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«Las empresas (no) crean empleo», la imprescindible deconstrucción de un mito neoliberal

Ignacio Muro. Artículo original publicado en publico.es

Uno de los retos del gobierno para esta legislatura es afrontar la participación de los trabajadores en el gobierno de las empresas como condición para desarrollar un ecosistema productivo más innovador y democrático.

Defender una democratización de las empresas significa enfrentarse a resistencias de todo tipo, incluido un conjunto de barreras ideológicas excelentemente trabajadas, compuestas por argumentos y mensajes que han conseguido calar profundamente en las mentes de los ciudadanos de todo el mundo, hasta formar una nueva capa del sentido común de la sociedad actual. No hay que olvidar que es un paso que afecta al corazón del sistema productivo representado hoy por el poder unilateral de los primeros ejecutivos en las grandes empresas.

Esas barreras han sabido concentrar el cuerpo ideológico neoliberal a través de ideas muy sencillas que es necesario deconstruir como si fuera un mecano. Y darles la vuelta. Si la economía fue el terreno elegido para que cuajaran, el objeto era, como se encargó de aclarar Margaret Thatcher, «cambiar el corazón y el alma» de las gentes. Ahí se juega (también) la batalla del progreso

La empresa como tótem de la civilización actual

La afirmación «las empresas crean empleo», es una de esas máximas perfectamente diseñadas para un fin principal: colocar la idea de empresa no solo en el centro del pensamiento económico sino como el verdadero tótem de la civilización actual. Su misión es sustituir el consenso progresista sobre la empresa participativa, típica del Estado de Bienestar y al capitalismo integrador del siglo pasado, por otro donde el poder corporativo aparece como un espacio blindado, en el que el monopolio del poder del primer ejecutivo constituye el paradigma de organización eficiente, alejándola de toda veleidad de democratización.

Los mensajes fuertes calan mejor con ideas limpias y escuetas. La afirmación «las empresas crean empleo» es una oración con una sintaxis absolutamente simple, organizada con un sujeto, un verbo y un predicado. Y, sin embargo, se convierte en el corazón de toda una construcción ideológica muy sofisticada con múltiples derivadas.

Es claro y directo porque conecta un solo sujeto, «las empresas», con un solo predicado, el «empleo», sinónimo de bienestar de la gente común y, también, el bien supremo deseado en la economía. Esa relación unívoca entre el sujeto «empresa» y el predicado «empleo» parece indicarnos que, ningún otro actor, -el Estado, por ejemplo- o ningún otro factor o circunstancia -la demanda, por ejemplo- se consideran necesarios para completar el desarrollo del empleo.

Pero lo que hace potente el mensaje es la elección del verbo «crear» utilizado en la sentencia. Porque crear, que nunca veremos sustituido por otro verbo equivalente, como podría ser organizar, facilitar, desplegar, desarrollar… es «hacer realidad una cosa material a partir de la nada», una tarea asignada solo a los dioses. O a los pintores, escultores y artistas. De modo que ya tenemos a un sujeto único, la empresa, dotado para ejercer una función divina: la creación de empleo.

Pero, atentos, porque las derivadas del mito son diversas y amplían su efecto ideológico en sucesivas oleadas, hasta redondear la «educación» de las conciencias ciudadanas adecuándolas a un determinado formato de relaciones de producción y poder.

Las múltiples derivadas sutiles de un mensaje

La primera derivada es muy clara. Cuando se dice que las empresas crean empleo, se sobreentiende que son las empresas privadas las que crean empleo. Hay cosas que no hace falta explicitarlas, ya se saben. La empresa privada, la que pertenece a un empresario que corre riesgos, es «la empresa». Existen instituciones y empresas públicas y bancos públicos, pero es como si no «crearan» empleo. O como si no existieran.

Por eso, en cualquier EPA o estadística de ocupados, el empleo creado por actores públicos queda señalado como sospechoso o, directamente, como inconsistente o falso por la mayoría de los medios de comunicación conservadores. Recordemos que estamos en un mundo en el que actividades centrales, como la enseñanza o la sanidad, son ofrecidas indistintamente por entidades públicas o privadas, de modo, que, siguiendo el sentido común neoliberal que hemos asumido como neutral en nuestra mente, si el médico o el profesor es contratado por un ente público es un empleo sospechoso y si lo hace un ente privado es sinónimo de una creación divina.

