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Agricultura resiliente, agricultura campesina.

Alberto Fraguas. Coordinador de Ecología Política de ATTAC Madrid.

Publicado originalmente en Público.es

Recuerdo hace más de tres años que en un coloquio sobre de la gestión del agua, una determinada organización agraria, que ahora denominaríamos «retardista» del cambio climático, cuestionó los datos que aporté y que demostraban la sequía en que estábamos, en que estamos, y en que estaremos. 

Posteriormente, fuera del coloquio y en soledad, me dio la razón pero me confesó que tenía que acomodarse al discurso que querían oír sus afiliados. Es decir, neguemos la realidad y entremos en terreno de juicios y prejuicios. Seguramente esos afiliados no se merecen esta manipulación de la realidad por parte de algunos de sus representantes. 

El Agua: un factor limitante 

Afortunadamente no todas las organizaciones agrarias son igualmente recalcitrantes en cuanto a sus posiciones ante la crisis climática, fundamentalmente porque conocen la realidad. Y la realidad es que según el Centro de Experimentación de Obras Públicas (CEDEX) y la Agencia de Meteorología (AEMET), el régimen de precipitaciones en España se ha ido reduciendo muy por encima de las modelizaciones realizadas. Podría hablarse que en estos últimos 25 años se han reducido un 20%, lo cual unido al incremento de temperaturas que produce más evapotranspiración y, por tanto, menos escorrentías y menos infiltración hace que exista menos recurso hídrico disponible. 

Esta realidad es bien conocida por el sector agrícola, el cual está en un proceso de adaptación forzada a la realidad que impone el clima, si bien con algunos prejuicios  que le impiden avanzar. Veamos el contexto: según la planificación hidrológica actual, en nuestro país hay cuatro millones de hectáreas en regadío en un conjunto total de 17 millones cultivadas. Un sector económico cuya gran transcendencia cualitativa y cuantitativa hace ver la importancia de su necesaria integración a nivel ecosocial.  

El hecho cierto es que el regadío en España ha crecido en los últimos 20 años aproximadamente un 20%. A los cuatro millones de hectáreas según los planes habría que añadir los regadíos ilegales que podrían estar entre un 10 y un 30% más. Es decir, que en nuestro país hay unos 5 millones de has en riego agrícola.

Sin duda este incremento viene favorecido por la rentabilidad de determinados cultivos intensivos en el recurso hídrico, cultivos digamos atípicos con gran demanda hídrica (aguacate, pistacho, mango, etc…), pero también tradicionales como vid y olivar que han incrementado su producción a costa de un enorme consumo de agua. Es obvio que el regadío ha llegado a su límite en la capacidad de carga del sistema hídrico. No es posible seguir con esta dinámica productivista en el regadío. El entorno no puede acogerlo. Ha dicho basta. 

¿Agricultura o industria? 

Pero no solamente existe un factor limitante como el agua. También el consumo de combustibles (mayoritariamente fósiles) pone en cuestión el sector ante su incremento de precios, un consumo de combustibles que ha ido aumentando al mismo tiempo que se hacía más difícil obtener el agua por la crisis climática provocada por el consumo de energía fósil en un perverso. Un perfecto círculo vicioso en que se encuentra la agricultura desde hace mucho tiempo  y que ahora, por falta de adaptación a la realidad (sequía) ha saltado. 

Porque desde hace décadas en nuestro país (y en otros como Francia) es cierto que se está dando un proceso donde la agricultura parece proyectarse en dos modelos muy diferentes. Una, más pegada a la realidad y a la tierra tradicional, campesina, en pequeñas o medianas explotaciones de regadíos o de secanos más extensos; y otra, agroindustrial, con un número más limitado de titulares con grandes extensiones de tierra en riego que requieren un uso intensivo de agua y energía y que son las que mayoritariamente contaminan el entorno y generan enormes cantidades de residuos afectando el agua, el suelo, el aire .  

 A ambas les afecta sin duda la enorme escala de intermediarios en la cadena de valor que sufren hasta poner el producto en la mesa (los productos agrarios disparan hasta un 500% el precio del campo a la mesa) pero indudablemente por economía de escala la resiliencia económica es muy superior en esta agricultura industrializada en la que grandes Fondos de Inversión (algunos inmobiliarios) están entrando de manera masiva en España, comprando o arrendando terrenos de cultivo 

En estos últimos años se ha multiplicado por diez los Fondos que compraron fincas agrícolas y por quince los que entran en el sector agroalimentario, muchos de ellos a lomos de modernizaciones de regadíos financiadas con dinero público en las que no solo no se ha ahorrado agua, cual era su objetivo inicial, sino que se ha incrementado (paradoja de Jevons).

