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Mujeres trabajadoras 24/7: una renta básica para volver a existir

Beatriz Durán. Publicado en El Salto el 2-9-23

La idea de implantar la renta básica, ha dividido a la población en un sector a favor y otro en contra. Sin embargo, el apoyo a esta medida ha crecido con los años por una mayoría social afectada por las continuas crisis y la precariedad laboral. El debate sobre la renta básica surge a partir del colapso socioeconómico que se solapa con la inseguridad económica y la falta de garantías sociales para las personas más vulnerables. En esta cadena de fatalidades, las mujeres son las que reciben el peor trato posible de la administración mediante la desprotección total ante la precariedad y la desigualdad.

Hay diferentes razones para explicar por qué las mujeres trabajan, a pesar de las constantes dificultades que se les presentan. Algunas están enfocadas en las necesidades familiares —un hogar en la actualidad no vive con un solo sueldo—, la voluntad personal o la presión social en relación a la construcción de la propia independencia. Al final, lo que podemos observar en nuestros entornos más cercanos, es la realidad de las trabajadoras: el trabajo diario para obtener una independencia económica. Trabajar proporciona una falsa seguridad con respecto a los retos de la modernidad: aquellas promesas de independencia económica que son derribadas por la precariedad existente. Con sueldos miserables y contratos basura, es muy difícil llegar a conseguir un sustento económico que facilite la independencia.

No queda muy claro, si el trabajo favorece o no la vida de las mujeres. Pero desde el feminismo sí que hay una idea que rompe con esta distorsión: el trabajo laboral no brinda estabilidad, y el trabajo de cuidados —no considerado como trabajo— no proporciona seguridad de futuro. Condicionadas por situaciones de dependencia, las mujeres se implican en actividades que no están determinadas por el deseo, o la libertad de decisión, sino por la obligación patriarcal.

Las mujeres aspiran a tener seguridad, autonomía, independencia o condiciones de bienestar que están muy lejos de lo que es el trabajo para la vida. Por tanto, si el trabajo no es capaz de darle sentido a la vida, procurar la salud física y mental o el desarrollo de las mujeres, ¿qué es lo que puede dar una solución a los problemas de manera contundente?

Carece de sentido seguir hablando del mercado laboral actual como un ámbito donde la mujer puede aspirar a la máxima emancipación. Se ha vendido durante años que la precariedad y el abuso laboral son la antesala para construir una identidad laboral propia.

No obstante, hay una proporción de mujeres, que no se reconocen en el mercado laboral, ni tampoco en los trabajos del hogar, pero hay una cortina de humo que confiere atractivo a ambos ámbitos: se vende como una condición fundamental para existir. Sin embargo, el trabajo para las mujeres está mal remunerado o no es reconocido socialmente; y por lo general, es un laberinto sin posibilidad de elección entre trabajar o no trabajar.

La imposibilidad de tener tiempo entre las responsabilidades de la cotidianidad reduce las opciones de una vida más allá del trabajo. Lo cierto es que, sin tiempo para el ocio, para los autocuidados, o la participación sociopolítica, las mujeres prefieren quedarse cómo están antes que luchar. De esta forma, la falta de tiempo para los autocuidados y la vida misma, atropella cualquier posibilidad de reacción contra la cadena de trabajos impuestos. Así empieza a dañarse la dignidad de las mujeres y la propia salud física y mental producto de la sobrecarga de tareas.

Empezar a reconocer la vida

El problema de la precariedad, del tiempo y de la sobrecarga de trabajos ya no es un “dilema” profesional: se trata de un problema personal y político. Las situaciones que han permitido la esclavitud de los cuidados ya no producen indiferencia. El confinamiento de las mujeres en un espacio cerrado de exigencias externas representa una realidad a la que hay que poner fin. No obstante, desde el feminismo, no se establece la desaparición de los cuidados como un objetivo, concretamente se evoca la cuestión de la corresponsabilidad y el desarrollo de políticas conciliadoras.

