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A ochenta años del comienzo de la barbarie franquista

Pedro Luis Angostonuevatribuna

A lo largo de este año se han organizado –con poca resonancia mediática-  diversos actos con motivo del golpe de Estado que tras fracasar dio comienzo a la guerra civil española, una de las más crueles y sanguinarias de las que ha conocido el continente europeo en el siglo XX.

La guerra civil fue quizás la última guerra del siglo XIX y la primera del XX en el viejo continente. La última del siglo XIX porque los defensores del antiguo régimen se rebelaron, en defensa de sus privilegios cuasi feudales y de la esclavitud de los pueblos, contra una república burguesa que lo único que pretendía era acabar con una serie de injusticias endémicas que impedían a la España vital elegir y trabajar por su propio destino, por ocupar un lugar digno entre los países más avanzados de la época. Para ello, la República quiso modificar las antiguas relaciones de producción de modo que los privilegios y los abusos quedasen laminados; también quiso reorganizar el Estado dando a cada territorio un autogobierno que al mismo tiempo permitiese acabar con las redes de corrupción caciquil que tenían maniatado al país y satisfacer las demandas de las diferentes nacionalidades históricas; de igual manera se pretendió terminar con otro poder castrador, el de la iglesia y su terrible influencia sobre las conciencias, reorganizar el ejército para hacerlo más moderno y eficaz, pero sobre todo más disciplinado y menos belicoso contra la ciudadanía. Empero, de entre todos los cambios que propiciaron aquellos hombres había uno que tenía una importancia mayor que todos los demás: Dar educación al pueblo, construir miles de escuelas, preparar a miles de maestros vocacionales, extirpar el mito, el miedo, el complejo y el oscurantismo de las conciencias para hacerlas libres: Sabían que sin ese arma tan preciosa, cualquier cambio sería imposible.

Indudablemente las reformas que planteaba aquel régimen, por tímidas que fuesen en algunos aspectos, tocaban de lleno los intereses de quienes habían regido los intereses del Estado desde siglos en su propio beneficio. La República había llegado de modo pacífico, ocupando el gobierno, pero ¿y el poder?, ¿tuvo alguna vez la República el poder en sus manos? Sinceramente, pensamos que no. Pese a las reformas militares de Azaña, los militares conspiraron desde el primer día, bien desde los cuarteles, bien desde sus casas o los casinos; pese al artículo 26 de la Constitución, los curas continuaron conspirando y desafiando al régimen porque sabían que los militares estaban de su lado; pese a los esfuerzos por modernizar las estructuras y las relaciones productivas –téngase en cuenta que por primera vez en décadas los años republicanos fueron los primeros en los que España dejó de ser un Estado emisor de emigrantes-, la burguesía industrial, financiera y comercial, y los terratenientes se opusieron mayoritariamente a cualquier cambio que afectase mínimamente a sus intereses, declarando una guerra –a veces encubierta, a veces descarada- tanto al gobierno republicano como a las clases trabajadoras. En esas circunstancias, con esa animadversión de la plutocracia y los poderes fácticos, parece evidente que los republicanos tenían el gobierno y la Gaceta, pero poco más: El poder real seguía estando en manos de quienes siempre lo habían tenido, de quienes en unos pocos meses darían al traste, tras llenar la Península de sangre y fuego, con el sueño republicano.

Decíamos también, que fue la primera guerra del siglo XX, y lo fue de verdad porque un pueblo animoso pero mal entrenado y mucho peor pertrechado por la traición de Inglaterra y Francia, se enfrentó casi a pecho descubierto al ejército más sofisticado y moderno hasta entonces conocido: El ejército nazi, que hizo de España su particular laboratorio para experimentar las terribles armas y tácticas contra la población civil que luego extendería al resto de Europa.

