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El Brexit y la mistificación de la democracia

La victoria de Boris Johnson demuestra la mistificación de la democracia, su falseamiento y lo fácil que es manipular al pueblo con los medios tecnológicos que hoy disponemos.

 

PEDRO LUIS ANGOSTO

Charles de Gaulle fue un político autoritario, astuto y pragmático que abandonó el poder tras perder un referéndum por la mínima en 1969, un año después del célebre mayo francés. Con mucha habilidad logró erigirse en jefe de la resistencia gala a los nazis desde Londres, retirándose en 1946 de la política activa. Reclamado por el Presidente de la República René Coty en 1958, De Gaulle aceptó la presidencia del Gobierno con poderes excepcionales para acabar con la crisis argelina: Argelia estaba en pie de guerra contra la ocupación francesa y un sector ultraderechista del ejército y la sociedad francesa, agrupado en la OAS (Organisation de l’Armée Secrete), habían decidido dar un golpe de Estado para mantener la colonia a sangre y fuego. De Gaulle, convencido de la imposibilidad de mantener a Argelia bajo la tutela francesa, fundó la V República y dio la independencia al país africano. Pese a las dificultades que encontró en su estrategia, la jugada le salió bien y su prestigio aumentó notablemente entre los franceses, llegando a ganar la Presidencia de la República en 1959. Comenzaban así diez años de predominio absoluto del gaullismo, que había logrado despertar en los franceses su sempiterno sueño de grandeza.

Francia perdía sus colonias, el Reino Unido también. En ese contexto los dos países trataban de   reubicarse en el nuevo escenario mundial. Francia optó por apoyarse en Alemania tras el Tratado del Eliseo de 1963 para fortalecer la incipiente Comunidad Europea; el Reino Unido, aunque mantenía unas magníficas relaciones con Estados Unidos, vio que podía perder influencia en Europa ante la pujanza de De Gaulle y Adenauer. Esta circunstancia y la crisis económica por la que pasaba Gran Bretaña hizo que desde 1963 los sucesivos primeros ministros británicos pidiesen la entrada en la Comunidad Económica Europa, petición que fue permanentemente bloqueada por De Gaulle.

Lo que han votado los ingleses tanto en el referéndum como en las legislativas va contra los intereses generales de los trabajadores británicos, que han preferido votar por la bandera que por el progreso y la justicia social

De Gaulle estaba convencido de que Francia sólo subsistiría como gran potencia dentro de una Europa fuerte e independiente en la que jugase un papel preponderante. Además de aliarse con el antiguo enemigo alemán, Francia decidió abandonar la OTAN y crear una fuerza militar propia que no dependiese de Estados Unidos. En su proyecto europeo no entraba el Reino Unido. Consideraba que era una nación en decadencia que ante cualquier eventualidad siempre estaría del lado de la potencia americana, llegando a afirmar que el día en que la Comunidad Europea abriese las puertas a Londres, le sucedería lo mismo que a Troya. Entre 1963 y 1972, todas las demandas de los gobiernos británicos -Mac Millan y Wilson-  para entrar en la Europa que se estaba construyendo fueron desestimadas por imposición de De Gaulle, logrando entrar en la organización europea en 1973 cuando Georges Pompidou consideró oportuno abrir la política exterior francesa y europea al Este y al Oeste. Para entonces Francia era ya uno de los países más desarrollados del mundo.

Pompidou creyó que dado el crecimiento económico de Francia y Alemania y la debilidad del Reino Unido, éste terminaría por hacerse a las normas continentales. Pero se equivocó. El Reino Unido entró en la Comunidad Europea como siempre había hecho a lo largo de su historia y siguiendo la máxima de Lord Palmerston: “Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene intereses permanentes”.

Junto a la nefasta ampliación de 2004 que por presión de Alemania permitió la entrada en la Unión Europea de diez países, el ingreso del Reino Unido fue la decisión más desafortunada de los dirigentes europeos, pues no sólo supuso la paralización de la integración política, sino que como presumía De Gaulle, sólo sirvió para ralentizar y modificar las normas comunes. No sólo se permitió al Reino Unido mantener su moneda mientras los miembros fundadores renunciaban a ella, sino que durante las negociaciones con Margaret Thatcher se le otorgó el conocido como “cheque británico”, instrumento financiero que permitía al Reino Unido no aportar nada a la Unión, como si hubiese sido un país pobre. Por otra parte, la política de apaciguamiento llevada a cabo por Francia y Alemania durante los años ochenta y noventa para lograr una mayor integración británica, fue aprovechada por ese país para fortalecer sus lazos con Estados Unidos y convertirse, con el consentimiento de la Unión, en el centro mundial de los paraísos fiscales, la mayoría de los cuales tienen su sede en la City londinense desde donde operan para socavar los ingresos de los Estados europeos.

La convocatoria del referéndum para decidir si el Reino Unido permanecía o salía de la Unión Europea fue un enorme error del Gobierno de David Cameron, pero también lo fue de los dirigentes europeos, pues jamás debieron permitir la permanencia de un país que no se sometía a las normas aceptadas por los demás y que anteponía sus relaciones con Estados Unidos a su implicación europea. Pero si algo demostró aquel referéndum de 2016 fue que la mentira ligada a las nuevas tecnologías había llegado para quedarse y vaciar de contenido a la democracia. Durante meses, Nigel Farage, Boris Johnson y los partidarios del Brexit inundaron las redes sociales de mentiras, infundios, camelos, bulos y promesas paradisiacas. La intervención de intelectuales y científicos como Stephen Hawking, Ken Loach, John Le Carré, John Carlin o Ken Follet apenas ha tenido influencia en un pueblo cada vez más vapuleado pero al mismo tiempo cautivado por los mensajes que pronostican la nueva independencia del país, la prosperidad sin límites y, sobre todo, la expulsión de los extranjeros que son quienes hacen los trabajos más penosos pero también los apestados. El odio al diferente, al que viene de fuera, al que no habla igual que tu, se ha convertido en el instrumento más poderoso para la captación de votos, para ganar cualquier tipo de elección. Es el enemigo exterior el causante de todos nuestros males, no el rico, el explotador, el corrupto, el violento o el especulador que no pagan impuestos y generan con su codicia el malestar creciente de la población. Éstos son de los nuestros, son patriotas  y nos protegen de ese enemigo que lava el culo a nuestros mayores para disimular pero que en verdad ha venido para socavar nuestro modo de vida, nuestras costumbres inmarcesibles y nuestra tranquilidad.

El brexit, la victoria en las elecciones británicas de Boris Johnson, uno de los más furibundos defensores de la salida de la Unión Europea y también de las políticas más antisociales que se puedan concebir, demuestra la mistificación de la democracia, su falseamiento, lo fácil que es manipular al pueblo con los medios tecnológicos que hoy disponemos y los peligros tremendos que acechan a la democracia entendida como Gobierno del Pueblo: Los pueblos están votando contra ellos mismos y contra los que son como ellos. Es cierto que la Unión Europea funciona como una Nomenclatura defensora del orden neoliberal y que tiene que cambiar drásticamente si no quiere desaparecer y relegarnos a la nada, pero lo que han votado los ingleses tanto en el referéndum como en las legislativas va contra los intereses generales de los trabajadores británicos, que han preferido votar por la bandera que por el progreso y la justicia social. En la guerra comercial que viene, el Reino Unido ha elegido su bando, el de la potencia hegemónica que lo será por poco tiempo. ¿Es el suicidio colectivo un derecho?

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