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Europa ante el EI: repensar la estrategia

Editorial La Jornada
El primer ministro belga, Charles Michel, anunció ayer que su país reforzará las acciones contra el grupo Estado Islámico (EI) con el envío de aviones de combate a Siria. De acuerdo con el funcionario, la medida era discutida en el Parlamento de la nación europea desde principios de mes, pero se precipitó a consecuencia de los atentados que el martes pasado dejaron 31 muertos y alrededor de 300 heridos en el aeropuerto y una línea del Metro de Bruselas.

El anuncio del incremento de la participación belga en los esfuerzos bélicos liderados por Estados Unidos en Siria e Irak se produjo tras una reunión entre Michel y el secretario de Estado John Kerry, quien afirmó que el territorio bajo control de la organización islamita se está reduciendo día a día, mientras sus líderes están siendo diezmados, sus fuentes de financiación están desapareciendo y sus soldados están huyendo.

Pareciera, por las declaraciones citadas, que los líderes occidentales permanecen reacios a reconocer que, pese a su autoproclamación como Estado y califato, el EI es una red cuya fuerza trasciende al control estrictamente territorial: de otra manera, no se explica que un grupo supuestamente en vías de desaparición haya coordinado un golpe quirúrgico por su contenido simbólico: la capital belga es sede de las principales instituciones de la Unión Europea (UE) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

De manera evidente, Occidente repite ahora errores del pasado reciente, como ocurrió cuando con el involucramiento en la campaña estadunidense contra Al Qaeda, el cual se saldó, además de la muerte de miles de civiles inocentes en las naciones ocupadas, con los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y el 7 de junio de 2005 en Londres. Como los acontecimientos han demostrado, esta lógica resulta contraproducente pues, incluso si los actuales esfuerzos bélicos condujeran a largo plazo al aniquilamiento del EI, el costo en vidas de inocentes en las naciones occidentales invasoras resulta inaceptable.

Además, en el cómputo de las pérdidas deben considerarse las vidas de civiles en Medio Oriente víctimas de los bombardeos de las potencias extranjeras, el sufrimiento de centenares de miles de desplazados de guerra que habitan campos de refugiados o intentan ingresar a Europa, el estado de zozobra y pánico permanente a que se ven sometidos los ciudadanos de los países europeos y, de no menor importancia, el ataque a las libertades democráticas que suponen las medidas autoritarias dictadas para encarar la crisis.

Estos costos de la estrategia bélica adquieren además un cariz perverso al considerar que el Estado Islámico alcanzó sus actuales dimensiones y peligrosidad a la sombra de las distintas organizaciones armadas que, bajo la mirada complaciente de las potencias occidentales, surgieron en Siria con el objetivo de derrocar al presidente Bashar Assad.

Tan improcedente como emplazar a Bruselas o a la Unión Europea a que renuncien a la protección efectiva y decidida de sus ciudadanos es la pretensión de cumplir con esa responsabilidad mediante estrategias militaristas e improcedentes, que no sólo no contienen el poder de fuego y operación del EI, sino que multiplican los enconos antioccidentales, que se expresan cíclicamente en atentados como el ocurrido esta semana en Bruselas.

Es imperativo llamar a un cambio de estrategia, ante todo cuando se ha hecho trágicamente patente que la actual no está rindiendo los resultados deseados.

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