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De agua, liebres y grifos

Artículo publicado originalmente en Público.es

LILIANA PINEDA

Abogada y coordinadora de Attac Madrid

Hace algún tiempo viajé con una compañera abogada a Aranjuez, yo tenía que entrevistarme con un preso ingresado en el Centro Penitenciario de Madrid VI, cercano a esa ciudad, ella con varios más. Había llovido recientemente y en ciertas franjas la tierra estaba encharcada. El sol oblicuo del atardecer se reflejaba en los plásticos abandonados en las cunetas, anticipando la desolación del encuentro. Mi entrevista terminó pronto pero la de mi compañera se prologó un rato largo y no me quedaba otro remedio que esperarla, así que me dispuse a leer pacientemente en el coche, aparcado en una zona parcialmente vallada al lado del Centro. De pronto sentí sed y fijé mis ojos en el horizonte. Pensé en comprar una botella de agua en la máquina dispensadora de las instalaciones del Centro y bajé del coche, pero no llevaba monedas. Fue entonces cuando ocurrió… los últimos rayos de sol me dejaron ver lo que nunca había visto: una familia numerosa de liebres se acercaba a mí, tranquilamente. Venían a beber agua de los charcos que se habían formado al lado de una garita de la guardia. Curiosos animales, me dije, y me extrañó que se movieran tan calmosos teniendo en cuenta que, hasta hace muy poco, habían estado en riesgo de extinción local de su especie. Luego especulé que al estar en los aledaños de un penal o dentro de sus predios, en una zona vigilada y protegida en la que no pueden producirse disparos, no sufren la amenaza y el asedio de los cazadores. Al agua que hay que beber no se la debe temer, decían en mi pueblo, Aremasain, que está enclavado al otro lado del charco, en medio de un desierto en el que la sed siempre acosa.

Como me había propuesto escribir un artículo sobre “el agua”, encontré este recuerdo apropiado para trasladarlo al papel. En realidad el acto de beber es un acto pacífico, que sosiega o aquieta, y que refleja tranquilidad a quien lo observa. En nuestros cursos sobre “técnicas de construcción del discurso judicial”, uno de los aspectos que se señalan repetidamente es la importancia de beber agua antes de la celebración de un juicio. Por eso mismo, llevar agua en nuestro maletín se ha convertido en una herramienta importante para ayudar a calmar el estado de intranquilidad que caracteriza ese momento; así, cuando no llevamos una botella, la podemos comprar en cualquiera de las máquinas dispensadoras instaladas en cada una de las plantas de los edificios de la Administración de Justicia de la Comunidad de Madrid, que venden agua embotellada a un precio ciento ochenta veces más caro que el del agua de excelente calidad, gestionada por el Canal de Isabel II. La venta de agua embotellada en esas máquinas debe de ser uno de los negocios más jugosos de la empresa privada que se hizo con aquel contrato público y, desde luego contribuye a engrosar la cifra escandalosa del lucro —más de mil millones de euros al año— obtenido en España por el lobby del agua embotellada, al que pertenecen empresas transnacionales como Coca-Cola, Nestlé, Vichy, Pascual, Mahon o Danone, productoras de tres mil quinientos millones de botellas de plástico al año. Paradójicamente, esa friolera consume dos litros de agua por cada envase de litro fabricado, o sea, siete mil millones, y para su propio envasado y distribución requiere 3,25 centilitros de petróleo por cada litro de agua embotellada, cuya degradación natural durará, además, centenares de años. Por eso se ven y se verán botellas abandonadas en las cunetas, pues su reciclaje —si se quisiera superar el porcentaje actualmente proyectado, que no llega ni al 30% de lo que se produce— requeriría décadas, y ya no se puede resolver tan lucrativamente… al fin y al cabo, en el valor de producción de envases plásticos que contabilizan las transnacionales, nunca se incluye el coste real de extracción y su posterior recuperación y reciclaje. Es decir, a las transnacionales les importa un pimiento el impacto ambiental y nuestra ruina ecológica:

Ríos envasados en plástico, fuentes que nacen de un montón de euros; inversiones en bolsa que apuestan por la desaparición de las nubes; familias desahuciadas ocupando edificios despojados de servicios esenciales para la vida; operarios, ingenieros, telefonistas, que son tratados como ratas de laboratorio“. A todo esto que en su día escribí escrupulosamente, hay que añadir: captación incontrolada; sobreexplotación de acuíferos; controles opacos e inadecuados; distribución por carretera que genera gases; envases contaminados de antimonio… En fin, el negocio del agua se ha transformado en el más “sólido” sobre la faz de la tierra.

Agua del grifo, por favor.

De vez en cuando me veo bebiendo de una de esas botellas de plástico, abandonadas, mustias, en las cunetas próximas a la prisión de Aranjuez a la que acuden las liebres que sobreviven a sus depredadores, y me pregunto: ¿Pero, porqué no bebemos siempre la excelente agua pública de grifo del Canal de Isabel II? ¿Cómo puedo contribuir a favorecer el consumo de agua de grifo y disminuir el de agua embotellada, en los edificios de la Administración, que son, hoy por hoy, mi lugar de trabajo? Evidentemente, para promover la instalación de fuentes y surtidores de libre acceso en los espacios comunes y en las instalaciones de las instituciones públicas, así como la adopción de leyes con el fin de favorecer el consumo de agua de grifo, me he sumado a la campaña AGUA DE GRIFO, POR FAVOR. Pero, al mismo tiempo, ahora que conozco el cambio cultural impulsado por la campaña, que pretende incidir también en nuestras prácticas personales, cotidianas, llevo conmigo una botella fabricada con material vegetal y reciclable, que podré ir llenando con el agua de grifo de Madrid y beber siempre que quiera saciar mi sed.

Si quieres saber más de la campaña:

“El negocio del agua mineral: fuentes públicas, beneficios privados”, La Marea, 25 de octubre de 2017: https://www.lamarea.com/2017/10/25/100954/

 

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