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Ventajas e inconvenientes de coger la motosierra

Hagamos un ejercicio de imaginación y cojamos esa motosierra y veamos lo que pasa con la economía.

Andrés Villena Oliver @villenaoliver

Publicado originalmente en Diario El Salto

Como consecuencia de la eterna campaña bélica cultural, la polarización ha llegado también a la política económica, y en particular, a la fiscal. Que esta no esté controlada por una entidad tecnocrática, y sea ejecutada por un gobierno, parece alborotarnos. La primavera también puede estar haciendo su efecto, pero la liquidación del IRPF influye sobresalientemente.

En estas fechas surgen todo tipo de propuestas peregrinas que se corresponden con una tendencia cognitiva atávica en España: esto, si se quiere, se puede arreglar en dos patadas. Se puede reducir el gasto público hasta la liberación fiscal. Sería como entrar en una peluquería con una motosierra, o mejor, en una barbería, pues la especulación ibérica es un deporte fundamentalmente masculino.

Cojamos esa motosierra y veamos lo que pasa. Reduzcamos a la mitad el gasto político: sueldos de los ministros, número de ministerios, asesores, subvenciones a los partidos, a los sindicatos, y a las patronales empresariales…

Eliminemos -la máquina ya se ha calentado- asignaciones presupuestarias a entidades del Tercer Sector, eso que llamamos Organizaciones No Gubernamentales (ONG). Que se gestionen solas: para eso son no gubernamentales.

Eliminemos también ayudas a todas las asociaciones que se nos ocurran: el colectivo en defensa de los pelirrojos en Secundaria, la liga de apoyo al daltonismo… Chiringuitos que no producen nada medible, y que, a primera vista, solo implican ingresos que se repiten en el presupuesto anual. Fuera.

Reduzcamos también el sueldo de los funcionarios. Eliminemos las pagas extraordinarias, reduzcamos vacaciones -en España el verano se hace algo largo-, y bajemos, además, un 10% el salario de los empleados públicos. Es solo un diez por cien: en las crisis, los trabajadores del sector privado pierden mucho más. Esto ayudará a identificar el sector público y el privado, aumentando la eficiencia de ambos. Saldremos mejores.

Veamos el presupuesto para desempleo. ¿Podemos permitirnos subvencionar el paro? Si reducimos los subsidios a la mitad, y a la mitad de tiempo durante el que se perciben, podríamos llevar a los ciudadanos a buscar trabajo más rápido, o a emigrar, o a entrar y salir, o a reciclarse, o a emprender más. Se dejarían seleccionar con más facilidad por las empresas, se cubrirían ofertas más rápido… Bajaría inevitablemente el paro, y con ello, de nuevo, los subsidios y el gasto público. La gente tendría un empleo y tiraría para delante, aunque fuera combinando diversos trabajos. Menos tiempo para comerse la cabeza en casa.

También podemos meterle mano a la sanidad, y a la educación, que no son sacrosantas, porque no siempre han existido. En España uno puede aprender de muchas formas, por ejemplo, a través de Youtube; y ponerse menos en corriente para evitar el perezoso resfriado. Podemos obligar a pagar cinco euros para entrar al ambulatorio. De esta forma, evitaríamos el turismo sanitario anciano. Aliviaríamos a los doctores, y a los enfermeros. Y nos tomaríamos más en serio nuestros servicios.

Algo así también en las escuelas, y en los institutos. Se podrían plantear donaciones voluntarias, y una progresiva entrada de las empresas en distintos servicios que se prestan en estos centros. Bajaría más el gasto estatal y autonómico, y se fomentaría la participación ciudadana. Empoderamiento.

¿Podemos tocar el gasto militar? La OTAN parece que nos lo impide. Salir de esta nos dejaría indefensos en determinadas situaciones. Pensemos en Ceuta y en Melilla. Por esa misma regla de tres, debemos mostrar firmeza frente a algunas cuestiones: la jefatura del Estado, es decir, el Rey, es un símbolo de unidad y tampoco puede verse debilitado. Debemos proteger una cierta imagen de marca. Así que estas cosas las dejamos, por ahora, como están. Ya habrá tiempo.

El gasto en infraestructuras, ese sí. Podemos dejarlo en un tercio de una tacada. Si hay voluntad y agallas. Podemos también fomentar que sea el ciudadano el que abone una parte de su consumo de autopistas, pero también de trenes, contribuyendo a financiar y racionalizar su uso. Los peajes, además, nos enseñarían lo caro que resulta conducir. Los precios de las cosas nos dirían por una vez la verdad. Si la gente no llega, que haga horas extras: así podremos aprender lo que vale cada euro.

