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¿De qué (y de quién) hablamos cuando hablamos de especulación?

Publicado originalmente por Público.es

EDUARDO BAYONA

@E_BAYONA

«Soy tan pobre que solo tengo dinero», cuentan que dijo Cristina Onassis, la heredera del multimillonario Aristóteles Onassis, poco antes de expirar en su lecho de muerte el 19 de noviembre de 1988.

Faltaba menos de un año para que la caída del Muro de Berlín, con el neoliberal Ronald Reagan recién relevado por su aventajado discípulo George H. W. Bush y con Mijail Gorbachov en pleno despliegue de aquella Perestroika con la que acabaría de desintegrarse la URSS, simbolizara el despliegue de un nuevo orden mundial que durante tres décadas, y al socaire de lo que se dio en llamar globalización, ha favorecido un catarata de desmesuradas concentraciones de poder empresarial que, finalmente, han derivado en un régimen global de oligopolios que lleva camino de eliminar cualquier rastro de la lógica tradicional de funcionamiento que pueda quedar en los mercados, en un fenómeno que se da con mayor intensidad cuanto más básico resulta el bien o el servicio del que se trate y que se encuentra en la base de la actual oleada inflacionista mundial.

En ese escenario, un componente básico del comercio como es la especulación, que en su origen no era más que el afán de lucro en un negocio, ha sido objeto de tal distorsión en las prácticas comerciales que está cerca de perder su significado, o cuando menos de cambiarlo, a base de añadirle componentes como, entre otros, la artificialidad, la exclusividad y la voracidad; siempre, para ganar más y más dinero, por mucha pobreza que, en términos no precisamente coincidentes con los que manejaba Cristina Onassis en sus últimos días de vida, puedan generar esas prácticas.

¿Qué es la especulación?

Si se atiende al diccionario, la especulación se trata de una mera «operación comercial que se practica con mercancías, valores o efectos públicos, con ánimo de obtener lucro», una definición no muy diferente de la de negocio: «Utilidad o interés que se logra en lo que se trata, comercia o pretende».

«La especulación es el conjunto de operaciones comerciales o financieras que tienen como fin obtener un beneficio económico», expone la Economipedia, que anota que eso se consigue «aprovechando la fluctuación de precios en el tiempo, mediante la inversión de un capital. Es decir, comprar barato y vender caro«.

Es decir, que la especulación vendría a ser, en sus términos originales, el principio fundamental del comercio: nada menos, pero tampoco nada más, como concepto.

Sin embargo, algunos diccionarios económicos aportan definiciones con matices de interés que vienen a actualizarlo, como el de BBVA, que la ubica en «los mercados de valores» y anota que «el inversor asume una posición de riesgo esperando un beneficio a corto plazo», o la de Expansión, que la describe como la «compra de un bien o de un derecho con el fin de beneficiarse de un gran aumento en su valor«, aunque anota que, «en un sentido amplio, se aplica a cualquier tipo de compra de alto riesgo y alta rentabilidad potencial».

Ahí aparecen las finanzas como escenario y el corto plazo y la magnitud como objetivos, tres ingredientes que dan fe de la evolución que ha ido sufriendo el concepto teórico como consecuencia de su aplicación práctica.

¿Hay una definición de especulador?

«Un especulador es quien ni produce ni hace uso de la mercancía pero que arriesga su capital comercializando contratos de futuro vinculados a esa mercancía, con el objeto de ganar a partir de la variación de los precios de las mercancías», resume Víctor España Alba, investigador de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada, que anota que «según la Comisión Europea un especulador es un inversor que compra/vende [un derivado] con el fin de vender/comprar más tarde (por lo general antes de la expiración de un plazo) con el fin de beneficiarse de los cambios de precios intermedios».

Aunque las prácticas especulativas no se circunscriben a los productos financieros como los derivados, diseñados como protección frente a eventuales pérdidas para los inversores cuando no llegan a materializarse las expectativas de negocio por las que apostaron su dinero, sino que abarcan una amplia gama de bienes y servicios.

¿En qué ha cambiado la especulación?

«El principio de la especulación no debería ser negativo por sí mismo. Consiste en esperar para vender con un mayor precio», explica Susana Ruiz, responsable de Justicia Fiscal de Oxfam-Intermón, que anota que, sin embargo, en la actualidad esa práctica «incluye acciones de manipulación del mercado como difundir falsas alertas de escasez que tiran al alza de los precios. Hay una intencionalidad en falsear las condiciones del mercado para obtener mayores beneficios y tiene una dimensión artificial a la hora de generar demanda para obtener ganancias con márgenes extraordinarios a costa del resto del mercado, de los ciudadanos».

