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Reconocer el impás, superar el impás

Pablo Carmona, Emmanuel Rodríguez y Almudena Sánchez. Publicado originalmente en El Salto.

Lo que sigue son unos apuntes, todavía muy imprecisos, dirigidos a reconocer y apuntar a la superación de una coyuntura política marcada por la inercia, la confusión y cierta putrefacción de la prácticas y de los lenguajes políticos heredados de la ola 15M y los procesos de institucionalización que le siguieron. Por tratarse de una aproximación, muchas afirmaciones aparecen rotundas, sin matices. Las sentencias son por eso un tanto postizas.

1. Seguimos en la crisis

A pesar de la relajación de los tiempos, de la vuelta a las viejas formas políticas, la normalidad es aparente. Entre el espacio público y la violencia real, entre las formas de expresión política y los malestares sociales sigue habiendo la misma distancia, organizada de otras maneras, que existía en los tiempos previos al 15M. Bastará solo un ligero bandazo en los equilibrios inestables que se han pretendido establecer tras la recuperación de 2014 (el QE del BCE, los fondos europeos, la contención por sobrealimentación de los mercados financieros) para que la situación se desbarate de nuevo.

Crisis, por tanto. Pero no se trata aquí de abrumarse por los perfiles reales y a la vez difusos del colapso climático y civilizatorio. Se trata de considerar la crisis en su desarrollo concreto, aquí y ahora, en los tiempos de la coyuntura que atraviesan a esta esquina europea y que determinarán a su vez los contextos de la acción política. Por muchos años de gobierno de progreso que todavía resten, por muchos fondos europeos que lleguen, no hemos salido de 2008. No hemos salido de la crisis de las formas de acumulación que allí se expresaron y de las fracturas sociales que entonces crujieron por los cimientos la aparente estabilidad social que damos el nombre de clase media.

Estas líneas de fractura tienen un doble curso. De un lado atraviesan a la clase media, en sentido amplio, y amenazan con partirla por la mitad. Por solo recordar, la crisis de 2008 expropió sus hogares a cerca de un millón de «familias», manifestó la profunda precarización del empleo que  también sumergía a los profesionales jóvenes, empujó la degradación de las pensiones públicas, mostró la devaluación de los títulos universitarios y técnicos, etc. A su vez, la supuesta salida de la crisis se realizó sobre más de lo mismo: turismo, deflación salarial, burbuja del alquiler, revalorización de las posiciones patrimoniales, promoción de la figura del rentista popular, refuerzo de las líneas de privatización de las pensiones (fondos y reforma del sistema), la sanidad (aumento de los asegurados privados) y la educación (promoción de la privada y la concertada). En el puré antes indiferenciado de las clase medias, se empieza a decantar un amplio sector desclasado, que o bien no tiene patrimonio, o está fuertemente devaluado o es escaso; que no dispone de capital cultural que pueda canjear en efectivo (empleos garantizados y protegidos); que carece de las condiciones que en este país dan derechos (herencia, familia, nacionalidad). Un sector que se hunde hacia abajo y otro que todavía flota (funcionariado, profesionales instalados, propietarios, rentistas, protegidos de distinto tipo).

La segunda línea es la que ha descolgado al «tercio pobre»: antes apenas invitado a la clase media, hoy condenado a la posición del trabajo redundante, en forma de trabajadores pobres y proletariado de servicios. Coinciden en este tercio de los precarios absolutos: los pobres sobreintervenidos por el Estado, heredados de las crisis industrial de los años setenta, y no integrados desde entonces en los marcos de la sociedad pacificada de las clases medias; pero también los nuevos pobres. Nos referimos a los definitivamente desahuciados de la propiedad y los sistemas de garantías, proletarizados en sentido lato; pero también a los migrantes del sur global, sometidos al chantaje de la deportación, de la clandestinidad, sin medios para la construcción de una trayectoria social ascendente e integradora.

Atendiendo a esta doble fractura, la sociedad tiende a hojaldrarse en una multitud de posiciones: propietarios / no propietarios, los del empleo garantizado/protegido y los precarios,  educados y no educados, nacionales y no nacionales, etc. La vieja forma de integración, a través de la intervención masiva del Estado —la clase media, abrumadoramente mayoritaria como horizonte aspiracional— ya no se puede dar por sentada. En 2008, las costuras de la clase media reventaron con la quiebra del capitalismo popular y la supresión de cualquier forma de autonomía del Estado (presupuestaria, fiscal, redistributiva).

