consumiendo. Sí, coche eco, pero lo importante es que te compres el coche.

Si nos fijamos en la publicidad de muchísimos coches ahora mismo, sobre todo los que tienen la etiqueta eco ─que es un coladero que la DGT debería rectificar cuantos antes porque es una estafa al consumidor y al medio ambiente─, lo que vemos es que hay coches que además de que pueden llegar a consumir mucho más que un coche diésel o gasolina, tienen etiqueta eco y se venden como el vehículo para cuando no te dejan ir en coche, el coche que elimina las restricciones… No te están vendiendo el coche, ni un cambio de movilidad, lo que te venden es el mismo consumo o incluso más, porque hay muchos más caros, simplemente con esta etiqueta para que tú te sientas bien. Y si nos vamos sintiendo bien porque cambiamos los coches por híbridos pues igual dejamos de usar el transporte público y estamos dejando de lado las soluciones colectivas, sistémicas y estructurales que necesitamos porque nos han colado que la solución es el consumo, y nunca puede serlo. Cualquier solución al cambio climático basada en el consumo va a ser puramente cosmética.

Creo que no te llevas muy bien con alguna tesis de Naomi Klein, cuando dice que el cambio climático es la lucha del capitalismo contra el planeta.
Respetando mucho a Naomi Klein, creo que sí hay una lucha del capitalismo contra el planeta, pero si solo dibujamos eso o que el capitalismo es el único causante de esto estamos desenfocando mucho y, sobre todo, estamos ofreciendo una especie de villano de película de Disney que es malo malísimo y, por tanto, eso nos exculpa: “Es que es el sistema, yo no puedo hacer nada”. Nos separa mucho de las soluciones, asumiendo que las dinámicas capitalistas actuales, de ese capitalismo con anabolizantes que tenemos desde los años 80, tienen gran parte de culpa, por supuesto, pero creo que es más importante hablar del crecimiento.

Lo que para mí está en la raíz de todo esto es el paradigma del crecimiento como sinónimo de progreso y bienestar. Lo que pasa es que el capitalismo se apropia de eso y lo explota como ningún sistema económico lo ha hecho. Para mí, el problema está en que pensamos que para estar mejor tenemos que tener más cosas, consumir más, tener más nivel de vida en general.

Si yo empiezo una charla diciendo que el capitalismo es el origen de todos los males, el 20% dela gente me va a aplaudir a rabiar y el otro 80% va a desconectar

En el fondo estoy de acuerdo con Naomi Klein, pero a nivel de acción y de plantear esta acción climática, creo que nos puede llevar a algunas simplificaciones que impiden enfocar correctamente el problema. Si hablamos solo de capitalismo podemos estar dejando de hablar de otras cosas. Hay mucha gente que lee el informe de Oxfam, en el que se dice que el 1% más rico contamina el doble que el 50% más doble, y piensa en señores que van en yate y superaviones. No, no, en España hay mucha gente, pero mucha, que está en el 10% más rico del planeta. Pero mucha. Es esta separación en la que decimos: “Somos los buenos, esto es el sistema y los ricos”. Y resulta que tú, cada día, con tus decisiones construyes un sistema y estás en un sector de la población que, hay que asumirlo, gasta mucha energía.

También hay que tener en cuenta que si yo empiezo una charla diciendo que el capitalismo es el origen de todos los males, el 20% dela gente me va a aplaudir a rabiar y el otro 80% va a desconectar, bien porque crean que no se pueda hacer nada, bien porque puedan estar de acuerdo, que hay mucha gente que cree que el capitalismo es el mejor sistema posible.

Pregunta obligada: ¿Green New Deal sí o no?
Sí, pero un Green New Deal (GND) que empiece a a cuestionar ciertos paradigmas, por ejemplo un cambio de contabilidad del PIB, algo que planteó Más Madrid en el Congreso. Un GND que se vea a sí mismo como una herramienta y no como un objetivo. Transición significa transitar, que parece que hay que recordarlo. Creo que nos cuesta muchísimo imaginar a dónde queremos ir. Lo que sí que tengo claro es que, con la situación actual, con realismo, hay que asumir que un GND potente, rápido, consciente de su papel como herramienta es la mejor opción para transitar a ese futuro distinto más justo que no sabemos si va a ser una economía de Estado estacionario, un decrecimiento o si va a ser una redefinición. Pero mucho cuidado, que no se apropien el GND las empresas como ya pasó con el desarrollo sostenible, que no lo vacíen de contenido, y que no llamen a cualquier cosa Green New Deal.