Estas grandes explotaciones agroindustriales de monocultivos algunos con organismos modificados genéticamente que consumen masivamente agua, exportan los productos (mas de un 60%) con unos enormes beneficios. Exportan el agua transformada en productos con gran lucro, aunque ese agua sea de toda la ciudadanía  como bien común de dominio público que es. 

El fenómeno de la jubilación en el campo 

Pero existe además un fenómeno preocupante en el medio rural español del que se habla poco y es que el 60% (500.000) de los agricultores españoles es mayor de 60 años. Es más, los propietarios de terrenos de más de 64 años son ya 355.000. La edad media de los propietarios de explotaciones agrarias es de 61,4 años en nuestro país con muy poca incorporación de jóvenes («agromillenials»).

Agricultores cercanos a una masiva jubilación que dejaría la agricultura sin agricultores y en manos de grandes fondos de inversión y de la industria alimentaria. El gran reto del campo español es este relevo generacional ante el que la PAC es inútil y en el que si no hay una decidida acción pública de apoyo, terminará con el sector privado comprándolo poniendo en evidencia  el enorme riesgo de volver al régimen cuasi feudal de hace un siglo con grandes terratenientes y un resto a resistir como jornaleros, una situación que dañaría  enormemente la soberanía alimentaria y crearía inseguridad en un sector de tan gran importancia social y ambiental, o como decía Miguel López, Secretario General de COAG: 

«El modelo social y profesional mayoritario en Europa, que es el que tiene capacidad para sostener una alimentación en un marco de seguridad alimentaria y de soberanía, que es imprescindible para el futuro conjunto de la población, se lo estamos entregando a los mercados financieros y a los fondos de inversión, que no están llegando y nos están copando. Y son capitales que vienen de fuera y se van a llevar el valor añadido de España». 

Un nuevo futuro para el agro y la ecología 

No es la regulación ambiental supuestamente «agobiante» para algunos neoliberales del campo la que amenaza la agricultura. Es más, esta normativa lo que hace es aportar racionalidad hídrica aportando seguridad al sistema protegiéndolo, eso sí, de la propia mercantilización especulativa que choca frontalmente con la realidad de un recurso como el agua escaso en cantidad y dañado en su calidad en gran parte por los pesticidas, herbicidas y fertilizantes de masiva utilización por el propio sector .

El problema no es el medio ambiente sino la estructura de un mercado que no apoya a los productores sino a los intermediarios y a inversores ajenos al campo. Por otra parte la globalización del comercio con los acuerdos de liberalización favorecen  especialmente a la agroindustria en detrimento de los agricultores tradicionales por lo que, para su protección, se haría preciso paralizar los acuerdos previstos o vigentes con el Mercosur, así como con países como Chile, Kenia, México, India y Australia, y también aumentar los controles y exigencias de calidad ambiental con Marruecos .  

En suma, mientras la agroindustria se enriquece, el campesinado y la agricultura tradicional se empobrece desamparada por la PAC y por los gobiernos, lo que legitimaría su movilización. El capitalismo tiene que salir de nuestra cocina

¿Y cual sería la nueva agricultura? Sin duda aquella que esté pegada a la tierra, que empiece por entender el concepto de los límites y por tanto opere sin el productivismo como patrón indicador. Que supere esa falacia de cuencas hidrológicas «excedentarias» y «deficitarias», que se base en el mayor acercamiento al equilibrio entre uso y recurso.

Un viaje de vuelta a la agricultura tradicional del secano y a la agroecología , a la agricultura como actividad de adaptación y resiliencia ante la crisis climática, donde se fije el carbono en el suelo, donde no se usen tóxicos que dañan la tierra, donde el agua que se use sea la que se precisa.  

Es esa perspectiva de reencuentro del agro con el ecologismo la que debemos apoyar la ciudadanía observadora y consumidora. Cualquier «Plan de Choque» del Estado  para la agricultura que no fomente el equilibrio en el uso de recursos naturales y la regeneración de agroecosistemas estará abocado al más completo fracaso. Y no tenemos mucho tiempo para rectificar.