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Goldman Sachs toca la campana

Ilustración de Alejandra Svriz

Artículo original publicado en theobjective.com por Diego Medrano

El tiburón financiero, Goldman Sachs, toca la campana: 300 millones de empleos desaparecerán gracias a la inteligencia artificial. El Fondo Monetario Internacional, más taimado y pusilánime, toca la campana: la inteligencia artificial destruirá el 60% del empleo vigente; los trabajadores más cualificados se verán heridos de muerte por la invasión tecnológica. La automatización borra al humano; se acabaron los paños calientes, se acabó la vaselina, se acabó el agua caliente, el amparo y el buenrollismo. Quienes se suban a la ola, igual sobreviven, pero quienes no lo hagan acabarán arrollados en la alcantarilla más próxima. Todas las compañías vivirán un vuelco, en la frase temprana en la que nos encontramos, así los países de menos ingresos sufrirán una quita del 20% y en los  mayores del 40, el resto al 60, eso es.

Goldman Sachs toca la campana, y cuando un banco hace de profeta siempre acierta, así los Estados van todos detrás con su campanilla de llamar a la criada, contando lo mismo pero más bajito, un poco ‘disminuido’, ahora que no existe el palabro a nivel legal por el baile nupcial PP/PSOE. Hasta Rodrigo Rato quiere tocar la campana, aquella que movía en Bankia con su sonrisa de conejo, ahora muy ocupado porque le quiten 80.000 folios del sumario para volver a la trena, y nervioso porque tiene que rellenar la escudilla a los pobres de la calle Hortaleza y el Padre Ángel, redimido y delgado, hiriente y santo solo en el espejo de sí mismo, pronto entre barrotes de nuevo, presuntamente. La inteligencia artificial no corta por arriba, en el trabajo supercualificado que ahorra horas, sino por abajo, como ocultaron tantos, devorando masa obrera y horas. «La mitad de los trabajadores pueden verse afectados negativamente», dicen los cursis. 

Son campanadas a muerte desde altares muy poderosos, campanadas a entierros, campanadas a despedidas, campanadas atronadoras. La herramienta gloriosa que venía a aumentar la productividad resulta que la suple. Hay quien habla ya de convertir a los sindicatos en «luditas»: aquellos terroristas que destrozaban las máquinas a comienzo de la Revolución Industrial y del Siglo XX. La IA destroza por abajo, los salarios más bajos, y ya todo el mundo, tras las campanadas de Goldman Sachs, elige no contar mentiras que pretendían emulsionar como pomada o bálsamo social: tranquilos, parias, tranquilos, que no va por vosotros. Es graciosa la ecuación planteada: los trabajadores de mayores ingresos, en países como la India se verán afectados, pero en Estados Unidos no.

La IA corta por abajo porque es por arriba quienes la pagan, contratan e instalan. La soñada revolución tecnológica volverá accesorio a todo el personal, incluso delicuescente, incluso efímero y transitorio. La desigualdad abraza y besa en los morros a su gran aliada: IA. Los robots no tardarán en poner a los humanos bajo sus órdenes, por panolis, y de ellos será el mundo, hasta que se lleguen a suicidar por un mal cortocircuito. La UE quiere una regulación pero el campo no tiene puertas: lo único libre es el miedo; el miedo guarda la viña, decían los viejos campesinos y pastores, a solas con su perro y queso desde El Quijote. No pasa nada, no pasa nada, vuelve el FMI vestido de cura, vuelve la UE a su lado como enfermera: pagamos bien a los despedidos para que no tengan problemas y progresamos en ese duelo capitalista con otros. 

La primera red es regulativa y la segunda pretende ser social, para mitigar el golpe. Todos haremos cabañitas de paja en la costa para cuando llegue el tsunami. La IA tiene tres bocas y tres brazos: es una revolución tecnológica que produce salto en la productividad, aumento colosal de ingresos y crecimiento mundial. Si no tienes trabajadores a los que pagar nada nos extraña de todo lo anterior. El FMI sigue con sus libros que distribuye por email a ojos ciegos: Inteligencia artificial y el futuro laboral. Nadie lee nada. Preferimos las campanadas de los bancos, las campanadas de los cementerios hambrientos, las campanadas de los hospitales abarrotados, las campanadas de las cárceles que echan tanto de menos a Rodrigo Rato y su ajedrez y pizarrón para presos, a partir de las seis de la tarde. Tras el interés vino la excitación, y ahora toca la alarma. Ahora el FMI, acojonado, quiere echar el freno: cada Estado que levante su muro, nosotros mandaremos desde aquí el cemento necesario, pero los ladrillos que los pongan y coloquen ellos. 

El FMI habla entre susurros: «En diez años, máximo, muchos negocios dejarán de ser viables». En Davos levantan la cabeza casi 5.000 altos ejecutivos y piden ginebra. El consumo y las relaciones con los clientes cambiarán en todo el mundo. El 60% de los de Davos dice que nadie controlará la ciberseguridad, y el otro 40% le contesta que la manipulación informativa hará del bicho el peor instrumento geopolítico. Mucha geopolítica necesita Rodrigo Rato, sí, para servir garbanzos negros a los gitanos rumanos (muchos rubios). La mitad de las empresas españolas ya utilizan IA, según otro libro por email de Randstad Research y presentado por la CEOE. La IA española está dedicada al análisis y predicción de datos (46%), optimización de tareas administrativas (38%) y automatización de procesos productivos (36%), solo unos pocos echaron a gente (2%). Nunca preguntes por quién doblan las campanas –escribió Hemingway en su novela guerracivilista-: doblan por ti. Gracias, Goldman.