Me invitaron en la COP a hacer un dúplex con un negacionista. Yo dije que no, claro. ¿Estamos locos? ¿En 2020 y aún debatiendo de si esto es verdad?

Dices que te quedarías satisfecho si el lector aprendiese, tras leer tu libro, a ver una crisis climática que hable de personas y no de lejanos osos polares, de semanas laborales de cuatro días y no de coches eléctricos. ¿Comunicamos bien la emergencia climática desde los medios?
No creo que sea una cuestión puramente de los medios. Desde las posiciones interesadas, tanto el ecologismo como instituciones y estamentos académicos, se ha comunicado regular tirando a mal el cambio climático y creo que los medios han potenciado a veces ese desenfoque y no han sabido contarlo adecuadamente. Es verdad que se potenció mucho en un primer momento un enfoque muy catastrofista, con el sentimiento genuino que eso podía crear conciencia. Se intentó presentar el cambio climático como un gran problema, que obviamente lo es, y esperar que la gente reaccionase en consecuencia. Como eso no pasaba, se exageraron algunas veces mensajes alarmistas. Ojo, con ciencia muy sólida detrás, pero se comunicaron con mucha alarma y eso a mucha gente le pasó como en la fábula de Esopo: que viene el lobo, que viene el lobo pero al final no viene y se relajan. La gente ve que la vida sigue más o menos igual, hace más calor y a veces llueve menos… Porque también vamos normalizando las condiciones meteorológicas. El cerebro humano resetea cada cinco años y le parece lo normal lo que ha vivido en los últimos cinco, no echa la vista atrás. 

Cuando la gente ve que los científicos están de acuerdo, actúa. Eso pasó con el aceite de palma. El debate sobre el cambio climático impide avanzar en el debate sobre las soluciones al cambio climático

Si tuviera que señalar cuál ha sido el mayor error mediático para mí habría sido dar demasiada voz a los negacionistas. Han tenido muy claro que no podían sacar a un teólogo a hablar de evolución porque no tiene sentido, ni a Uri Geller con un físico de la universidad a a hablar de la realidad, pero no han tenido ningún pudor hasta hoy en día con el cambio climático. A mí me invitaron en la COP a hacer un dúplex con un negacionista. Yo dije que no, claro. ¿Estamos locos? ¿En 2020 y aún debatiendo de si esto es verdad? Estamos dando una imagen equivocada al público, una sensación de que la ciencia está dividida. Sin embargo, la asunción de que hay un consenso sobre el cambio climático es uno de los grandes predictores de la acción climática. Cuando la gente ve que los científicos están de acuerdo, actúa. Eso pasó con el aceite de palma. El debate sobre el cambio climático impide avanzar en el debate sobre las soluciones al cambio climático

Sostienes que hay un negacionismo más peligroso por cotidiano, que practicamos a diario sin darnos cuenta, que no habla de soluciones y que es ilusionista al mantener que el impacto no será tan grave. ¿Tan inculcada tenemos esa idea?
Sí. Lo voy a plantear de una forma un poco dura: es como con la muerte. Tenemos circuitos neuronales dedicados a que no pensemos en la muerte, por eso cuando pensamos en ella nos da tanto agobio. La muerte es una cosa que tú vas negando, esto le pasa a otro pero a mí no. Si lo hacemos con algo que es una certeza absoluta, pues claro que lo vamos a hacer con el cambio climático. Es un poco lo que cuento sobre los estudios en Estados Unidos en los que la gente dice: “Sí, esto pasará, pero a mí no me toca”. Tenemos un negacionismo ahí, uno que alberga la esperanza de que esto no es tan grave.

