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Por una verdadera soberanía monetaria

Artículo original publicado en publico.es por José Bernaola.

«El dinero es confianza inscrita. No parece importar mucho donde esté inscrito: en plata, en arcilla, en papel, en una pantalla de cristal líquido» [Niall Ferguson, sobre el dinero fiat actual].

Esta definición del historiador noruego caracteriza muy bien la naturaleza del actual «dinero fiat» sin valor intrínseco tras el abandono del patrón oro en 1971. En el actual sistema fiduciario el dinero fiat moderno es una relación social de crédito-deuda, basada sólo en la confianza de la comunidad. No tiene valor intrínseco ni está respaldado como antaño por su convertibilidad en una mercancía patrón. Es sólo convertible en sí mismo. Si vamos al Banco de España a cambiar un billete de 50€, lo único que nos puede dar a cambio es otros 50€ en billetes o monedas.

Podemos afirmar por tanto que actualmente «cualquier tipo de dinero es básica y solamente deuda» en forma de pagaré, que implica un derecho o activo para quien lo recibe y una obligación o pasivo para quien lo emite. Pero, siendo la deuda «dinero en diferido», no se puede decir que dicha afirmación se cumpla en sentido inverso: «cualquier tipo de deuda no puede considerarse dinero», porque la deuda conlleva una cierta posibilidad de impago, dependiendo de la fiabilidad y solvencia que ofrezca el emisor. En función de este grado de confianza, el documento que acredita dicha relación crédito-deuda será más o menos aceptado como medio de pago para liquidar otras obligaciones contractuales.

Siendo por tanto un simple pagaré de reconocimiento de deuda, cualquiera podría estar en principio habilitado para emitirlo. Un billete o moneda emitido por el Banco Central de un país, un cheque bancario, un vale descuento de un comercio para la próxima compra que haga el cliente… son en cierta medida formas distintas de dinero. Pero no todas ellas son igualmente aceptadas por otros como medio de pago. Como decía Hyman Minsky: «Cualquiera puede crear dinero; el problema es conseguir que sea aceptado».

Siendo el dinero fiat actual un pagaré, cuya solvencia y liquidez depende de quién sea el emisor, no admite una definición unívoca, sino que es un «continuo» entre el dinero en efectivo o de «curso legal» emitido por el Banco Central de un país que sea soberano y solvente y el «cuasi dinero» emitido por entidades financieras y no financieras. Lo importante no es su soporte físico, que puede ser moneda, papel o informático (digital). Lo importante es la fiabilidad de quien lo respalda, es decir de quien lo emite. No tiene la misma fiabilidad un cheque bancario emitido por un banco privado que un billete del Banco Central, aunque ambos los aceptemos sin distinción como forma de pago en la vida diaria.

En la actualidad se estima que sólo el 3% del dinero en circulación, por ejemplo en UK, es dinero físico (monedas o billetes). El restante 97% son apuntes contables informáticos de la banca privada. Pero, según una encuesta de Positive Money, el 85% de los parlamentarios de la Cámara de los Comunes no saben explicar de dónde viene el dinero. Nada hace pensar que una encuesta similar en el Parlamento español fuera a arrojar resultados diferentes. Y lo que puede resultar más increíble es la constatación de que este desconocimiento se extiende también a muchos economistas, a los que se ha hurtado esta información en las universidades donde se han graduado, seguidoras de la visión neoliberal que considera a los bancos meros intermediarios entre ahorradores y demandantes de crédito.

Además del dinero en efectivo, el Banco Central emite también dinero digital. Las reservas que los bancos tienen depositadas en el Banco Central no son billetes, son apuntes contables de ordenador. Pero a ese dinero digital de máxima garantía no tiene acceso actualmente la ciudadanía, ni tampoco circula en la economía. Es una prerrogativa que sólo tiene la banca privada, a la que los estados otorgan así una especie de franquicia que le supone poder crear «cuasi dinero» de la nada a cambio de un control regulatorio tan complejo como ineficaz. Mientras tanto, el ciudadano sólo tiene la posibilidad de colocar sus ahorros en una cuenta bancaria y confiar en que la entidad no quiebre.

Generalmente se piensa en un modelo de creación de dinero exógeno, según el cual el dinero lo crearía el BC desde fuera del sistema y los bancos serían meros intermediarios entre ahorradores y demandantes de crédito sin control real sobre la oferta monetaria, de forma que la secuencia causa-efecto sería:

CREACION DE DINERO del BC –> CREACIÓN DE CRÉDITO de los Bancos –> OFERTA MONETARIA

Pero, en realidad, el modelo del dinero es endógeno, porque mayoritariamente los bancos «crean dinero de la nada» dando créditos o adquiriendo activos en la proporción que consideran suficiente para tener liquidez y poder atender a sus requerimientos diarios de pagos. Ese dinero digital que, desde dentro del propio sistema crean los bancos, es frágil por no estar depositado ni respaldado por suficiente capital propio, que en algunos casos es inferior a un 5% de los créditos que otorgan. De esta forma, son los bancos quienes finalmente deciden cuánto dinero crean, a quién lo prestan, para qué fin lo prestan y, en cierta medida también, a qué precio lo prestan. Son ellos por tanto quienes tienen el control real sobre la oferta monetaria, condicionando así la política monetaria de los Bancos Centrales y las políticas económicas de los gobiernos, lo que supone de facto una importante cesión de soberanía monetaria por parte del estado.

En base al Art.123 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, los estados se ven privados de la posible financiación directa por parte del BCE, de la que sí disponen los bancos y ciertas empresas elegibles. Los ciudadanos, por su parte, están obligados a tener sus ahorros depositados en unos bancos privados, que en determinadas circunstancias pueden verse imposibilitados de devolverlo. Y al final, ambos, estados y ciudadanos, son los que corren con los gastos del rescate de las entidades financieras cuando se producen las crisis bancarias.

Son varias las circunstancias que propician la actual fragilidad del sistema financiero, desde el alto grado de endeudamiento y exiguo capital propio de los bancos, en comparación con las empresas de cualquier otro sector, hasta las subvenciones explícitas e implícitas que reciben del estado (mínimas reservas obligatorias, inyecciones de capital en caso de crisis, tipos de interés más favorables por su mejor calificación crediticia, etc.)

Pero la mayor prebenda de la que goza el sector bancario es su capacidad de crear de la nada un «dinero frágil», que la gran mayoría del público no distingue del «dinero seguro» que sólo puede y debe crear el Banco Central. Como dice en su libro Miguel Ángel Fernández Ordóñez («Adiós a los bancos» ed. Taurus, 2020), retirar esa prerrogativa a los bancos, que podrían seguir dedicados a la prestación de otros servicios bancarios, y permitir al mismo tiempo a la ciudadanía y resto de empresas la apertura de una cuenta de «dinero seguro» en el Banco Central, disminuiría drásticamente el riesgo de nuevas crisis bancarias con las funestas consecuencias que todos conocemos, haciendo innecesaria también toda la compleja e ineficaz regulación actual del sistema bancario. Y algo muy importante, permitiría la restitución de una verdadera soberanía monetaria a los estados, para poner en práctica las políticas económicas que en cada momento considerasen más oportunas.