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Ineficiencia COP-optada (y van 26) : Diagnóstico

Artículo publicado originalmente en ustednoselocree.com

La palabra eficiencia siempre suena bien. A los oídos del público lleva a la creencia de que permite obtener algo – supuestamente deseable – con menor esfuerzo que hasta ahora. Esfuerzo que hoy, en la sociedad econócrata de estrechas orejeras que nos ha tocado vivir en nuestra calidad de adolescentes malcriados, se supone medido en pasta. Es un recurso habitual en comunicación política, porque predispone favorablemente sin que el emisor se sienta en la necesidad de entrar en más detalles, por ejemplo, a qué parámetro se refiere. Lo mismo vale para “eliminar las ineficiencias”, que tiene además una connotación de acción.

Esos detalles no son menores. Por ejemplo para explicar que en un mercado libre la eficiencia energética provoca el aumento del consumo de energía (la llamada paradoja de Jevons ya establecida en el siglo XIX en relación al carbón, cosa que los voceros ocultan interesadamente), o que a menudo la consecución técnica de esta eficiencia requiere de unos procesos previos de diseño y fabricación, y de desecho a lo largo de toda su vida útil, que pueden suponer un consumo total de energía mayor antes (aumentando así consumos y PIB), mientras el usuario cree percibir una reducción. Por este motivo los vehículos eléctricos y la energía fotovoltaica están subvencionadas, pues de otro modo serían en general inasequibles o no rentables en relación a lo anterior. O el mismo hecho de llevar la fuente de energía más allá del horizonte, incluso extramuros, y hacer como que no existe. Mucha gente cree que cuando carga la batería del coche la energía es “limpia”.

O asegurar que un coche es “verde” por ser de tracción eléctrica cuando, en realidad, está quemando toneladas de carbón en un valle recóndito en lugar de llenar el depósito de gasolina para también quemarla. Pero solo la fabricación de sus baterías de “alta tecnología” o la de los sofisticados motores y automatismos necesarios para obtener las prestaciones demandadas por el público, consume una cantidad inmensa de energía, por ahora casi toda ella fósil o nuclear. De hecho, según Volvo, no se ahorran emisiones con respecto a uno de gasolina ¡hasta que no se han recorrido 200.000 km! Distancia por lo demás difícilmente recorrida por esos vehículos de baja autonomía que se emplean básicamente para desplazamientos cortos o medios. ¡Pero es que la vida de las baterías difícilmente soporta esa distancia! Eso sí, exhibir coche eléctrico es, hoy, muy guai y cool.

Energía que, por cierto, también está subvencionada para los productores, tan incardinados ellos en el sistema político y mediático. Por lo menos ahora nos vamos dando cuenta de eso de una manera más fehaciente, y van cayendo algunas máscaras. Aunque, de hecho, las mayores subvenciones lo son a la población de los países productores, que tienen la energía a un precio casi regalado y les permite así un cierto confort en países sometidos a la denominada maldición fósil.

La COP26 pretendía eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles, pero ha quedado reducido solo a las “eficientes”. La mano PR siempre está detrás de este mundo de “The Culture of Make Believe”, según afortunada expresión de Derrick Jensen 1990. Según se lea, lo ineficiente podrían ser los combustibles o las subvenciones. Si son los combustibles, es evidente que el más eficiente, desde el punto de vista de su densidad energética y portabilidad, es el petróleo convertido a diésel o a gasolina y keroseno. Por tanto este acuerdo estaría autorizando o incluso estimulando a invertir el dinero público que haga falta para extraer a pérdidas la última gota extraíble.

Luego ahora, precisamente cuando la producción comienza a escasear decididamente sin que la mayoría del personal se dé todavía cuenta de su significación en la creación de estenosis infartantes en las arterias del comercio mundial globalizado (y crea que el problema va a estar en las gasolineras o en los contenedores), lo que habría que hacer, según estos coperos, sería subvencionarlos mucho y seguir extrayendo al máximo ritmo posible, hasta el límite de la técnica.

Si el problema de la ineficiencia son las subvenciones, lo lógico desde la ortodoxia económica que aseguran libre de valores éticos es hacer malvivir también a los ciudadanos de los países productores, pobres desdichados a quienes se les ha comprado la fidelidad al califa de turno y no se les ha dado la oportunidad de generar riqueza por otras vías, posibilidad a la que, en cualquier circunstancia, ya han llegado tarde: la disminución de la energía neta a disposición para cualquier actividad  que no sea producir energía hace que ya no queden apenas inversiones rentables fuera de un sistema financiero permanentemente inyectado con anfetas – salvo carambola app al alcance de muy pocos.

Por lo demás no se preocupe usted. No sé si van a disminuir las emisiones a corto plazo, pero a medio ya le aseguro yo que sí: de cumplirse la previsión de la Agencia Internacional de Energía, en 2025 la reducción en la producción de petróleo por imposibilidad física de bombear al ritmo anterior será un 30-50% menor que la que era en 2018. El pico del carbón también se ha superado ya, aunque su pendiente de caída se estime menos abrupta. Todo ello salvo que nos dediquemos ahora a quemar toda la leña de los bosques que quedan, o que las emisiones de la propia biosfera ya desestabilizada sean peores de lo esperado o los sumideros se saturen más deprisa de lo previsto. Ya sabe usted que eso es, de hecho, lo más probable.

