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¿Reforma laboral… o ir más allá de la sociedad salarial?

Albino Prada, Consejo Científico de Attac. Publicado originalente en infoLibre

André Gorz, entre los años 2005-2007, además de predecir el colapso económico global del año 2008, nos dejó escritas páginas esclarecedoras sobre nuestros actuales dilemas sociales. Por ejemplo sobre renta básica, salarios, vida laboral o jornada semanal.

Uno de nuestros dilemas más acuciantes (en paralelo al colapso ambiental) es el que se refiere al futuro de la condición de asalariado. Una condición que había permitido a los trabajadores y a sus sindicatos forzar a mediados del siglo pasado un pacto social y un creciente bienestar, rotos a partir del último cuarto del mismo.

La desalarización neoliberal

Pues, como seguimos comprobando día tras día, la amenaza del desempleo es creciente, bien a causa de la deslocalización del empleo asalariado a economías sin apenas derechos (laborales y de todo tipo), o bien a causa de una informatización y automatización al exclusivo servicio del ahorro de tiempo de trabajo humano directo.

Gorz lo resumía así: “El pleno empleo de tipo fordista no es reproducible por el posfordismo informatizado”.

A aquellas dos causas hay que añadir la externalización y subcontratación (como proveedores, ya no como asalariados) de las menguantes cantidades de trabajo humano directo necesario en sectores industriales hiperproductivos por un lado y, por otro, la emergencia de actividades de subempleo, precarias, a tiempo parcial, con jornadas difusas, etc. en nuevos servicios personales o de distribución.

Ese conjunto de cosas que en España algunos referimos y resumimos como la larga sombra a la que se plegó la reforma laboral neoliberal del Partido Popular.

Una desregulación laboral que hoy deja vía libre a que una entidad financiera pueda reducir su plantilla a la mitad, haciendo trabajar como falsos autónomos a buena parte de los trabajadores que siga necesitando en jornadas ilimitadas y, al mismo tiempo, despidiendo (prejubilando) a los asalariados veteranos con más de 50 años.

En buena medida porque en la actualidad la fuerza productiva principal es (en esas y en otras muchas actividades) la tecnología, los equipos, el software, la ciencia… ya no un trabajo humano directo muy menguado. Siempre habrá a mano alguien que lo hará por menos y sin contrato laboral, aquí o en cualquier punto del mundo. Y es así como la actual pandemia estaría acelerando la penetración de las soluciones digitales para todo, junto al teletrabajo como estación de paso hacia la desalarización y la deslocalización.

Desalarización con consumismo

Al mismo tiempo que la condición de asalariado estable y con derechos plenos se va haciendo —por esas vías— más infrecuente, y sometida a una permanente zozobra de “quién será el próximo”, a todos los ciudadanos (a esos, a los parados, a los precarizados, a los falsos autónomos, a los inactivos, etc.) se nos ha inoculado un ilimitado frenesí de consumidores de mercancías. De manera que mientras el asalariado productor se evapora, emerge como precarizado consumidor.

Décadas de publicidad masiva desde la infancia, directa e indirecta, hacen que uno quiera lo que no necesita con dinero que no tiene, según feliz resumen de algún gurú de la narcotización masiva de marcas, exclusividad, modelos, customización, prestigios, versiones y actualizaciones.

Era, por tanto, inevitable que apareciese el bazar global universal (Amazon aquí, Alibaba allí) en el que se pudiese ser consumidor 24 horas al día todos los días del año. Y repartidor las horas que me conceda la plataforma online. Aderezado con las GAFAM, el 4G y el 5G, la minería de datos y la nube.

Porque cuando podemos producirlo todo y más, con cada vez menos trabajo y asalariados, la huida hacia adelante tiene que ser forzosamente producir consumidores compulsivos. Por eso las celebraciones sociales (navideñas, vacaciones, día de esto, día de aquello, tiempo libre, black friday…) pivotan sobre un consumismo desaforado. Todo a mayor gloria del incesante crecimiento del PIB.

Llegados a este punto es obvio que tenemos un problema y una brecha creciente: masas de consumidores desaforados para los que, cada día que pasa, la parte de los que son asalariados con trabajos y poder adquisitivo decentes es menor.

Los gurús de la sociedad de mercado, ante tal esquizofrénica criatura (un prosumidor), llegan incluso a reclamar un ingreso mínimo (que se cuidarán de que no se financie con impuestos sobre el 1% más rico) para poder facturar a consumidores bulímicos poco solventes sus servicios (telefonía, datos, internet, ocio, juegos, compras online, etc.). Después de exprimir sus tarjetas de crédito.

Conclusión: sociedad decente

La alternativa a tamaño despropósito pasa por hablar de lo suficiente, de lo necesario y de lo superfluo. No hay otra.

Y, aclarado esto, dejar de pensar en el PIB y pasar a hablar de “una producción al servicio del desarrollo humano”.

¿Qué quiere decir André Gorz con esto?: calidad del medio de vida, del trabajo digno, de la educación, de los lazos de solidaridad, de la salud pública, de las redes de ayuda y asistencia mutua, de la resiliencia en lo que producimos y en sus redes de distribución… para no transitar caminos de incertidumbre, como está dejando bien visibles esta pandemia del covid-19.

Alejarse de aquella bulimia consumista (de cachivaches, marcas y entretenimientos) paralela a una exclusión salarial remunerada con ingresos de beneficencia.

Para, en cambio, caminar hacia una redistribución equitativa del tiempo de trabajo social necesario, bien remunerado como salario digno (si es tiempo por cuenta de un empleador privado), bien sobre la base de una renta básica universal incondicional (que respalda el tiempo dedicado a actividades necesarias para la colectividad).

Ya que “no existe motivo alguno por el que una reducción general en las horas de trabajo deba conllevar una caída en la mayor parte de los salarios” (Robert Skidelsky, 2012: 220).

Siendo así que, más allá de la sociedad salarial, como sucedió en su día con las de la esclavitud, tendrán que llegar otras sociedades inteligentes. En las que discutir y dar alternativas tanto a las formas actuales de producir, como a las finalidades de la producción. En una sociedad decente.

ATTAC no se identifica necesariamente con las opiniones expresadas en los artículos, que son responsabilidad de los autores de los mismos.

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