Hay más derivadas. Se mantiene el verbo «crear» pero se sustituye el sujeto empresa por el de empresario y el predicado empleo por riqueza, para acabar concluyendo que «los empresarios son los que crean riqueza». Ni las empresas son sus dueños, ni la riqueza, que es sinónimo de valor añadido, equivale a empleo. Pero da lo mismo. De lo que se trata es de ir ampliando el campo de influencia del mensaje a base de simplismos reductores. En este paso son los trabajadores los que quedan excluidos de «la creación de riqueza» una cualidad que pasa a ser exclusiva de los empresarios, es decir, de los dueños de las empresas.

Hay otra tercera derivada implícita. Y es la sustitución de las empresas en su conjunto por las grandes empresas, consideradas el motor de la economía. El salto permite sustituir, de facto, el papel de los empresarios que arriesgan su dinero por los primeros ejecutivos, a los que se les transfiere su carácter de divinidad como sujetos del fenómeno creador, un fenómeno del que, ahora ya explícitamente, se excluye a los trabajadores. Y ahí es donde cabe la afirmación de Juan Roig, presidente de Mercadona cuando afirma que «los empresarios somos junto a los directivos los que generamos riqueza y bienestar», una afirmación que, desgraciadamente, sería aceptada hoy por mucha gente.

Obviamente, son afirmaciones con consecuencias. La primera es que si la creación de riqueza es algo exclusivo de la alta dirección su sueldo e incentivos pasan a ser intocables. La segunda, es que, en esa empresa verticalizada, obsesionada por la vigilancia y el control sobre la plantilla, el factor trabajo pasa a ser algo devaluado, una commodity más, algo indispensable pero indiferenciado, que no aporta valor especial.

El empleo en la realidad-real

Confrontar esas sentencias simples con la compleja realidad-real es desmontar su carácter de falso mito, o de bandera corsaria, que camufla una realidad para sacar provecho de ella.

La conexión de las grandes corporaciones con el desarrollo del empleo es, además hoy, altamente discutible. Mientras a las PYME se las sigue identificando, con razón, con el desarrollo del empleo, el primer papel del CEO en las grandes compañías es aumentar su valor en bolsa, algo siempre compatible con la externalización de empleo a pequeñas empresas y convertirlas en proveedores subsidiarios de servicios baratos, con trabajo precarizado.

Aún más, la realidad del último desarrollo capitalista dibuja a un sistema económico caracterizado por la acumulación por desposesión, en la que las grandes corporaciones han inaugurado un sistema que aprovecha su posición de privilegio institucional para extraer plusvalías no solo de sus trabajadores sino de cualquier ciudadano cliente, institución o PYME con la que se relacionen a los que someten a mecanismos de apropiación de utilidades y/o de socialización del riesgo.

Por todo ello, «crear empleo» no está, desgraciadamente, al alcance de los empresarios, no es el momento de hacer jaculatorias ni procesiones ante la CEOE. El empleo es la consecuencia del nivel de actividad de una economía, resultado de procesos complejos y globales en los que las instituciones y las políticas públicas son un factor clave como reguladores de la oferta, impulsores de la demanda y prescriptores determinantes de las lineas que dibujan el largo plazo de la economía. Y la creación de riqueza, es un proceso en el que los trabajadores y la inteligencia colectiva son el componente esencial de los activos intangibles que determinan la especialización productiva de las empresas.

El neoliberalismo surgió pegado a la «economía de la oferta» en oposición al keynesianismo que se había caracterizado por volcar sus esfuerzos en asegurar una demanda agregada estable. Sacralizar a las empresas es la madre de las batallas ideológicas de la religión neoliberal que inauguraba una cadena de simplificaciones que sirvieron para construir y alimentar la jerarquía adecuada de los espacios de poder y, de paso, marcar a fuego la importancia de la disciplina social a través de ajustes en el gasto público.

Democratizar la economía, facilitar la participación de los trabajadores en el gobierno empresarial requiere desmontar la batería de mitos que hemos asumido como parte de una nueva capa del sentido común de época. Cada vez que escuchemos «creación de empleo» pongámonos en guardia. Y, seguidamente, empecemos sin demora a rehacer el camino.