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Javier Toret: «La extrema derecha ha construido las mejores máquinas de guerra digitales, la tecnopolítica del 1%»

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Patricia Simon

Javier Toret fue una de las pocas personas que durante los primeros meses de 2011 estuvo trabajando para que el 15-M fuese posible. Este activista malagueño licenciado en Psicología y especializado en ese terreno en el que se cruzan emociones, filosofía, política y tecnología, fue el responsable de las cuentas de las redes de Democracia Real Ya, que encauzó la indignación a las plazas del Estado español, donde terminaron cristalizando en ilusión.

En 2015 publicó el libro Tecnopolítica y 15M, prologado por el actual ministro de Universidades Manuel Castells, de cuyo grupo de investigación académica forma parte. Ha coordinado la estrategia digital de las campañas electorales de Ada Colau y Barcelona En Comú en 2015 y 2019… Pero, sobre todo, es experto en las movilizaciones que han sacudido buena parte del globo desde 2010, a muchas de las cuales ha viajado, y con cuyos activistas mantiene esa conversación que ha permitido que se les llame ‘revueltas interconectadas’: Primavera Árabe, Occupy Wall Street, el 132 mexicano, la Revuelta del vinagre de Brasil en 2013, las protestas de Hong Kong de 2014, que se reactivaron en 2019… Conversamos con él en Barcelona antes de que se dirija a impartir una conferencia sobre las protestas de Chile.

Empezó como hacktivista en Indymedia, el primer espacio abierto de publicación en la Red, que se dio a conocer en las protestas antiglobalización de Seattle de 1999…

Abrimos la Red 2.0. porque hasta ese momento no se podía publicar online. Luego, desarrolladores de Indymedia montaron Flickr, Twitter… El sistema capta esas innovaciones que nacen como formas de conectar los cuerpos y los cerebros para que una multitud tenga un comportamiento político determinado. Es decir, la tecnopolítica consiste en esas innovaciones en el uso táctico y estratégico de las herramientas digitales para la acción colectiva.

En el ciclo que se dio entre 2010 y 2017 nos encontramos ante lo que llamamos sistema multicapas: cómo hay una lucha por modificar las mentes de las personas, que es la capa de las calles; la capa mediática, que es la más vertical, y la de las redes. En el 15-M nosotras concentramos todas las energías en la capa de la Red, que luego lanzamos a las calles y eso obligó a los medios a hablar de ella.

¿Qué vínculo hay entre ese ciclo y la actual ola de revueltas?

No tengo aún datos científicos y no me gusta hacer análisis gratuitos, pero sí resulta evidente que hay una crisis general del sistema representativo democrático porque buena parte de la población no siente que esté satisfaciendo sus necesidades, mientras la desigualdad crece, lo que genera hastío. Pero no veo paralelismos entre lo que ocurre en Hong Kong y Chile, o entre Ecuador y Catalunya, por ejemplo.

Hay otro elemento fundamental: la extrema derecha ha construido la mejor tecnología o máquinas de guerra digitales, la tecnopolítica del 1%. El mejor ejemplo es Cambridge Analytica, montada por Robert Mercer y Steve Bannon, el famoso estratega de Trump. En el ciclo anterior de protestas la hegemonía en las redes era de Occupy, del 15-M… Incluso los medios tuvieron que adaptarse a esta nueva cultura política. La evolución de La Sexta, por ejemplo, no se entiende sin el 15-M.

Nuestras estrategias eran lanzar hashtags para conseguir trending topics, hacer vídeos virales, convocar acciones, grabar streamings para defendernos de la represión. La derecha estaba perdida en ese periodo, pero invierte millones de dólares y se especializa en la minería de datos, en el Big Data aplicado a distintas ramas del conocimiento. Cambridge Analytica comenzó con 15 millones de dólares, roban 50 millones de perfiles de Facebook y presumían de tener un perfil de cada ciudadano/a porque se basan en la psicometría, el análisis estadístico de la personalidad, para lo que desarrollan campañas muy personalizadas destinadas a radicalizar a los convencidos y movilizar a los dudosos.

