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El Yasuní y los ecologismos del Sur

Artículo publicado originalmente en elsaltodiario.com

Àlex Guillamón.

El próximo 20 de agosto, junto a las elecciones presidenciales avanzadas por la disolución mutua de los poderes ejecutivo y legislativo (conocido en el país como “muerte cruzada”), la ciudadanía ecuatoriana, incluida la residente en nuestro país, está llamada a responder a varias consultas, entre las que destaca la de ámbito nacional que reclama el SÍ para detener la explotación petrolera del “Bloque ITT” en el corazón del Parque Nacional del Yasuní, declarado desde 1989 Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Otra de ellas, de ámbito cantonal, trata de impedir la entrada de la minería en otra Reserva de la Biosfera, la del llamado Chocó andino, en la región de Quito.

El Yasuní está habitado por los últimos pueblos indígenas en aislamiento voluntario de Ecuador. Y, en plena sexta extinción a la que asistimos, es una de la regiones del planeta que mantienen más biodiversidad: se documentan 150 especies de anfibios, 121 de reptiles, 598 especies de aves. se estiman unas 204 de mamíferos y cerca de 3.100 especies vegetales.

Si la red de la vida en la Tierra tuviera su propia agencia de noticias, la Consulta del Yasuní ocuparía sin duda sus portadas en estos días. Sin embargo, en la agenda mediática del Norte global ha sido necesaria la aparición del bueno de Leonardo di Caprio para que el tema haya tenido algún tímido eco.

Ese mismo sesgo de mirada colonial nos impide conocer y reconocer que en el Sur pueda haber sistemas políticos con elementos de democracia más avanzada, de los que Europa podría tomar ejemplo. Es lo que ocurre en Ecuador, tanto con los derechos de la naturaleza, como con el derecho a la Consulta Popular. Los artículos 71 y 72 de la Constitución ecuatoriana de 2008 proclaman, entre otras cosas, que “la naturaleza o Pachamama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete íntegramente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos”. Ese derecho solamente puede ser soslayado constitucionalmente logrando que la Asamblea Nacional apruebe considerar que un determinado proyecto es de interés estratégico nacional superior. 

A este procedimiento acudió el entonces presidente, Rafael Correa, el 15 de agosto de 2013 para proponer la explotación petrolera del mencionado bloque ITT en el Yasuní, apoyándose en su mayoría en la cámara. Y en esa misma comparecencia, fiel a su genio y figura, retó a quienes no estuvieran de acuerdo con la decisión a recoger la firma del 5% del censo electoral ecuatoriano requerido legalmente para poder convocar una consulta vinculante a iniciativa popular, reconocida en el artículo 104 de la misma Constitución. En aquel momento eso significaba 583.000 firmas. Ese fue el estímulo que provocó el surgimiento de Yasunidos, con el que un entusiasta movimiento dinamizado por colectivos de jóvenes consiguió aunar por todo el país una variada coalición social, territorial y plurinacional por la vida, que le ganó el pulso al gobierno consiguiendo en pocos meses 757.623 firmas. (Si aquí casi nadie conocía esa historia, es porque ocurrió en el oscuro inframundo del Sur global, según se baja a la izquierda, un punto ciego para los focos mediáticos. Por eso es de justicia señalar que ocurrió cinco años antes de que los mismos focos se embelesaran y esparcieran ríos de tinta sobre el “novedoso” surgimiento en Europa de la juventud por el clima).

La reacción defensiva del gobierno fue tratar de impedir la consulta invalidando la mayoría de esas firmas con razones improvisadas y peregrinas, lo que llevó a Yasunidos a un lento y tenaz proceso legal, zanjado finalmente el pasado mes de mayo, 10 años después, con la sentencia de la Corte Constitucional desestimando la gran mayoría de alegaciones del gobierno y ordenando la celebración de la consulta. Hace más de 20 años que el movimiento ecologista ecuatoriano viene reclamando ante la comunidad internacional la urgencia de detener la explotación petrolera en la Amazonía y mantener el crudo en el suelo como una medida imprescindible frente a la crisis climática. Acción Ecológica de Ecuador afirmaba ya en 2013 que “Ecuador no es responsable del calentamiento global pero su sociedad ha sido capaz de construir y defender propuestas frente a la crisis climática”.

Mientras, en la otra cara de la moneda global, la respuesta de la Unión Europea ha sido esa gran operación de imagen llamada “Pacto Verde”, que no ha impedido que en la actualidad estemos avanzando en dirección contraria a la descarbonización y que se plantee una implantación de las “energías renovables” (con materiales no renovables) con los mismos patrones de siempre, coloniales extractivistas y depredadores de territorios y derechos de las comunidades del Sur Global. Karl Marx popularizó una frase escrita en el siglo II A.C. por Publio Terencio Africano: “Nada de lo humano me es ajeno”. Pocas veces esta frase se nos muestra tan llena de significado como en este caso. El próximo 20 de agosto el pueblo ecuatoriano tomará una decisión soberana sobre su territorio y, en el fondo, sobre su proyecto de futuro. Pero, si logramos ver más allá de nuestra lente neocolonial, a nadie se le debería escapar que en aquel rincón del borroso del Sur global se juega algo que tendrá un gran impacto, tanto simbólico como efectivo, en la lucha para afrontar la emergencia climática, ecológica y energética con esperanzas de futuro para toda la humanidad y para la vida. Yasunidos ha logrado hoy, en un estrechísimo margen de tiempo y con escasos recursos, activar en campaña a miles de corazones de jóvenes y menos jóvenes, urbanos y rurales, mestizos e indígenas, ecologistas, feministas, etc. desplegando una creatividad social envidiable. Los ecologismos del Sur y lo que Joan Martínez Alier denominó “el ecologismo de los pobres”, nos brindan a cada momento lecciones a quien quiera escuchar. Porque, en palabras de la activista kichwa sarayaku Helena Gualinga, la consulta por el Yasuní “es un precedente extremadamente importante, que puede replicarse en todo el mundo y debería ser una señal de esperanza (…) de que la gente puede decidir en qué dirección quiere ir».

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