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Un sistema depredador, frente a un espejo

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Rosa M. Tristán

Frente a una situación que camina, sin pausa y globalmente, hacia un punto de ‘no inflexión’ respecto a las capacidades de la vida en el planeta, ¿es posible una gobernanza global que ponga freno al sistema que nos lleva al desastre? La respuesta no es fácil, pero ha sido una de las más repetidas en las jornadas de la XI Universidad Verde, celebrada el pasado fin de semana en Córdoba. Científicos, políticos, académicos, divulgadores y activistas han debatido y reflexionado sobre cómo poner “al capitalismo frente al espejo”, título que este año les ha reunido a las puertas de la COP 25 chilena, pero celebrada en España. 

Como era de esperar, las noticias y los datos no son buenos, pero pese a pesimismo general, se plantearon propuestas e iniciativas entre las que destacó la necesidad de esa gobernanza ambiental general que ponga freno a los desmanes, si bien no se sabe cómo podrá abordarse, justo en un momento de debilitamiento político de las instituciones internacionales frente a postulados nacionalistas que ganan apoyos. Sin embargo, el tiempo se agota y ya no podemos esperar, como viene a decir el propio lema de la Cumbre del Clima: “Time for Action”.

En esta nueva Universidad Verde, el periodista de investigación británico Nafeez Ahmed, especialista en seguridad internacional, tras hacer un repaso a lo que ocurre con los sistemas complejos que no se adaptan a los cambios -acaban en colapsos-, aseguró que estamos en situación límite: “La eficiencia del capitalismo ha crecido durante un siglo gracias a que había combustibles fósiles abundantes, pero ahora la tendencia es a tener más usuarios de energía y menos combustibles eficientes, porque hay menos y se pierde eficiencia para conseguirlos. Eso genera un punto de inflexión que se suma a otros, como la crisis de la biodiversidad, lo que en 2040 pueden llevarnos a un gran colapso”, señalaba.

Casos que ejemplifican esta situación, recordaba Ahmed, son la guerra de Siria o la Primavera Árabe, donde la crisis climática (sequías) unida a la del petróleo (menos ingresos por este recurso fósil), generaron conflictos que han llevado a la radicalización, tanto en estos países como en la UE, donde aumenta la extrema-derecha como respuesta a las migraciones generadas, como en Oriente Medio. “De seguir así, podemos llegar a niveles de CO2 que hagan invivible en Oriente Medio y que Europa se divida entre un norte beneficiado por el cambio climático y un sur con muchos problemas. No podemos seguir ajenos a ello porque podemos cambiar, pero para ello es necesario tener mejor información, construir redes para tomar decisiones globales y entender que los cambios son energéticos, pero no únicamente, porque sólo así se creará un ‘tsunami’ para un cambio de sistema”.

Y ¿cómo hemos llegado a este punto? El catedrático de Filosofía Antonio Campillo mencionaba el drama que supuso cambiar nuestro concepto de propiedad de la tierra y la necesaria adaptación humana al entorno, a defender que esa la tierra es la que debe adaptarse a los humanos, bajo la premisa de que “la ciencia lo puede todo” y solucionará los desajustes, lo que calificó de “una nueva religión”. “Nos olvidamos de que la tierra no es nuestra, pero es que además no podemos tener un sistema económico global con gobiernos territoriales. Se precisan alianzas transnacionales” .

Prueba de que hemos convertido la biosfera en “un objeto de transacción mercantil y bursátil”, en palabras de Lourdes Lucía, del movimiento Attack, es que mientras que en las comunidades indígenas el respeto a la naturaleza se relaciona con los bienes comunes, en el sistema económico predominante el agua, el aire limpio o los bosques se convierten en “bonos de capital natural” con los que negocian los bancos en mercados financieros.

Y, sin embargo, proteger la naturaleza es más productivo que no hacerlo, destacaba el científico Fernando Valladares, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, en su conferencia sobre “Biodiversidad amenazada”. Según Valladares, la productividad de los bosques amazónicos se ha reducido a la mitad en 30 años, hasta suponer pérdidas de 500.000 millones de dólares al año, más del doble de lo que costaría protegerlos. Con Victoria Sánchez, investigadora del ICREA, plantearon la necesidad de que esa “gobernabilidad global ambiental” deje espacio para la voz de las comunidades locales y los pueblos indígenas. “Su sabiduría sobre la naturaleza es fundamental y no se les tiene en cuenta, muy al contrario, sufren la llegada de las fronteras del sistema allá donde no estaban, a medida que escasean los recursos que requiere el consumo”, destacaba Sánchez.

Precisamente, este año 2019, el informe de la IPBES (Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos ) del que participó la antropóloga nos descubrió que hay ya más de un millón de especies en riesgo de extinción. Muchas por el cambio climático, pero también por la sobreexplotación tanto en tierra como en los mares. De lo primero habló el hoy diputado autonómico de Equo y ornitólogo Alejandro Sánchez, quien puso en evidencia el declive de muchas aves por la agricultura extentiva y el uso de pesticidas. Sobre lo segundo, la responsable de la campaña de océanos en Greenpeace, Pilar Marcos, dio algunos datos más que preocupantes: un 80% de las especies marinas están sobreexplotadas, sobre todo por la ‘recolección’ de pescado por más de 64.000 barcos-factorías, también llamados ‘monster boats’ . Si a ello se suma la minería en el fondo marino, en expansión, se tiene una pequeña aproximación al desastre. ¿Por qué no es posible llegar a un acuerdo global sobre gestión de los mares?

La cuestión es que no podemos olvidar a los grandes lobbies económicos. En ello insistió el diputado de Unidas Podemos Juan López Uralde, para quien es muy grave la “enorme pérdida que capacidad democrática” que supone su presencia en Bruselas para ‘debilitar’ las medidas que se adoptan en el Parlamento. También Uralde se unió a grupo de quienes reclamaban más democracia transnacional y puso como ejemplo que cuando “las políticas energéticas se dejan en manos de los Estados, se incrementan las diferencias, como vemos en la UE, en vez lugar de avanzarse hacia la cohesión”.

Ante todo ello, el profesor y político Julio Anguita, presente también en esta Universidad Verde cordobesa, no pudo por menos que llamar a todos los presentes a la acción urgente: “Es necesario un programa de inmediata aplicación que incluya acciones muy concretas. Un programa alternativo a esos lobbies que sea de cooperación colectiva y que sirva para gobernar ya. ¿Seremos capaces?”, se preguntaba.

La nota más optimista de las dos jornadas, sin duda, vino de la mano de los portavoces de movimientos emergentes – Yetta Aguado (Madres por el Clima) y Koro López Uralde y Tomás Castillo (Friday For Future) – cuyas acciones y su repercusión indican que algo en esta sociedad, mucho tiempo adormecida, se anda despertando.

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