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El siglo de las luces del oscurantismo

El rinoceronte de Duero (1515). ALBERTO DUERO
El rinoceronte de Duero (1515). ALBERTO DUERO

Artículo publicado originalmente en Contexto y Acción CTXT

Mar Calpena

Un célebre grabado de Albrecht Dürer muestra una extraña criatura. Su cuerpo está cubierto por una armadura, y tiene un cuerno en la nuca, además de otro en el morro. En 1515 Dürer representó de oídas y basándose en un esbozo al primer rinoceronte que pisaba costas europeas desde la antigüedad. Pero la imagen que quedó de este animal en la cabeza de los europeos fue, hasta pasados varios siglos, la que reflejó el artista alemán. Con las conspiraciones y el negacionismo, más allá de lo que sus convencidos cuentan, conviene acudir a quienes estudian las dimensiones sociales del ser humano, o se corre el riesgo de dibujar otro rinoceronte de Dürer. Porque la amalgama de grupos y grupúsculos que se pueden encontrar en una manifestación como la de los antivacunas de la plaza de Colón, o de los que intentaron tomar al asalto el Bundestag, compone una figura tan difícil de retratar como un rinoceronte en la Europa del Renacimiento.

El terreno de juego

¿Qué es lo que diferencia a una teoría conspirativa de, pongamos, un simple rumor? El antropólogo social y profesor de la Universitat de València, Miquel Ruiz, que lleva ya un tiempo investigándolas y prefiere hablar de “pensamiento conspirativo”, pone el acento en tres principios de funcionamiento: “En primer lugar, la idea de que nada es accidental ni casual, que todo cuanto sucede obedece a las (malas) intenciones de alguien. El mundo de quienes piensan que esto es así es más coherente y menos incierto que nuestro mundo real. En segundo lugar, nada es lo que parece. El pensamiento conspirativo es un pensamiento de la sospecha. Este mecanismo, en realidad, ha salvado a la humanidad durante su evolución, porque si tú estabas sentado junto al fuego y venía un león y sabías sospechar de un ruido de la jungla eso podía salvarte. Este fenómeno de sospecha no es nuevo, pero ahora se da una sobreinterpretación, hace que veamos señales en todas partes. Y esto nos lleva al tercer rasgo: todo forma parte de la conspiración, y está conectado. No existe la inocencia, incluso los hechos que apuntan en dirección contraria son pruebas de que la conspiración es real”. 

El negacionismo funciona de un modo distinto a las teorías conspiratorias, utilizando armas como expertos sesgados, o evidencias incompletas, para reforzar sus afirmaciones

Esta capacidad para aliviar las incertidumbres de los movimientos negacionistas también se señala desde otras disciplinas. La doctora Karen Douglas, de la Universidad de Kent, una de las principales estudiosas de las teorías de la conspiración, las aborda desde la psicología social. Para ella, estas “satisfacen necesidades psicológicas que todo el mundo siente en algún momento, y particularmente cuando se da una crisis, incluso en las sociedades con niveles más avanzados”. Las investigaciones de Douglas indican, sin embargo, que creer que hay un grupo organizado, El Cabal, que secuestra niños, o que Bill Gates nos quiere implantar un chip, a la larga no es una estrategia psicológica satisfactoria. “En lugar de hacernos sentir menos a merced del mundo, estas teorías terminan creando la sensación contraria y agravan el sentimiento de debilidad”. Coincide con ella el también psicólogo Miguel Perlado, coordinador del Colegio de Psicólogos de Barcelona en el grupo de trabajo de Derivas Sectarias, quien dice de estas teorías que son “el último refugio que tienen muchas personas. Es muy difícil contrarrestar estas ideas, porque son creencias totalmente irracionales, y en un grupo tienen un efecto reverberante que les da más intensidad”. Perlado señala además que “estos movimientos tienen un gran parecido con las sectas y las convicciones religiosas. El negacionismo funciona de un modo algo distinto a las teorías conspiratorias, en tanto en cuanto a veces utiliza armas como expertos sesgados, o evidencias incompletas, para reforzar sus afirmaciones. Juega más con las medias verdades. Esto crea un enemigo externo –por ejemplo, los médicos que se supone que están escondiendo información– que une a grupos muy dispares y crea un mundo dicotómico con un enorme poder”. Para Perlado, a menudo, aunque no siempre, quienes abogan por teorías como estas pueden presentar “un perfil de persona aislada y con dificultad para las relaciones sociales, o muy temerosas o suspicaces o con prejuicios y que con cierta rigidez en sus creencias”.


Los estudios indican que no siempre se trata de personas con poca educación. Uno de ellos, realizado por el sociólogo Antoine Bristielle para la fundación Jean Jaurès, describía recientemente que el grupo demográfico más importante entre los antivacunas franceses son las mujeres, con estudios superiores y mayores de cincuenta años, en la línea de otras encuestas como la llevada a cabo por el CIS  en España en 2018. Así, señala Jesús Palomar, profesor de Ciencias Políticas de la UB, es frecuente que en estos grupos militen personas de alta formación intelectual “que se sienten precisamente por ello más legitimados y esto los reafirma en argumentos de corte populista, que simplemente respaldan lo que desean oír”. De hecho, uno de los antivacunas más destacados es Luc Montagnier, ganador del Nobel de medicina en 2008 por su descubrimiento del VIH. Esta deriva parece ser un fenómeno frecuente entre los ganadores de este premio, se habla incluso de “la enfermedad del Nobel”.