A estas alturas la motosierra funciona a todo tren. Ya que recortamos, podríamos bajar, o eliminar, buena parte de las subvenciones a las empresas, grandes, pequeñas y medianas. Si quitamos estas subvenciones, bajaría el gasto, y algunas de estas empresas, las más adocenadas, acabarían desapareciendo. Mejor para todos.

Algunas consecuencias inesperadas

Imaginemos que logramos todas estas metas. Y que el primer año pasamos de un déficit público del 4.5% del PIB a un superávit del 1%. Números verdes, por fin: unos 17.000 millones de euros de ahorro. No tendríamos que emitir deuda pública -salvo la heredada del irresponsable periodo anterior- y con el superávit podríamos amortizar una parte del endeudamiento nacional. Podríamos, en un sueño futuro, llegar a sanear todos nuestros balances. Salud financiera.

Pero no olvidemos que las políticas no se juzgan por sus intenciones sino, más bien, por sus efectos. Toda decisión responsable implica aceptar sus consecuencias no deseadas. Adam Smith nos hablaba de una mano invisible que coordinaba las acciones egoístas para producir un resultado globalmente funcional. En parte tenía razón: los sistemas complejos contienen mecanismos de transmisión y compensación, lo que nos hace desconocer todas las consecuencias de las alteraciones que produzcamos.

¿Y si algunos gastos improductivos no lo fueran tanto? Los efectos no se harían esperar. La bajada del sueldo funcionarial produciría, en primer lugar, una caída en el consumo de millones de familias, las de los funcionarios. En segundo, podría aumentar el conflicto en la Administración Pública, y se podría reducir el rendimiento de los servicios provistos por esta. Tercero, habríamos enviado un mensaje de futuras reducciones salariales. El consumo y las ventas de muchas empresas privadas descenderían. Y el paro comenzaría a subir.

La caída del gasto en infraestructuras repercutiría en las empresas que contratan con el Estado. Constructoras, consultoras, estudios de arquitectura, bufetes de abogados, etc., verían reducida su facturación. Y despedirían a más gente. Gente que se cruzaría en la cola del paro con los comerciantes y proveedores de los distintos servicios que consumían los funcionarios.

Subiría el paro, pero con menos subsidios. Con lo que la gente tendría más miedo y se buscaría la vida. Pero la caída de la actividad económica generaría menos puestos vacantes, por lo que, a lo mejor, buscar trabajo no rendiría tanto como antaño. Se dispararía la economía sumergida, sin ingresos para el Estado. El recorte de la motosierra, destinado, en principio a los gastos, estaría recortando también los ingresos.

Unos políticos histéricos y cada vez más mediocres -pues la bajada de sueldos a este colectivo alteraría el mecanismo de selección- tratarían de hacer compatible el sueldo público con una asignación privada. Con conflictos de interés -que, si ya existen, crecerían- y futuros casos de corrupción.

Los menores ingresos públicos por la caída de la actividad, y, en definitiva, la crisis sobrevenida, podrían neutralizar el ahorro en el gasto. El déficit público volvería a subir, y con ello, la deuda pública. Además, el mal ambiente político y social también contaría: los préstamos extranjeros se harían a tipos de intereses más altos. Nuestra deuda pública también tiene imagen de marca. Y la motosierra es un eslogan poco atractivo, todavía, en Europa.

El Estado es una fatalidad: tenemos que vivir con él. Pero también es un complejo organismo que no puede ser reformado en un ficticio vacío social: cada decisión tiene consecuencias. Recordemos la historia que en el siglo XVIII Edgar Mandeville relató para defender la complejidad de la sociedad y arremeter contra el puritanismo público: la colmena de abejas corruptas, que era próspera, al compensar el vicio con la promoción de la virtud, se secó cuando se suprimieron los delitos. La ineficiencia, la lentitud y los fallos humanos pueden tener también consecuencias positivas.

La perfección, que nos fascina, pertenece a la imaginación, a la fantasía, o a los peores imaginarios ideológicos. Y las sierras motoras no traen precisamente buenos recuerdos. Quizá más que una motosierra necesitemos otra herramienta, como una escoba, o mejor, una linterna. Tal vez la transparencia sea la mejor vía para conocer qué se gasta y cómo se puede mejorar. Y es posible que dicha motosierra sea un entretenimiento más, una forma de perder tiempo y energía en estos tiempos digitales tan confusos. Esperemos que no cunda el ejemplo y que el debate y las buenas ideas puedan guiarnos en esta etapa tan oscura. Esperemos que, en algún momento, se haga la luz.

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