Nuestro cerebro evolucionó durante miles de años para adaptarse a amenazas inminentes, no a medio y largo plazo como la crisis climática, ¿tenemos el peor enemigo dentro?
La cabeza a veces se dice: algo haremos, nos adaptaremos, usaremos más el tren, pondremos más árboles en las ciudades. Somos un poco negacionistas con las soluciones y con el escenario. Los humanos no estamos acostumbrados, por cómo funciona nuestro cerebro, a la extrapolación y a los crecimientos exponenciales. Eso se ha visto muy bien en el coronavirus. La gente decía, pero si hay 50; no 100, bueno, 200; 400… Eran número muy bajos, pero tú sigue: 400, 800, 1.600 y de ahí para arriba. Con el cambio climático es lo mismo. De momento es: “No pasa nada”, “viene un huracán”, “un temporal”, “ha subido el mar 20 centímetros”. Ya, ya, pero es que hay una aceleración exponencial, que es sobre todo a partir de 2040-50, cuando la cosa se pone muy fea.

Vacaciones igual a viaje, y luego viaje igual a avión. Hay una serie de equivalencias muy peligrosas

Hay una serie de límites que se van a cruzar. Por ejemplo, el deshielo del permafrost. Si eso se deshiela ya no tenemos nevera para volverlo a poner. Ni eso, ni Groenlandia, ni la Antártida. Si un bosque tropical húmedo se seca, su estado ecológico cambia y cuesta mucha más energía, energía que no tenemos, devolverlo a su estado actual. No tenemos forma de devolver la atmósfera a su estado inicial y eso la gente, por ese negacionismo del que hablamos, lo que hace es extrapolarlo: hace un poquito más de calor pero se puede vivir, y piensan que en 30 años pasará lo mismo, pero no. En 30 años estamos hablando de impactos muy fuertes, de olas de calor muy muy fuertes y muy persistentes, también de una subida del nivel del mar que va afectar a muchísima gente a lo largo del planeta, y no solo en Bangladesh. En Estados Unidos ya hay ciudades que han tenido que moverse por cuestión de aumento del nivel del mar. Nos negamos a ver el alcance real.

Sin embargo, por primera vez hay una generación con capacidad de actuación, de manifestarse y de hacer exigencias concretas, que ve que los cronogramas de emisiones a 2100 reflejan su vida. Nosotros nos desconectamos, veo 2100 y sé que no estaré, pero hay mucha gente, un chaval nacido en 2000 por ejemplo, que lo que está viendo es la historia de su vida. Hay una generación que ha visto —en parte, tampoco hay que ser triunfalistas— que no puede gastar la excusa típica de que eso es el futuro, porque ya estamos en el futuro. 

¿Estamos lejos en España de sentir algo como lo que ya ocurre en países nórdicos, esa “vergüenza de viajar” por tomar aviones por su contaminación y emisiones muy superiores a otros medios?

Yo creo que sí. España lleva un retraso evidente porque estuvo 40 años bajo una dictadura fascista, y eso se nota. Ese retraso se ha visto a nivel político e histórico en que llevamos los tiempos un poco cambiados con Europa. Aquí se empezó a ver en los 80 lo que en Europa se veía en los 60. Ese retraso de alguna forma lo estamos pagando ahora en cuestiones climáticas. No quiero decir que somos los nuevos ricos, porque ricos no somos ni somos tan nuevos, pero estos proceso de bienestar material, de conquistas sociales y mejora de la renta se han dado con posterioridad y ahora estamos en un punto en que tenemos otras percepciones sobre lo que es el bienestar o el progreso en general.

No hay ninguna circunstancia en la que nuestra vida, nuestra sociedad y nuestra forma de organizarnos actual sea sostenible en el tiempo

Cuidado, que algunos países las huellas de carbono son muy superiores a las nuestras, como es el caso de Noruega, donde van de muy verdes pero gran parte de su PIB viene del petróleo. Tampoco nos pensemos que somos lo malos de la película. Canadá, donde hay una conciencia de no volar, tiene una huella de carbono tres veces superior a la de España. Ojo con idealizar ciertas percepciones o comportamientos que se dan en otros países que consideramos más avanzados. En cualquier caso, aquí con lo de la vergüenza de volar estamos muy lejos.