La dimensión política

Las teorías conspirativas no son algo nuevo. Tal y como señala el catedrático de historia contemporánea de la UAB Francisco Veiga, quien se ha inspirado en estas teorías para sus dos novelas, “están relacionadas con la política de masas. Siempre han existido, como siempre han existido las propias conspiraciones: encuentras en el antiguo testamento, en la mitología griega… pero desde la revolución francesa ya encontramos acusaciones a la masonería y los illuminati, o en la revolución rusa todas las acusaciones antijudías de Los protocolos de los sabios de Sión. Son un fenómeno recurrente y, de hecho, cotidiano, porque sí que se dan muchas conspiraciones que son ciertas, por ejemplo, de empresas para manipular el precio de las cosas u otras tramas financieras”.

Veiga, quien también ha estudiado a fondo la ultraderecha, niega que estos sean los únicos que utilizan esta táctica. “Las ideologías más radicales sí tienen tendencia a echar mano de explicaciones radicales y sencillas, y difíciles de demostrar como falsas, a fin de lograr la máxima difusión. Pero cualquier grupo político es susceptible de valerse de ellas. Cuando surgió QAnon también brotaron teorías en el sentido contrario, acusando a los rusos de haber movido palancas para que lo eligieran [a Trump]. Hay toda una izquierda-feng shui que cree en ellas. La diferencia es que ahora mismo es muy fácil ponerlas en circulación. Hay una epidemia de ‘conspirativitis’ que nace de la Guerra Fría, como un intento de hacer la guerra mediante la propaganda, el espionaje, los golpes de estado y la influencia, y no de las bombas, con la red Gladio, y las operaciones encubiertas en Latinoamérica, y que exaltan la imaginación popular”.

Para Veiga, el auge actual de estos movimientos se debe a tres factores: “El declive de la izquierda y de la disminución de la influencia social de sus explicaciones racionalistas, como el materialismo histórico o la lucha de clases. Por otro lado, los grupos de derechas han sabido aprovechar muy bien los mecanismos de las redes sociales para difundir este tipo de teorías”. Un ejemplo es Youtube, que según cuenta la BBC sugiere a quienes ven vídeos sobre la presunta falsedad de la llegada a la luna otros sobre la idea de que la tierra era plana. La plataforma de vídeos ofrece temas cada vez más extremos, según uno pasa tiempo en ella. “Y además”, prosigue Veiga, “nada está contrastado. Aquí ha jugado un papel básico el declive de la prensa comercial. No es tanto que haya una fábrica de conspiraciones y negacionismo como que el ambiente es propicio para que se difundan”.

Palomar plantea la espinosa relación entre negacionismo y políticas públicas. “Cuando estudiamos, por ejemplo, la desigualdad entre géneros partimos de la convención de una realidad, de que las cosas son de un modo y no de otro. Lo que hacen estos fenómenos es negar lo que mayoritariamente se considera evidente y real, y obviamente eso altera la agenda política, sea para poner o para quitar temas de ella”. Palomar señala que el negacionismo sirve muy bien a quienes se valen del populismo para llamar la atención, “puesto que no quieren tanto transformar la realidad como simplemente anularla a toda costa” y atribuye buena parte de la culpa del éxito de estas teorías “a discursos basados en el relato político, más que en lo técnico, que sería lo sanitario, y que a menudo están vacíos”. Palomar pone como ejemplo la gestión de las primeras semanas de la covid en España. “Casi se consiguió hacer un discurso puramente técnico, poniendo de portavoz a Fernando Simón. Pero cuando hay una crisis larga ocurren dos cosas: la primera, que no todo se puede dejar en manos de los técnicos, porque se espera que los políticos también intervengan; y por el otro, que estos mismos políticos no saben aguantarse las ganas de intervenir. Y es entonces cuando se estropea. Además, creo que en este caso Simón cometió el error de meter algún que otro chascarrillo político, lo que estropeó su fiabilidad, lo que daba alas a estos grupos”.

Palomar resalta que hay diferencias en la apreciación de fake news, negacionismo y otras hierbas en función de las culturas políticas. “En Europa teníamos algo más de fe en nuestras instituciones de la que hay en Estados Unidos, por lo que hasta que no se ha ido perdiendo no habían proliferado tanto. Y claro, la globalización ha ayudado, al traernos mecanismos políticos de otras sociedades ”.

Tocando el hueso de la realidad

Los expertos consultados creen que la amenaza que suponen para la sociedad estos movimientos es real, aunque no se ponen de acuerdo sobre la inmediatez del riesgo. Palomar piensa que estos grupos no se van a convertir en partidos de un día para otro, pero puede que lo sean a medio plazo a medida que sus ideas entren en las instituciones. “Trump lo sabe muy bien: hacer dudar de todo da votos, y más cuando desde el poder se dicen en voz alta cosas que no nos atreveríamos a decir en público”. Perlado plantea, en cambio, que la amenaza ya es real “Está ocurriendo ya en Brasil con Bolsonaro o con el tema QAnon en Estados Unidos. Las teorías de la conspiración y el negacionismo pueden llegar a desestabilizar la democracia”.

Mar Calpena

Mar Calpena (Barcelona, 1973) es periodista, pero ha sido también traductora, escritora fantasma, editora de tebeos, quiromasajista y profesora de coctelería, lo cual se explica por la dispersión de sus intereses y por la precariedad del mercado laboral. CTXT.es y CTXT.cat son su campamento base, aunque es posible encontrarla en radios, teles y prensa hablando de gastronomía y/o política, aunque raramente al mismo tiempo.

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