Para Ángel del Castillo, vicecoordinador de Attac España, «las empresas invierten para obtener rentabilidades, y esas rentabilidades las obtienen ajustando el servicio y subiendo los precios más de lo necesario: eso es la especulación».

Erika González, del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL), coincide con ambos en señalar la artificialidad como uno de los componentes fundamentales de la especulación. En este sentido, anota que «se incrementa artificialmente el precio no porque haya demanda sino porque hay una expectativa de negocio o porque han encontrado un nicho con posibilidades de generarlas. Se provoca un inflado artificial de los precios sin preocuparse de sus efectos».

¿Cómo se desarrollan esos procesos?

Por lo general, los procesos especulativos de la economía globalizada se concentran en los mercados de bienes y servicios de primera necesidad, algo que garantiza la existencia de demanda, más rígida cuanto más necesario es el producto y cuantas menos alternativas existan para sustituirlo, y en los que operan «pocos actores que tienen mucho poder y capacidad, de manera que si uno reduce la oferta otro no puede absorberla y el precio sube», apunta Ruiz.

Y los movimientos de los grandes actores del mercado van en la dirección de reducir el elenco a base de integraciones. «La ola de fusiones ha reducido tremendamente la competencia y ha dado mucho poder a los oligopolios, que además son muy poco transparentes», anota Del Castillo, que destaca cómo se ha dado en las últimas décadas «una reducción de la competencia de ámbito internacional derivada de la financiarización» de la economía global.

«Todo lo que se puede comprar y vender es susceptible de tener un tratamiento mercantilista o de ser sometido a procesos de especulación», añade González, que destaca cómo en Estados Unidos el agua lleva año y medio cotizando en bolsa y que recuerda el proceso que sufrió la vivienda a finales de la pasada década en España, donde medidas con el recorte a tres años de los contratos de alquiler facilitó su subida mientras unas administraciones ponían lotes de viviendas de alquiles en manos de empresas controladas por fondos y otras habilitaban tratamientos fiscales low cost para esas sociedades mientras todas promocionaban la turistificación. «Las instituciones públicas tienen responsabilidad en favorecer esos procesos de generación de expectativas de negocio», añade.

¿Se trata de operativas completamente novedosas?

Para nada. Lo que sí se ha dado en las prácticas especulativas es una evolución, a menudo favorecida por las propias administraciones. «Especulación ha habido siempre, pero hay una arquitectura institucional que facilita estos procesos, y eso ha permitido que se mercantilicen sectores en los que antes era muy difícil entrar, como la sanidad, la educación o los geriátricos. Y eso afecta a los usuarios», apunta Del Castillo, que recuerda cómo al mismo tiempo «la traslación de las lógicas financieras a corto plazo para obtener beneficio provoca tensiones en precios y salarios», tal y como está ocurriendo en España desde hace meses.

Esa financiarización mediante la aplicación de esas lógicas financieras de corto plazo, que se han convertido en uno de los rasgos de identidad de los emporios de la economía globalizada, vendrían a consistir, esencialmente, en la toma de posición por parte de grandes inversores, básicamente fondos de inversión y de pensiones, en empresas a las que, para rentabilizar su aportación, exigen remuneraciones anuales del 10% de su participación so riesgo de retirarse si no las obtienen.

Es lo que en EEUU se ha dado en llamar codicia corporativa, una práctica que la Casa Blanca ve detrás de las desmesuradas subidas de precios que en ese país están experimentando productos como la carne.

González, por su parte, recuerda cómo «los procesos de financiarización se han dado gracias a una normativa desreguladora que ha permitido la expansión de los fondos de inversión y ha dado lugar a la aparición de instrumentos financieros fuera de control. Son las instituciones las que han ido recortando los controles, y eso ha ido facilitando el poder de entidades financieras fuera de control».

¿Cuáles son los principales fondos?

Según los últimos datos disponibles, los grandes fondos de inversión mantienen posiciones en empresas por un valor superior al PIB mundial al acercarse a los 115 billones de dólares frente a una producción mundial de 94.

Diez de esos fondos, algunos de inversión y otros de pensiones, manejan prácticamente un tercio de esas posiciones globales al sumar 33 billones. Se trata de Black Rock (7,3), The Vanguard Group (6,1), UBS (3,5), Fidelity (3,03), SSGA (3), Allianz (2,5), JP Morgan Chase (2,5), Goldman Sachs (2), Bank of NY (1,9) y Pimco (1,9).

