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Gobernar la complejidad

Composition VII. Wassily Kandinsky (1913). © THE STATE TRETYAKOV GALLERY

Artículo publicado originalmente en CTXT Contexto y Acción

Marc Grau y Elisenda Alamany 

Hoy la gente está decepcionada y frustrada por las promesas y expectativas incumplidas. Nuestra vida está llena de incertidumbres y de dudas en el trabajo, la familia, la política, etcétera. En pocos años han cambiado las dinámicas sociales y económicas, la concepción del trabajo, las estructuras sociales y familiares o las prácticas de consumo y de ocio. Nada volverá a ser igual, ya que todo está cambiando. Nuestra sociedad está marcada por la pasada década de crisis económica y social y la incapacidad para darle respuesta se ha convertido también en una crisis de confianza y legitimidad de la política.

Necesitamos una política que mire siempre alrededor para ver con quién y con qué podemos contar, para articular redes híbridas con actores sociales, económicos, científicos, etc.

Cuando aún no podemos saber los impactos de la crisis derivada de la pandemia, más que hablar de crisis encadenadas, hoy ya tenemos que hablar de un cambio de época porque esta no es una situación transitoria. Somos testigos de cambios profundos que, de hecho, se han venido gestando desde hace más de veinte años, y que se aceleran con cada una de las crisis que vivimos. Precisamente porque no nos podemos permitir volver a caer en los errores de la gestión de la crisis de hace una década, ya no nos servirán las recetas antiguas. Y para hacerlo diferente, será necesaria la creatividad y nuestra capacidad de innovación para construir nuevas soluciones que den respuesta a los retos de los nuevos tiempos.

Podríamos decir que pese a que la sociedad ha cambiado mucho en las últimas décadas, la política sigue siendo resistente a estos cambios. Tenemos una política aún poco adaptada a la complejidad y contamos con unas instituciones rígidas, pensadas para ofrecer respuestas homogéneas a una sociedad que hoy se ha vuelto definitivamente más diversa y compleja y que requiere respuestas específicas. Consiguientemente, necesitaremos formas de gobernanza tan complejas y dinámicas como lo es el mundo en el que vivimos, o no lo conseguiremos. Y por eso, habrá que entender que si la política es dar respuesta a los problemas colectivos, esta no se agota en las instituciones. Va mucho más allá.

Necesitamos una política que mire siempre alrededor para ver con quién y con qué podemos contar, para articular redes híbridas con actores sociales, económicos, científicos, etcétera. Cada asunto a gestionar pedirá de formas de gobernanza específicas. Y veremos que la fórmula más adecuada en cada caso casi nunca encajará del todo con marcos tradicionales del mercado-competición o el monopolio institucional con que hemos pensado la organización de los asuntos colectivos hasta el momento. Si las instituciones solas no lo pueden todo, nos tendremos que preparar para nuevas formas de gobernanza híbridas basadas en la cooperación y la interdependencia, en las que la negociación entre actores e intereses diversos será un elemento central.

Esto aparte, es una evidencia que cada día nos encontramos con parlamentos más fragmentados y los gobiernos de coalición son una realidad en las diferentes escalas de gobierno; desde la local a la estatal. Las dinámicas de convivencia, que no siempre son fáciles, o la negociación constante para llegar a acuerdos añaden complejidad a este nuevo escenario. Y, seamos realistas, no estábamos acostumbrados. En definitiva, la fragmentación creciente y las formas de gobernanza exigen renovar las formas de llegar a acuerdos y consensos. Así, la necesidad de un nuevo paradigma de negociación es clave para gestionar la creciente complejidad.

Pero ¿qué significa negociar en política hoy en día? Hasta ahora, la actitud en la negociación política ha venido marcada por una lógica de dividir el pastel. El ‘buen negociador’ parte de una posición, y va tratando de convencer al oponente para que la acepte, argumentando a favor de su postura, cuestionando la validez de los argumentos del rival y haciendo concesiones recíprocas, hasta llegar al acuerdo. Sabe que tiene que conseguir un trozo cuanto mayor, mejor. Y por lo tanto tiene que dominar el terreno de las amenazas, las mentiras, las propuestas extremas, los ‘faroles’, los ultimátums y saber esconder bien su información. Desde esta lógica habitual, de hecho, no hay ningún incentivo para una negociación real. Cada parte tiene incentivos para ‘perder tiempo’, para no avanzar. Porque cuanto más ‘avanza’, menos beneficioso será el acuerdo. Básicamente, porque se tiende a pensar que a medida que vamos haciendo concesiones, nos alejamos de la posición inicial.

Esta descripción podría parecer exagerada, pero desgraciadamente se parece demasiado a lo que nos encontramos, a grandes rasgos, en política. No es de extrañar, por tanto, que en esta lógica se lleguen a malos acuerdos y cortos de miras para salir del paso. ¿Cuál sería la alternativa? Como decíamos, estamos en un mundo complejo marcado por la incertidumbre donde las opciones nunca vienen dadas de inicio. En cambio, habitualmente se suele pensar que sabemos la solución antes de empezar. La clave es saber ir más allá del juego de ‘suma cero’ y que los procesos estén marcados por la empatía y la creatividad.

Es decir, si concebimos los procesos de negociación política como un ejercicio de análisis y de innovación, podríamos crear valor, ampliar el horizonte de posibilidades y construir acuerdos que recogieran y dieran respuesta a los intereses comunes. De esta forma, en lugar de pelearnos sólo por el corte más grande, podríamos utilizar la negociación para agrandar el pastel. En definitiva, mejores negociaciones nos permitirían mejores resultados.

La política es la herramienta de la que disponemos para encarar los conflictos y trazar los caminos que emprenderemos en la construcción de nuestro futuro colectivo. Por ello, es importante entender que las decisiones en democracia no derivan de dictámenes técnicos objetivos que cierran los debates y conflictos de manera definitiva, sino de la posibilidad de encontrar espacios de acuerdo entre los intereses en juego. Es por ello, que en un escenario complejo y políticamente cada vez más fragmentado, la capacidad de negociación política se convierte en una virtud imprescindible para los nuevos liderazgos. Estamos en un contexto en el que es urgente la necesidad de afrontar el reto de renovar y modernizar las formas de liderazgo y de gobernanza para adaptarlas a los nuevos tiempos.

Una sociedad más compleja pide nuevas formas de liderazgo, más capaces de tejer complicidades y alianzas, que incluyan voces diversas y que hagan las decisiones que tomamos más robustas, menos frágiles y con más impacto. La nueva política deberá saber aportar nuevas formas de examinar e integrar la nueva complejidad que nos permitan repensar e innovar en las respuestas. En definitiva, la nueva política lo será y valdrá la pena en la medida que nos prepare mejor para gestionar la complejidad.

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Marc Grau es profesor de la UAB.
Elisenda Alamany es regidora de Barcelona y consejera metropolitana.

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