Hemos tratado de resumir en unas líneas generales lo que para nosotros fue la guerra civil. Es seguro que se nos escapan muchos detalles, que olvidamos muchas cosas fundamentales, pero suele ocurrir cuando se trata de condensar un periodo histórico tan dramático y complejo en unas líneas. Ahora lo que de verdad nos preocupa no es que podamos haber hecho un análisis incompleto o que hayamos dejado muchas cosas en el baúl desordenado de la memoria, sino que este año sirva, como muchos pretenden, para liquidar completamente y para siempre el genocidio franquista, el que acometieron desde el mismo momento de la traición, el que perpetuaron durante casi cuarenta años de posguerra los militares africanistas apoyados por la Iglesia, la banca y la gran burguesía, pasando a los anales de la historia como uno de los periodos más salvajes e impunes sufridos por país alguno. No es indiferente el número de personas que fueron asesinadas, desaparecidas, mutiladas, castradas, acalladas, cegadas, perseguidas, encarceladas, expulsadas, fueron cientos de miles, muchos cientos de miles, lo fue todo el país, pues todo el país, desde Finisterre al Cabo de San Antonio, desde Figueras a Palos de Moguer, se convirtió en un inmenso cementerio habitado por fantasmas, por espectros que tuvieron que cambiar o esconder su forma de pensar para sobrevivir o subsistir. Nunca, ningún país de nuestro entorno sufrió un lavado de cerebro tan brutal, castrador e interminable, como el padecido por la sociedad española desde el 17 de julio de 1936 hasta hace pocos años; nunca a lo largo de nuestra terrible historia, gente tan menuda y cruel pudo sojuzgar a millones de personas durante décadas en nombre de Dios, del mauser y del dinero; nunca, en la historia de Europa Occidental, un dictador, una dictadura, quedó en la impunidad judicial e histórica como está ocurriendo con Franco y su régimen nacional-católico, que no fue más que la versión castiza del fascismo, apoyada y sostenida, en este caso, por Inglaterra, Francia y Estados Unidos.

Así pues, cuando estamos a ochenta años del 17 de julio de 1936, del gran exterminio, políticos, medios de comunicación de masas, partidos, sindicatos y organizaciones civiles de distinta etiología, en vez de haber iniciado una gran ofensiva para que de una vez por todas los ciudadanos del Estado español y de todo el mundo sepan que España sufrió durante cuatro décadas una de las tiranías más sanguinarias que imaginarse pueda, que aquí se violentaron todos los derechos humanos de modo sistemático, que aquí se mató y torturó a destajo, que aquí sigue siendo posible hacer apología del franquismo, de los crímenes contra la Humanidad que ese régimen perpetró, en vez de eso, muchos parecen de acuerdo en echar tierra sobre nuestro pasado. Periodistas equidistantes que, en buena parte, no tienen idea de lo que pasó, pontifican desde sus medios sobre el hastío de la población respecto a ese periodo y al mayor asesino de nuestra historia; historiadores neutros –cada vez son más- aseguran que unos y otros hicieron barbaridades; políticos y sindicalistas se lavan las manos, mientras las editoriales más influyentes no paran de publicar panegíricos del régimen firmados por los revisionistas más conocidos, cada día más fuertes al comprobar la libertad con la que pueden expresar sus disparates y la de la propia tiranía.

Ante esta situación, que parece un definitivo punto y final, uno, que por encima de historiador es un ser humano que ama la libertad y la justicia sobre todas las cosas, se permite hacer un llamamiento a todos aquellos que comparten iguales o parecidos ideales, se dediquen o no a la historiografía, para impedir que pongan coto a la memoria, para quitar, aunque sea con las uñas, los montones de tierra que están volcando sobre el genocidio franquista, para cantar a los cuatro vientos la verdad de aquel tiempo, para arrojar al franquismo a la misma hedionda cloaca donde yace Adolfo Hitler. Es una empresa difícil y larga, llena de obstáculos, ayuna de apoyos y medios de envergadura en un régimen que permite que gobiernen los herederos del tirano; es una tarea propia de quijotes que navegan contra la mar arbolada, pero merece la pena que luchemos por ella con todas nuestras fuerzas, por los que dieron la vida por la libertad, para que quienes vienen detrás de nosotros no tengan que vivir eternamente en la mentira y la ignominia. Por mi parte, aun a riesgo de ser “estigmatizado”, denigrado, postergado, puteado o ninguneado, no va a quedar.

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