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Entre capitalismo y comunismo

Artículo publicado originalmente en InfoLibre.es

Albino Prada , miembro del Consejo Científico de Attac.

En el prólogo para la reedición en castellano delManifiesto Comunista de Marx y Engels (1848) Yolanda Díaz se refiere al centenario del Partido Comunista de España (1921). Un siglo en un caso y cerca de dos siglos en el otro.

En su prepublicación en El País, este prólogo se ilustraba con una foto de Marx y Engels en una calle de la China del año 1986, tres años antes de la masacre de Tiananmen. Quizás porque también coincide este año que el Partido Comunista de China cumple cien años de existencia, y siete décadas gobernando aquél inmenso país. Tres motivos por los que podría ser útil aclarar en lo posible el significado de comunismo a la altura de este año 2021.

Ernest Mandel respondía en un escrito del año 1987 a la pregunta sobre qué es el comunismo, diferenciándolo del socialismo, y aclarando que ninguna de las dos cosas (socialismo o comunismo) existían en aquel momento en ningún lugar del mundo.

Para Mandel, por socialismo debe entenderse un sistema social en el que no hay mercancías, ni clases sociales y en el que el acceso a los medios de consumo depende de la aportación del trabajo de cada uno a la sociedad. 

El horizonte de lo que sea comunismo está más allá, porque entonces el criterio de satisfacción de las necesidades de cada uno nada tiene que ver con el trabajo aportado y, añade Mandel, ya no existe ni propiedad privada ni estatal de los medios de producción. 

En palabras textuales del Manifiesto de 1848: «Aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad» con lo que «en la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado; en la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero». Siendo así que «al desaparecer el capital, desaparecerá también el trabajo asalariado».

La revolución soviética de 1917 (que supondrá un impulso decisivo para la formación en el año 1921 del PCE y del PCCh entre otros) se producirá en un país atrasado. Lo mismo sucederá en 1950 en China. Y, esto así, los comunistas rusos primero y los chinos después se limitarán a desarrollar un capitalismo de Estado (“capitalismo sin capitalistas” para analistas rigurosos como Samir Amin o Erik Wrigth) con el que se buscará un crecimiento económico acelerado en una sociedad de mercado. Pero en absoluto una sociedad socialista o, menos aún, comunista según la filosofía crítica del capitalismo de los autores del Manifiesto Comunista.

Coherentemente, en la actualidad, para Xi Jinping, la fase inicial del socialismo se sitúa a mediados de este siglo XXI (Lampton, 2015: 304) quedando si acaso el comunismo para el año 2300 (Bregolat, 2007: 45). Ni en Rusia (antes y después de la desaparición de la URSS) ni en China, desde 1950 hasta la actualidad, sus Partidos Comunistas habrían logrado cerrar una transición exitosa hacia el socialismo, menos aún hacia el comunismo. Lejos de ello, por ejemplo, para Slavoj Žižek: «Los comunistas que siguen hoy en el poder dirigen el capitalismo más despiadado (en China)”. 

Se entiende así que en el discurso del centenario del PCCh Xi Jinping hable muy poco de comunistas, y nunca de comunismo. Y lo haga quince de veces de socialismo, aunque casi siempre con la difusa apostilla de “con peculiaridades chinas”, de su “etapa primaria”, o de crear una “economía de mercado socialista”. Algo que, tal como quedó definido más arriba, es un oxímoron por mucho que el líder chino pretenda con ello “seguir desarrollando el marxismo de la China actual y del siglo XXI”. 

A día de hoy lo más exitoso que se puede esperar de tales procesos es su confluencia con los planteamientos socialdemócratas –que no socialistas- que buscan, si acaso, la reforma o civilización del capitalismo, no su supresión. A estos planteamientos se refería así el Manifiesto: «Reformas administrativas que son conciliables con el actual régimen de producción y que, por tanto, no tocan para nada a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo sólo -en el mejor de los casos- para abaratar a la burguesía las costas de su reinado y sanearle el presupuesto».

Entre nosotros esta disyuntiva entre comunismo, socialismo o socialdemocracia irá dejando su huella en un Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que había fundado en 1879 Pablo Iglesias. Un líder nacido por los mismos años de publicación del Manifiesto comunista y que mantendrá correspondencia con uno de sus autores. 

Entre 1920 y 1921, el Partido Comunista de España (PCE) surgirá como una escisión del PSOE al rebufo de la revolución rusa. Por su parte, el PSOE mantendría su anclaje socialista hasta que, tras la dictadura franquista, se produzca en 1974 la ruptura con el PSOE de Rodolfo Llopis. La deriva socialdemócrata, por clara inspiración de la socialdemocracia alemana, se producirá en el año 1979 cuando de la mano de Felipe González, y no sin conflictos, el PSOE abandone los postulados marxistas. Deriva socialdemócrata tutelada por un Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) que había realizado ese camino ya en 1959. 

Me temo que no va a resultar nada fácil desandar el camino desde la socialdemocracia al socialismo, como se nos ha recordado con la expulsión de Ken Loach (y de decenas de miles de militantes) del Partido Laborista inglés estos días, después del declive de Jeremy Corbyn.

En suma, socialismo y comunismo entroncan con los planteamientos de los autores del Manifiesto comunista buscando una ruptura con el capitalismo. Abolir tanto el capital como el trabajo asalariado. Una ruptura que, a día de hoy, nunca se ha llegado a vislumbrar aún gobernando durante décadas distintos Partidos Comunistas. Eso sí, en países con un capitalismo incipiente. 

Mientras tanto las posiciones socialdemócratas de reformas del capitalismo se fueron distanciando del citado manifiesto y vienen, con mayor o menor fortuna (por estos pagos el PSOE), trabajando en el empeño de civilizar al capital no siempre de la mano de los sindicatos defensores de los derechos del trabajo asalariado. En este caso en países capitalistas más ricos, y de forma especialmente exitosa entre el final de la segunda guerra mundial y los años 1970 (los llamados treinta gloriosos del New Deal o Estado de Bienestar). 

Pues a partir de la desaparición de la URSS, de la entrada de China en el capitalismo global y de una nueva revolución tecnológica y organizativa del capitalismo, esa tercera vía socialdemócrata entrará en declive junto con el Estado de Bienestar. Nos adentramos en una fase hipercapitalista, en una TINA (there is not alternative) neoliberal. Con, si acaso, crecimiento económico pero con cada vez menos desarrollo social. Y en ello estamos.

Con comunistas construyendo capitalismo sin capitalistas, con socialistas mutando en socialdemócratas y con éstos mutando en reclutas (González, Blair, Schröder,…) de multinacionales. El horizonte de una sociedad decente se aleja. Por eso creo excesivamente optimista a Yolanda Díaz cuando en las dos veces en que se refiere al capitalismo en su prólogo habla de su declinante capacidad de dominar (al comienzo) y de sus mutaciones escapistas (al final). 

A día de hoy creo que el capital gana por goleada. Que lleva la iniciativa como pocas veces en el pasado. Lo sigue haciendo con su repóquer de monopolios (tecnológico, financiero, recursos naturales, comunicaciones y armas de destrucción masiva) y con un mix de consumismo y post-democracias a escala global. Aunque sin duda en la cara oculta nos arrastra hacia el colapso climático (sus monaguillos prefieren llamarlo cambio y adaptación) y al despilfarro de las naciones.

Albino Prada es socio de infoLibre

Nota: Este análisis se publicó previamente en gallego, en la revista mensual Tempos Novos.

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