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Las migraciones que vienen

Enrique Seijas Saavedra – ATTAC Acordem

migracionesPara cualquier persona medianamente informada, resulta evidente que los países desarrollados no han sabido encontrar una solución aceptable a los problemas que plantean las migraciones forzadas por las contradicciones del capitalismo global y del modelo de desarrollo que ha impuesto.

Hasta ahora, los factores que más han influido en las migraciones masivas, han sido las guerras neocoloniales promovidas por los grandes conglomerados industriales y  financieros y por los intereses geoestratégicos de las grandes potencias, y  la desigual distribución de la riqueza, que está impidiendo atender a las necesidades básicas de un tercio de la población mundial. Si repasamos los conflictos bélicos del siglo XXI, comprobamos que se trata de un fenómeno global. En África nos encontramos con conflictos en Argelia, Libia, Chad, Etiopia, Nigeria, Republica Centro Africana, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán, Uganda y Yemen.  En Asia, Siria, Pakistán, Afganistán, Filipinas, Cachemira, Nyammar, Israel y Palestina. En América Latina, Colombia. En Europa, Chechenia, Daguestan, Ingushetia y Ucrania.

Pero las políticas neocoloniales, no solo han generado conflictos armados, sino que también han contribuido a desestructurar las sociedades en las que han intervenido, dando lugar a conflictos civiles y a estados fallidos como Afganistán, Yemen, Libia o Somalia que, al generar violencia e inseguridad en su interior, han forzado la salida de sus territorios de amplias capas de población. Las hambrunas más dramáticas de la historia reciente, han sido las padecidas por Etiopia en 1970, que dejó más de trescientos mil muertos y la de 1980 que dejó más de un millón de muertos, pero aparte de casos tan extremos como estos, la desigual distribución de la riqueza, está detrás de las emigraciones constantes de las poblaciones de África hacia Europa y de las poblaciones de Centro América hacia EEUU y Canadá, migraciones que han desplazado a millones de personas en las últimas décadas.

Todos los países desarrollados del mundo, cuando no han necesitado nueva mano de obra, han implementado políticas antiinmigración, en un intento que el futuro revelará inútil, ya que en ningún caso se ha intentado detener el desarrollo de los factores causantes arriba citados.  Australia y Nueva Zelanda no aceptan la entrada en sus territorios de las poblaciones afectadas por el cambio climático en las islas del Pacífico Sur, EEUU sigue empeñado en ponerle puertas al campo vallando la frontera con México, la Unión Europea utiliza a Turquía como campo de concentración fronterizo para contener la oleada migratoria procedente de Siria y otros países de la zona.

Desde ningún espacio político se está analizando seriamente el fenómeno migratorio y cuál será su desarrollo en el futuro. A este respecto, me parece necesario plantearse la posibilidad de un futuro distópico, en el que gran parte de la población mundial se vea condenada a un nuevo nomadismo.

Dos factores me parecen especialmente importantes: El cambio tecnológico y el cambio climático.

El cambio tecnológico se está produciendo aceleradamente en las empresas dedicadas a la producción de bienes, mediante la automatización, la robotización y la informatización de los procesos fabriles, lo que repercute directamente sobre el número de trabajadores necesarios en la industria. Pero la reducción del trabajo necesario, también se produce en los servicios, como podemos comprobar por la automatización de los call center, de los que han desaparecidos los interlocutores humanos sustituidos por máquinas parlantes, maquinas de vending o dispensadores de billetes de transporte, por ejemplo, a lo que seguirá sin tardar demasiado, la desaparición de las cajeras de supermercados o los empleados de banca entre otros empleos similares.

El cambio tecnológico en el sector industrial, reducirá la ventaja competitiva de aquellos países que basan su desarrollo en el bajo coste de la mano de obra, lo que unido a los precios del transporte y las políticas que, en el futuro, se puedan implementar para reducir la contaminación, va a favorecer la repatriación de la industria hacia los países de origen, en los que se realiza la mayor parte del consumo. Si este cambio se produce, el paro en los países afectados será masivo y, dado su nivel de desarrollo, no podrán implementar políticas para paliar sus efectos, por lo que es lógico suponer que una parte importante de su población se verá obligada a emigrar.

El cambio climático, si las previsiones actuales se cumplen, afectará a grandes zonas del mundo, actuando también como un factor impulsor de los movimientos migratorios.  Actualmente, diez archipiélagos están en riesgo de sumergirse bajo las aguas: Kiribati, Islas Maldivas, Vana tú, Islas Salomón, Samoa, Nauru, Islas Fiyi y las Islas Marshall, con una superficie total de más de 4,8 millones de kilómetros cuadrados y una población total 2,5 millones de habitantes.  Pero, además, el aumento del nivel del mar, ya esta salinizando los deltas de los grandes ríos de Asia, donde viven millones de personas, (Shanghái es un ejemplo, con 23 millones de personas) y amenazando la supervivencia de ciudades como Venecia, en Italia, Barisal (Bangladesh), en el delta del río Ganges o Miami, en EEUU, además de suponer un grave riesgo para otras, como Buenos Aires, Rio, Montevideo, Nueva York, San Francisco, Los Ángeles, Tokio, Hong Kong o Manila.  El cambio climático, tendrá consecuencias también en grandes zonas de África y Suramérica, donde las olas de calor y las inundaciones catastróficas ya están afectado a la disponibilidad de agua dulce, reduciendo las cosechas y aumentando las superficies desforestadas.

Como consecuencia de todo ello, no es aventurado suponer que las actuales migraciones más o menos coyunturales, se transformaran en un fenómeno permanente, que afectará a la soberanía y a la estructura de los Estados actuales y a las relaciones interculturales, con consecuencias que no son difíciles de prever.  El futuro no está escrito, nada es inevitable, pero en este momento no se aprecian señales de que desde la política y, mucho menos, desde la economía, se estén tomando medidas para corregir el rumbo.

Tendrá que ser desde fuera de las instituciones actuales, desde donde se empiece a elaborar una alternativa que contemple el mundo como un todo y desde donde se ofrezcan formas alternativas de construir lo común, que tengan en cuenta las relaciones de clase y los límites que necesariamente habrá que imponer a la propiedad privada.

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