Y sin embargo, la política sigue atada a la premisa de una recomposición sobre las bases sociales previas a la crisis. La política no ha sido capaz  todavía de reconocerse en las fracturas manifiestas en 2008. Sin decantarse aún en nuevos bloque sociales y políticos, lo que hay llamamos izquierda  parece jugar la carta de los horizontes de progreso e integración «para todo el mundo». La izquierda vive en el encantamiento de la reconstrucción de un Estado de bienestar que no volverá; de una clase media que coincida con el conjunto de la sociedad.

2. El 15M ha caducado, sus lenguajes y formas de expresión también

El 15M fue la primera expresión política de la crisis de la clase media, esto es, de la manifestación evidente de que los mecanismos de integración social habían gripado. En tanto crisis de la reproducción social —y no como episodio de la lucha de clases, en una sociedad que no se reconoce dividida en clases— la crisis se expresó en la forma de una «politización generacional»: los nacidos en los años setenta y ochenta que gritaban a ratos «más democracia»; y a ratos «que hay de lo mío», aquello de una juventud sin futuro y de la «generación más preparada de la historia» marginada del empleo profesional y los nichos institucionales que parecían merecer.

La aparente «restauración de la democracia» española no ha sido así, por tanto, la de la vuelta a las instituciones de la Transición, a la polaridad izquierda-derecha, a la confirmación de lo «progre» como la forma de la izquierda o incluso a los ribetes de un antifascismo que opera de forma simétrica a la lógica fantasmática de la derecha populista frente al «gobierno social-comunista». Antes bien, todos estos elementos manifiestan que la restauración política es solo la expresión política de la aparente restauración social de la generación 15M. El gran éxito del 15M-Podemos ha consistido en la incorporación a la vida política e institucional de esta generación parcialmente excluida. Aunque la tendencia a la precarización del empleo profesional, la devaluación de las credenciales educativas y la sensación de un futuro sombrío siga su curso, ¡imparable!, la confirmación de una nueva generación política y cultural (nuevos políticos, nuevos periodistas, nuevos intelectuales, nuevos artistas), junto con las modestas políticas de empleo público y la expectativa de capitalización y transmisión de los patrimonios familiares, han sido suficientes para «integrar» a la generación 15M al país oficial y, con ello, a una posición si bien subordinada, suficiente como forma de reemplazo de una clase media devaluada. La vuelta a la izquierda es solo una manifestación de este movimiento social más general.

Por eso es necesario descartar —y cuanto antes— los dos grandes marcos heredados del 15M: el primero, la renovación de la izquierda institucional (entiéndase cultura, ideología, periodismo, incluso movimientos sociales); el segundo, la esfera pública pos15M, de cada vez más marcado tinte «progre» y plenamente funcional a la reproducción de esta nueva izquierda institucional. Hecha tanto en los medios de izquierda (desde eldiario al blog o el canal del influencer de turno) como en el twitter o el facebook de izquierdas, esta esfera pública se despliega cada vez más en la lógica de la eterna superioridad moral, en el moralismo cultural y en la «invención» del gran enemigo que hay que detener. En este último caso nos hemos desplazado del eslogan del PSOE de los años noventa, «parar a la derecha», al actual de «parar a la extrema derecha».

Sin bases propias en organizaciones y movimientos que vayan más allá de la composición social de origen (es decir, sin bases propiamente «proletarias»), esta izquierda ha pasado a ser la izquierda de la clase media que se enfrenta a la derecha de la clase media. Los escasos estudios empíricos muestran que en la polarización entre izquierda y derecha no hay diferencias sociales relevantes, salvo las que definen las propias fracciones y culturas de la clase media. Sobre tales bases sociales, la polarización izquierda/derecha seguirá gravitando alrededor de la clase media, o al menos sobre su nostalgia.

Bajo esta perspectiva, las escasas realizaciones del gobierno «progre» —el IMV burocráticamente imposible, la ley de vivienda descafeinada, la pleitesía al rentista popular y al inversionismo inmobiliario— no reflejan ninguna traición a su electorado, como su subordinación política al campo social sobre el cual gravitan y que incluye al completo a la hasta hace poco llamada «nueva política».

