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Salud o economía, ¿ese es el dilema?

Salud y economía ©El Cronista

Publicado originalmente en Otra Economía

Carmen San José, médica de familia y Fernando Luengo, economista

Como la mayor parte de los mensajes políticos y mediáticos, en su pretensión de llegar a todos los rincones y de catalizar el debate, simplifican en exceso, involuntaria o deliberadamente. Esto es lo que sucede cuando se presenta el supuesto dilema entre salud y economía.

En una primera aproximación, parecería que el gobierno de coalición da la máxima prioridad a la salud y, por esa razón, está promoviendo una “desescalada” gradual, atendiendo, por encima de cualquier otra consideración, criterios estrictamente técnicos y científicos. Por otro lado, el objetivo central de los dirigentes del Partido Popular (PP) -bajo el liderazgo de la indescriptible Isabel Díaz Ayuso- sería activar la economía, con el argumento de que la Comunidad de Madrid reúne ya las condiciones sanitarias para pasar a la siguiente fase de la referida desescalada.

¿Salud frente a economía? No parece que esta sea la cuestión. El PP se encuentra en formación de combate y está convencido de poder rentabilizar política y electoralmente la confrontación con el gobierno, presentando su política de gestión de la pandemia como de “atropello a la libertad, falta de transparencia, obscurantismo, hostilidad al gobierno de Madrid por no ser de su cuerda, destrucción de tejido empresarial y empleo”.

Diríamos que la formación popular se siente cómoda en esta trinchera y, lo más importante, que no le preocupa mucho la salud de la ciudadanía. Qué importa que, como todo el mundo sabe, ¡y ellos también!, que los Centros de Atención Primaria, donde la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM) está a la cabeza en déficit de inversión, no cuenten con personal y equipamiento suficiente para atender las necesidades sanitarias de sus respectivas Zonas Básicas y mucho menos para gestionar en las siguientes fases el diagnóstico precoz y el seguimiento de los contagios; que, cuando se escriben estas líneas, una parte de los centros de especialidades y servicios de urgencia de atención primaria estén cerrados y los que quedan no dispongan de suficiente personal; que, al no funcionar todavía los hospitales al cien por cien, muchísimas consultas, pruebas diagnósticas e intervenciones quirúrgicas estén siendo aplazadas o ni siquiera hayan sido agendadas; que sea en nuestra Comunidad donde, a continuación de Catalunya, tiene más peso el sector privado, la que, después de Andalucía, dedica a la sanidad menos recursos por habitante, y una de las que dispone de menos camas hospitalarias.

En el cuerpo a cuerpo del rifirrafe político todo esto es irrelevante; para ocultar esta realidad cuentan con un monumental aparato de propaganda a su servicio. Precisamente, la propaganda ocultó que la situación de la sanidad madrileña era tan deficitaria hasta que hubo que afrontar una situación como la del coronavirus; es evidente que, si no se hubiera desmantelado la estructura de salud pública, la ciudadanía habría contado con más defensas para enfrentar la enfermedad.

La vieja economía, la que nos ha llevado a la crisis, la que alimenta la deuda, la que promueve la exclusión social, la que concentra la renta y la riqueza… sólo piensa en la gente como consumidores, en los trabajadores como un coste y en las mujeres como proveedoras gratuitas de cuidados; y no tiene otro objetivo que hacer máximo el crecimiento, al precio que sea. Esa economía no funciona o sólo lo hace para las elites. La economía en la que piensa el PP en el ámbito de la salud, es la que convierte la salud en una mercancía, la que hace enriquecer a multinacionales como Fresenius y a numerosos fondos de inversión y especulación que se reparten 11 hospitales que se financian con fondos públicos.

La salud es un derecho humano básico, al igual que la educación, la vivienda el empleo decente, un planeta habitable, el cuidado de los mayores y la equidad de género. Y la economía que hemos conocido hasta ahora, y que los poderosos quieren reconstruir, no garantiza esos derechos; al contrario, los atropella. Como hemos señalado al comienzo del texto, el dilema salud-economía es una trampa que de ningún modo podemos aceptar. Porque la economía, para que sea buena economía, tiene que poner en el centro de todo a las personas y sus necesidades, especialmente las de las mayorías sociales.

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