Algunos debates relacionados con la economía, han ido en declive en el feminismo —sueldo para el trabajo doméstico entre otros debido a su androcentrismo (Fraser, 1997)—dando paso a planteamientos referidos a la Renta Básica Incondicional (RBI). Integrar las luchas femeninas con la cuestión de clase ha creado agendas y organizaciones que reivindican la RBI como una posible solución a los problemas de las mujeres. Los debates sobre la Renta Básica Incondicional tienen, por lo general, un profundo estudio sobre la economía y las posibilidades de instaurar este sistema redistributivo de la riqueza. Sin embargo, a modo general, detrás de las deliberaciones a favor o en contra, se esconde un profundo desconocimiento sobre qué es realmente la renta básica, de qué forma se podría estructurar y qué significa para la vida de las personas, en especial de las mujeres. Las preguntas que surgen a raíz de la renta básica ponen en marcha vías informativas desde los colectivos feministas, para evitar la confusión sobre los costes, qué implicaría para las personas y todos aquellos efectos y consecuencias posibles a nivel económico, político, o psicológico en la cotidianidad de las mujeres.

Para entender la cuestión de la renta básica hay que hablar de las confusiones que se producen con los programas de rentas mínimas (ayudas facilitadas por las administraciones por falta de ingresos como el paro, discapacidad, Ingreso mínimo vital). Los programas de rentas mínimas según J.Bollain (2021) —o también llamado garantía de ingresos— son prestaciones con el fin de que “toda persona cuente con lo mínimo para poder vivir dignamente”. El dilema que surge a partir de estos programas de rentas mínimas se ve reflejado en los laberintos administrativos donde la persona debe demostrar si es merecedora de estas ayudas o no. Además de las trabas administrativas, las rentas mínimas se establecen como ayudas temporales que no llegan a cubrir las necesidades de la población más vulnerable. En el caso de la doble jornada —doble presencia—, la situación de desigualdad, no se podría llegar a paliar con medidas pasivas y transitorias como las rentas mínimas ya que en muchos casos, el atolladero de cargas de trabajo de las mujeres es vitalicio. Si estos programas no garantizan que las mujeres puedan trabajar menos con unas prestaciones aceptables para el mantenimiento de sus vidas, nunca podrían llegar a tener una cotidianidad que permita su propio desarrollo con dignidad y tiempo para estar activas en la sociedad.

A la gran pregunta con respecto a la RBI: ¿cómo se financia?, desde la Red Renta Básica lo dejan bastante claro: cobrar impuestos a las grandes rentas, tasar y capturar de manera adecuada la acumulación de patrimonio y la rentas reales (Torrents, 2022). Es decir, la RBI se paga con los impuestos y más impuestos a las rentas más altas y, además, a los que han acumulado un patrimonio indecente. Por tanto, la RBI agilizaría los procesos de redistribución de la riqueza al son de la justicia social. Sin embargo, desde el feminismo, la clave no es solo basar la revolución social de la RBI en una cuestión de “redistribución“, sino también en una lucha por el “reconocimiento” como diría Nancy Fraser (1997). La verdadera política, la que saca a relucir toda injusticia social, debe reconocer las cantidades ingentes de trabajo gratuito que han desarrollado las mujeres a lo largo de la historia. Una redistribución de la riqueza, más el reconocimiento del círculo infernal en el que han vivido muchas mujeres, podría tener una importancia decisiva en la toma de conciencia de la corresponsabilidad, y en una redistribución de los cuidados equitativa.

La RBI estaría vinculada a la lucha por el deseo colectivo de tener más dinero y más tiempo. Frente a un sistema que ha ocultado siempre los costes de los cuidados y el trabajo doméstico, como dice Alisa Del Re (1997):“ hay que presentar las facturas al estado”. Exigir una política enfocada en la RBI no es más que una devolución de todas aquellas tareas invisibles que no han sido consideradas trabajo y donde las mujeres han invertido grandes cantidades de tiempo de forma gratuita. La renta básica es una paga incondicional. Diseñada para que los ingresos no bajen, para ser más independientes del sistema salarial.

Ninguna sociedad puede ser próspera con una población empobrecida, sin las necesidades básicas cubiertas. La renta básica no es una provocación, ni una exaltación popular para “comerse al rico”, se trata de devolver a las personas, a las mujeres, todo aquel capital atesorado de manera injusta y mal distribuido por la perversión del capital. Es necesario que la RBI pase por la historia de las luchas de las mujeres por una vida digna. Se trata de una medida para desnaturalizar el trabajo doméstico y de cuidados, y sobre todo presentar aquellas facturas al sistema alrededor de aquel trabajo gratuito que a las mujeres nunca se les ha pagado.