3. Organizar la autonomía, preparar la revuelta

Quizás la única política posible para los herederos del 15M que quieran sostener la promesa radical del 15M (entendida como una democracia extendida más allá de sus límites) pasa por abandonar toda pretensión de integración o, lo que es lo mismo, de reconstrucción de la clase media. Abandonar a la izquierda a su suerte, desprenderse completamente del lenguaje neoprogre, rechazar la integración institucional y la disposición funcional a la organización de la polaridad autorreplicante izquierda/derecha, supone un reto notable y una notable exigencia personal y colectiva. Implica asumir la soledad de la posición política y a la vez la necesidad de construirla.  

Supone también reconocer la caducidad de los movimiento sociales en su formulación reciente. Raquel Gutierrez ha propuesto tres figuras para entender los límites de la política no partidaria, tres figuras que hoy componen los marcos implícitos de la acción política de los movimientos sociales: el demandante, la víctima y el carente. Estas tres figuras nos hunden en el juego interminable del agravio, de la demanda del agraviado y de quien no se reconoce siquiera la fuerza para afirmarse, al tiempo que reclama su inmediata protección (legal, estatal, policial). Por eso, se trata de dejar de lado todo complejo de inferioridad, pero también toda pretensión de ocupar el nicho de la minoría incluida (y representada) según la lógica de integración neoliberal. Afirmarse y producirse como agente autónomo y suficiente, y a la vez apuntar al reparto y a la eliminación de los privilegios y las posiciones de poder de quienes drenan, en forma de rentas y beneficios, el excedente social. Volver, si se quiere, pero esta vez de forma más encarnada, al viejo eslogan del 15M «somos los de abajo y vamos a por los de arriba».

Nuestra palabra de orden se podría reducir así a una simple afirmación: no queremos ser víctimas, carentes o demandantes. Pues buscar la integración, demandar aquello que no se es capaz de tomar, reconocerse en el estatuto del eterno victimizado.. todo este ejercicio de caridad condena desde el comienzo la posibilidad de autonomía. 

El reto se nos muestra de nuevo enorme. Este pasa por construir lenguajes, reivindicaciones y formas políticas autónomas que no se plieguen a la tópica discursiva del ciudadanismo demócrata contra el creciente fascismo. Pasa por buscar las posibles articulaciones vocálicas de una lengua con mordiente. Y pasa por derrumbar con la misma virulencia tanto los horizontes reaccionarios como las posiciones «progres». 

Nos proponemos concentrar las fuerzas en construir modelos de alianza política con los sectores más precarizados y atacar lo impensable: las bases de reproducción del sistema de clases medias. En esta dirección, solo el sindicalismo social (vivienda, de barrio, sectores uberizados) y algunos sectores neosindicales feministas (putas, kellys, domésticas) han habilitado experiencias dispersas que deberíamos estudiar y apoyar, pero sin llevarlas hacia el terreno de la representación progresista y/o de la identidad.

No se trata aquí, por eso, esperar a los bárbaros, menos aún de proletarizarse. Queremos recuperar posiciones como aquellas de los linotipistas del siglo XIX del primer anarcosindicalismo, de las obreras radicales en la semana trágica de Barcelona o de los mejores activos intelectuales obreristas y contraculturales de los años sesenta y setanta del pasado siglo. Nos proponemos pensar en un espacio político que alienta las luchas sin ninguna carga de responsabilidad, sin respeto por la lógica de gobierno, sin atadura ni lealtad a quien se reivindica como representación de la izquierda. Y nos proponemos ser absolutamente irresponsables, al modo de toda política capaz de reivindicar su unilateralidad y que confía en su autonomía. Al mismo tiempo, se trata de superar la dicotomía entre el 1 % y el 99 %; pues sabemos que existe y persiste una mayoría social recelosa y conservadora que materialmente y, por lo tanto políticamente, pretende su estabilización a cualquier precio, incluido un autoritarismo aberrante. 

El gesto radical está, en definitiva, en construir alianzas de quienes no quieren rendir pleitesía con la educación política (y sentimental) progresista, con quienes ni están interesados, ni conocen, ni sienten apego por la izquierda. La apuesta está en una política radical, comunista y autónoma, que construye instituciones propias, que apuesta por horizontes que van más allá del Estado y que no se entretiene demasiado en negociar gota a gota la caridad de nuestro decadente sistema de bienestar. 

ATTAC no se identifica necesariamente con las opiniones expresadas en los artículos, que son responsabilidad de los autores de los mismos.

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