¿Todos ellos operan con prácticas especulativas?

No necesariamente. Lo que sí hacen es aplicar a rajatabla esa política de exigencia de una elevada remuneración por su participación en las empresas, que lleva a estas a intentar maximizar los beneficios por las vías de aumentar los ingresos y reducir los costes.

Muchos de esos grandes emporios inversores tienen una notoria presencia en España, especialmente en las empresas de mayor tamaño y de sectores clave de la economía como la banca, donde Black Rock participa en las cinco principales entidades, la energía o el ladrillo.

¿Hay ejemplos recientes de prácticas especulativas?

El más cercano de los que pueden considerarse acreditados fue el ataque sobre la deuda pública de varios países europeos, principalmente España, Portugal, Italia y Grecia, que hace unas semanas obligó a intervenir al Banco Central Europeo (BCE) para frenar la subida de sus primas de riesgo.

Parecía repetirse lo ocurrido entre 2007 y 2011, cuando la UE sorprendió a siete grandes bancos (https://www.publico.es/economia/bruselas-multa-371-millones-varios-bancos-formar-cartel-manipulo-prima-riesgo-2007-y-2011.html#analytics-noticia:contenido-enlace ) que habían formado un cartel para aumentar sus beneficios haciendo trampas en las subastas de bonos de algunos Estados.

En España, las seis grandes constructoras se enfrentan a la inhabilitación para contratar con las administraciones tras concluir la CNMC (Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia) que habían organizado varios cárteles para amañar licitaciones de ADIF y del Ministerio de Fomento.

La Fiscalía Anticorrupción mantiene que la compañía eléctrica Iberdrola manipuló en 2013 el mercado eléctrico al reducir las aportaciones de sus centrales hidráulicas para aumentar el peso de las centrales térmicas de gas en la generación total, lo que habría provocado un alza artificial de los precios de la luz en todo el país.

Paralelamente, analistas y agentes del sector de los combustibles llevan tiempo pidiendo a las compañías petrolíferas que expliquen los motivos de los elevados precios de los hidrocarburos que están llevando a las gasolineras, ante la sospecha de que detrás de su incremento pueda haber prácticas especulativas o de abuso de una posición de dominio del mercado.

¿Por qué los especuladores tienen tanta querencia por los alimentos?

«La especulación con los alimentos es tan vieja como la propia agricultura, pero su atractivo como instrumento de lucro se disparó en la década pasada al descubrirse como una oportunidad de inversión única», explica Víctor España, que destaca como factor clave la desregulación del mercado mundial, que ha permitido la aparición de «monopolios en las cadenas de distribución donde se maximizan beneficios aún a costa de agravar la pobreza y la inseguridad alimentaria».

«Los alimentos se han convertido en un activo y se ha perdido de vista que se trata de una necesidad básica», anota, hasta el punto de que «los inversores están yendo más allá de los mercados de futuro y expanden su negocio hacia la compra de tierras cultivables, insumos e infraestructura», con unas tendencias a la uberización cada vez más intensas en el campo español, las lógicas de funcionamiento de cuya cadena de valor sigue siendo un misterio por resolver.

¿Se puede meter miedo en un mercado?

No solo se puede, sino que se hace. Y con relativa frecuencia. «El mercado de los derivados permite que compren protección agentes financieros que no tienen los títulos» sobre los que se genera la expectativa de negocio, algo que los especuladores hacen «buscando que aumente la percepción del riesgo, es decir, que la compra de seguros de impago envíe al mercado la sensación de que se compran con razones más que fundadas», señala el investigador de la Universidad de Granada.

Eso hace que «otros inversores con títulos se sientan asustados y quieran comprar también protección, reforzando las señales enviadas», con lo que «el mercado de derivados empieza a sentir que hay muchas operaciones y que las primas suben porque los vendedores de protección también piensan que el riesgo es creciente y reclaman mayores pagos por su cobertura». Todo a base de distintas manifestaciones del miedo: a la pérdida, al fracaso, a la escasez, al deterioro de la reputación.

¿Qué hacen los Estados y sus reguladores?

Lo poco que pueden en el mejor de los casos, ya que «se han generado instrumentos de inversión sin ningún tipo de control. No lo hay prácticamente sobre la financiarización de la economía y sobre el poder de esos fondos, ni a nivel estatal ni mucho menos a nivel transnacional», indica González.

Las tensiones entre Estados a la hora de crear el Impuesto de Sociedades global o para gravar las operaciones de los gigantes tecnológicos se presentan como una prueba del nueve de esa ausencia de controles y de las dificultades para implementarlos.

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