Han sofisticado la propaganda a un nivel desconocido y sin límites éticos, jugando sucio como es el robo de los datos. Herramientas como las de Cambridge Analytica son parte de las máquinas de guerra digitales de la extrema derecha, que juegan en las elecciones pero también en golpes de Estado como el de Bolivia. El concepto de guerras híbridas, que explica la estrategia militar de Estados Unidos, reúne muchas de las características que vimos en este escenario: fuerzas no convencionales externas como ejércitos de bots que lo mismo se emplean en campañas electorales para amendrentar a los adversarios, como para legitimar un golpe a través de mil robots comandados desde una playa de otro continente diciendo que Morales es un traidor.

Y luego están las fake news, que es solo una parte más de la estrategia. Es como si hubieran tomado nota del ciclo anterior y se hubiesen volcado en el I+D de la política, con presupuesto ilimitado y sin límites éticos. Es una industria que tiene como fin la intoxicación de la esfera pública, desmoralizar al enemigo, la radicalización de los convencidos y, lo más importante, el convencimiento de los indecisos. Son técnicas muy precisas, y difíciles de combatir porque con dinero y robots son capaces de hacer parecer que hay un movimiento real que te está insultando, confrontando… Pero no es invencible, por ejemplo en México no ganó.

¿Qué herramienta le parecen más destacables de la nueva ola de protestas?

La presencia de los láseres es muy interesante. En Chile, un grupo de personas tumbó un dron con ellos. Pero, sin duda, lo más potente ha sido Un violador en tu camino, como performance feminista, viral, global… Suele haber resonancia entre una protesta y otra porque la gente se mira entre sí. En el ciclo que comenzó en 2010, había una gran convocatoria como la del 15-M u ocurría algo que detonaba una protesta y una consecuente represión. Ahora es como si se estuviera cargando la energía, las emociones, la frustración y algo la detonase. Como en Chile, que la subida del ticket del metro explosiona la frustración reprimida desde hace décadas. Se trata de saber dinamitar el momento, impactar emocionalmente a las personas que están detrás de su ordenador.

Hay un problema en la izquierda en general, y eso que parte de ella viene de movimientos como el 15-M, que no ha invertido nada en la investigación de la tecnopolítica, mientras que la extrema derecha lo ha invertido todo. Aun así, nosotros tenemos a la gente, la inteligencia, y tenemos que seguir intentando entender los algoritmos, hacer campañas novedosas que nadie se espere, movilizar a nuestra comunidad…

Pero la batalla es muy desigual…

Hay que entender que para ganar a Trump, por ejemplo, hay que ganar la parte digital. Los partidos de centro han desaparecido y si no tienes capacidad de interferir en la esfera mediática ni en la digital, no tienes nada. En España, mucha de la gente potente en Internet se metió en el municipalismo, otras en Podemos, y hace falta nuevas generaciones que den la batalla, que es más amplia: en el ámbito jurídico por las libertades en Internet, el desarrollo de softwares para las batallas políticas de comunicación y redes, para las infraestructuras públicas, la participación digital en los gobiernos…

¿Qué claves identifica para 2020?

Los actores transnacionales más importantes son el movimiento feminista y el ecologista, que va a crecer y se va a radicalizar. Seguiremos viendo insurrecciones, pero también procesos desestabilizadores de la derecha como el de Bolivia. Brasil es un país en el que no se sabe lo que puede pasar. La situación es bastante dramática, uno de los escenarios más negativos desde la II Guerra Mundial, pero pensemos que, por ejemplo, en Barcelona vivimos en una ciudad gobernada por una alcaldesa activista, bisexual, de clase obrera… Dentro del contexto, la situación en España es buena.

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