Como anécdota, fui a dar una charla a un instituto hace un año o así a hablar de las acciones que podíamos hacer frente al cambio climático. Nos quedamos atascados en la de volar. Era la segunda que mencionaba y nos quedamos ahí toda la charla. Estoy hablando de chavales de 15 o 16 años: que el mundo es muy pequeño, es que es mi derecho visitar otros países, que en instagram ponen fotos… Hay mucho turismo de red social, igual que hay turismo de última oportunidad, y una voluntad de imitación y un discurso muy extendido sobre que ahora lo que mola es vivir experiencias, compartirlas, hacer siempre algo, estar siempre moviéndote, y siempre disfrutando.

Ahora tenemos la posibilidad de pensar cómo va a cambiar nuestra vida, de definir parte de esos cambios. Si lo hacemos a posteriori, cuando el colapso o este sistema implosione, no vamos a poder decidir nada

Esto del pensamiento positivo y esta happycracia ha hecho casi más daño al cambio climático que todas las petroleras juntas, porque al final es ese deseo irrefrenable al que no estamos dispuestos a renunciar. Soy muy pesimista con el tema de volar. Cuando volví de mi primer viaje con mi pareja hace unos años en el trabajo me preguntaron, ¿dónde te has ido este verano? Le dije: a Soria. Y me dicen: no, no, de viaje. Y yo: a Soria. No, que dónde has cogido el avión. Me dijeron eso, textualmente. Lo cuento mucho porque me impactó muchísimo. Vacaciones igual a viaje, luego viaje igual a avión. Hay una serie de equivalencias muy peligrosas. Yo no digo que no se viaje, lo que digo es que si viajas en avión piensa muy bien dónde vas, por qué vas, si no podrías ir de otra forma y, sobre todo, que igual con más tiempo mucha gente viajaría en tren. Pensémoslo, igual lo valioso o lo que es deseable no es la inmediatez, sino el hecho de estar o disfrutar. Y un inciso: no creo que el concepto vergüenza de volar sea el más útil, es mucho más útil conciencia de volar, qué implica volar.

En esto de la lucha contra la crisis climática, sí o sí nos va a tocar cambiar de hábitos, entre otras cosas porque las empresas que más contaminan lo hacen para darnos servicios que consumimos, o porque se acabe el petróleo, venga el colapso o pase lo que pase.

Cuando me preguntabas antes por capitalismo y por Naomi Klein, hay una cosa que me fascina que es un disonancia total en mucha gente. Por un lado la culpa es del capitalismo: no tenemos culpa, la culpa es del sistema. Pero es que aunque la culpa fuera del sistema y el sistema fuera ajeno a ti y tú no pudieras cambiar nada, que cambiase ese sistema implicaría un cambio de tus hábitos. Hay mucha gente que tiene la percepción de que ellos no tienen culpa y que cambiando el sistema a otra cosa que no sea tan depredadora ellos podrían seguir con su vida. Eso es falso, en cualquier escenario vamos a cambiar. Si seguimos como ahora porque se agotan los combustibles fósiles, cambiamos de hábitos. Si no se acaba porque hacemos una transición energética y social, cambiamos de hábitos.

No hay ninguna circunstancia en la que nuestra vida, nuestra sociedad y nuestra forma de organizarnos actual sea sostenible en el tiempo. Eso sí, cuanto más la sostengamos en el tiempo, más sufrimiento va a causar a otras personas y a nosotros mismos en el futuro. Cuesta mucho asumir que nuestra vida va a cambiar, asumir que en unos años hablaremos de racionamiento de aviones, o de tarjetas de materialidad, que tú puedas consumir equis kilos de aluminio y de plástico al año. Igual que ahorras dinero, ahorras para comprarte esta cosa del aluminio, o ahorras puntos de carbono para comprarte una cosa.

Ahora tenemos la posibilidad de pensar cómo va a cambiar nuestra vida, de definir parte de esos cambios. Si lo hacemos a posteriori, cuando el colapso o este sistema implosione, no vamos a poder decidir nada. Es mucho más interesante y beneficioso para nuestro bienestar ser capaces de trazar esas líneas de futuro ahora, de las que seguro nos desviaremos, pero al menos trazarlas. Si esperamos a que lo inevitable se haga realidad lo único que vamos a poder hacer es sobrevivir e improvisar, y eso va a ser peor en cualquier escenario.

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