Todo esto no es nuevo para quienes llevamos décadas siguiendo estos asuntos. Pero sigue siendo funcional – aunque ya por poco tiempo – a vividores del sistema tipo expertos opinólogos, mentirosos profesionales entrenados en labia convincente como el ultraliberal Daniel Lacalle o el ultramarxista Daniel Bernabé (magnífico retrato de Bordera y Turiel en este artículo). Eso en lo personal, junto a grandes conglomerados de comunicación en lo corporativo cuya misión es mantener el estatus quo a toda costa, a costa de lo que sea – simulando siempre pluralidad – cosa que hacen con gran maestría. No cabe esperar tampoco nada de esta gentuza mediática criminal. Me permito hoy así insultarles en la medida de que, ahora sí, conocen perfectamente, o tienen la obligación de conocer, la dimensión existencial del problema que están creando y que contribuyen a empeorar a cambio de comodidades personales o familiares a corto plazo. Ya no tienen excusa, y hay que comenzar a decir ya las cosas por su verdadero nombre.

Y tampoco podíamos esperar nada de la COP, por mucho activista que hubiera fuera del recinto pidiendo soluciones a no se sabe muy bien qué problema. El climático es solo un síntoma de un problema civilizatorio de mucho mayor calado y profundidad que muy pocos atisban – y que no se resuelve con molinazos marinos ni placas fotovoltaicas con limpieza automática. Ni tampoco con materialismo dialéctico.

La hora de las medidas incrementales, las únicas aceptables por el sistema, hace ya mucho tiempo que quedó atrás, y hoy no son otra cosa que una distracción anestesiante para las conciencias y negocionista para ciertas élites. Para la asunción cabal del problema es preciso un cambio cultural muy profundo, de esos cuya generalización requeriría de generaciones que no tenemos. O de esos que, ahora, solo un verdadero colapso – ríase de las epidemias – ejerza de momento iniciático planetario y posibilite una apertura mental, una liminalidad capaz de rehacer marcos cognitivos y cosmovisiones aprendidas. Sí, me refiero a una suerte de apocalipsis, cuyo significado literal es revelación.

No deja de sorprenderme la confianza que abrigan los propios delegados oficiales e incluso los venerables activistas climáticos en este proceso político de las UNFCCC. No entiendo cómo pueden creer que el sistema mundo con las reglas que lo rigen, estimuladas y establecidas por las grandes corporaciones mediante procesos de lobby político y psicológico de una intensidad imposible de igualar, es capaz de lidiar con el problema climático. Los Tratados de Libre Comercio, las indemnizaciones que se han hecho legislar para el caso de que se les exija el cierre de la actividad, son constricciones tan monstruosas que dejarían en papel mojado incluso un acuerdo que nos gustara.

Además, tras dos semanas de trabajo agotador y mucha presión reciente, muchos delegados de buena fe acaban celebrando, maletas en mano, la consecución de un acuerdo por encima de su contenido concreto, lo que explica los trágala de última hora ejercidos con estrategias de juego sucio como la practicada por India y China. Y encima califican el resultado de esperanzador, cuando sería más adecuado el calificativo de el día de la marmota. Santa inocencia, con más motivo cuando vemos que, por lo menos hasta ahora, se han estado tomando decisiones con datos falsos de emisiones suministrados por muchos países, lo que supone un 30% inferior a la realidad. Nótese que, tras 26 años de marear la perdiz, la concentración de gases de efecto invernadero sigue aumentando de forma indeleble. Sin contar con el oxímoron de querer reducir las emisiones manteniendo el crecimiento económico, religión mundial que impide el abordaje racional de la cuestión junto a la alergia por molestar a las grandes fortunas: el 1% más rico de la población emite lo mismo que el 50% más pobre.

A diferencia del IPCC, que se ha ido sacando de encima los infiltrados, las COP han sido progresivamente cooptadas por la gran industria, llegando a la conferencia de Varsovia patrocinada ya descaradamente por la potente industria polaca local del carbón y la de Madrid por la eléctrica Endesa. Pero el clímax se ha alcanzado en Glasgow, donde la mayor delegación en número era la de los lobistas fósiles (ocultados tras las delegaciones nacionales), cuyo gobierno anfitrión se hace asesorar por ExxonMobil y donde el presidente es un activista del fracking y otros delitos climáticos. Las COP se han convertido en un magnífico escaparate para el festival de greenwashing y Glasgow en una vergüenza histórica.

Espero que sea la última vez que los activistas ponen alguna esperanza en el proceso político estándar, aunque sus acciones siguen siendo importantes como mínimo para mantener la presión. Pero confío que esta ocasión (que era “la definitiva”) haya abierto los ojos de quienes todavía se dejan influir por los cantos de sirena del sistema y la utilidad de las acciones incrementales, falacias amplificadas por los medios de comunicación mainstream. Por lo menos que sirva para eso.

Pero no podemos darnos por vencidos. No todo termina ahí. Pero entonces, ¿qué hacer? ¿Podemos seguir confiando en los estados, en el Estado? Difícilmente.

Este artículo es la 1ª parte de 3 artículos sobre el tema del mismo autor.

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