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Estados Unidos, ante su último tren

Manifestación en febrero de 2017 contra el veto migratorio de Trump a varios países de mayoría musulmana. © TED EYTAN

Artículo publicado originalmente en CTXT.es

Ignasi Gozalo–Salellas 

A menos de una semana para las elecciones del 3 de noviembre, una tenue sensación de pánico invade la mitad de los hogares de Estados Unidos. No hay otra certidumbre que la ruptura de la nación en dos pedazos: la trumpiana y la liberal; la rica y la pobre; la blanca y la negra; la interior y la costera. Todo lo demás es desconcierto e incerteza. 

Hoy, el país que un día fuera el gran sujeto político del siglo XX, el “siglo americano”, no es otra cosa que la suma de muchos estados y de dos almas peleadas y antagónicas (con el beneplácito de una tercera, infiel, la de los estados morados que han decantando la balanza en varias de las recientes contiendas electorales). Es también el escenario de la batalla entre dos partidos, Demócrata y Republicano, con la identidad diluida y el prestigio por los suelos. Luego está un presidente tan ridículo e incompetente como malvado y peligroso para la integridad física y moral de su propia nación. Le secunda una administración política que enarbola a partes iguales elementos de autocracia, claro tono dictatorial y escenificación propia de la MTV. Son los Estados Desunidos de América, gobernados por el primer presidente desde la Segunda Guerra Mundial desprendido del “complejo Roosevelt”: la equivalencia yankee del “complejo Churchill”, que Ian Buruma describió como la obsesión de los mandatarios de los dos países anglosajones por “ser especial”, por anhelar un legado equiparable al de las dos grandes figuras de nación, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt. La era post-Churchill, la de Trump y Johnson, implica renunciar al liderazgo global y, a cambio, ser especial entre los tuyos. En la era post-Churchill, la distancia entre el héroe y el villano se reduce hasta confundirse.

Una mirada atrás

Podemos convenir con la filósofa Susan Buck-Morss que con la caída de las Torres Gemelas, en 2001, Estados Unidos empieza a empequeñecer. La piel vigorosa del último cuerpo imperial, encarnada en esa pareja de rascacielos casi infinitos, esa mañana mutó a una piel vulnerable. Lo cierto es que el país es aún enormemente poderoso, pero su nación sobrevive desgarrada. Los augurios no son nuevos. Tras la noche electoral de 2016, David Remnick, director de The New Yorker y pope intelectual del progresismo urbanita yankee, convertía su editorial en un mantra viral: “Una tragedia americana” constataba dos aspectos incomprensibles para alguien que vive la política con la pasión del viejo continente, Europa. Por un lado, una tendencia muy americana a la auto-lamentación casi de tragedia clásica, a la vez que una exasperante fe en su viejo imaginario liberal: “La elección de Donald Trump a la presidencia es nada menos que una tragedia para la república estadounidense, una tragedia para la Constitución y un triunfo para las fuerzas, en el país y en el extranjero, del nativismo, el autoritarismo, la misoginia y el racismo. La impactante victoria de Trump, su ascenso a la presidencia, es un evento repugnante en la historia de Estados Unidos y la democracia liberal”, apuntaba el editor liberal.

Cuatro años después, no solo Remnick sino miles de otros liberales –algo así como el progre bienestante– que despreciaron a Trump han despertado de su propia fantasía americana. La pulsión demagógica, deshumanizadora y perversa que Trump ha escenificado a la perfección con su amoral política fronteriza, con la legitimación de la violencia policial o con su vergonzosa actitud ante la deriva mortal de la pandemia actual, se apreciaba desde hacía tiempo. Las nuevas generaciones se sienten tan avergonzadas del histrionismo del presidente como hartas del cinismo de los dos grandes partidos, que son vistos como las dos caras de una misma moneda. Esta moneda, con honrosas excepciones, es la que ha enmascarado el principal hándicap de la nación: ser una democracia ininterrumpida a lo largo de dos siglos pero profundamente imperfecta, manchada por la sombra fundacional del racismo y de la esclavitud y, posteriormente, por las demenciales leyes Jim Crow. 

Con la caída de las Torres Gemelas, en 2001, EE.UU. empieza a empequeñecer. Ahora, el país es aún enormemente poderoso, pero su nación sobrevive desgarrada

El americano es un ser patriótico. Hasta los liberales izquierdistas como Remnick tienen una fe inquebrantable en su nación (más que en su país): “A pesar de todos sus defectos, siempre ha habido un Estados Unidos que está intentando alcanzar sus ideales democráticos, alcanzar una democracia constitucional”, decía en una entrevista reciente. Según esa retórica ilusoria, el pecado original de la nación sería a la vez virtud: la oscura sombra de exclusión e inhumanidad fundacional habría sido corregida, con el devenir histórico, por la acción ciudadana –aquello que denominamos sociedad civil–. Hay una parte de ilusión pero también de cierto en eso hasta la llegada de Trump, quien perpetró no solo el asalto al bipartidismo y a las instituciones, sino a la propia conciencia de una nación en perpetuo movimiento. Trump ha sido, y promete seguir siendo, las dos caras del término inglés disruption: interrupción y alteración.

En el libro de entrevistas El síntoma Trump. Qué hacer ante la ola reaccionaria (Colección Contextos-Lengua de Trapo, 2019), con Álvaro Guzmán y Héctor Muniente, proponíamos el “fenómeno Trump” como una señal, el síntoma de una enfermedad que venía carcomiendo la piel americana. Nuestros interlocutores no se ponían de acuerdo en el diagnóstico sobre esa molesta figura, Trump, más que en quitarle importancia a su capacidad real de acción. Hoy sabemos que Trump ha sido ambas cosas a la vez, síntoma y enfermedad, a las que podríamos añadir un tercer fenómeno: la anomalía. No es casualidad que, en el diccionario, entre los sinónimos de “enfermedad” aparezca “alteración”, y como sinónimo de “alteración” aparezca el concepto de “disrupción”.

Sí, Trump era síntoma. Del final de la última idea exitosa de modernidad, de un periodo de imposición del imaginario americano, de una hegemonía militar pero también simbólica, cultural y económica. De Hollywood a la música pop, proyectada al mundo y a la conquista del mercado global, ese mundo se agotó como fuente de riqueza y, de repente, un cierto ciudadano estadounidense se sintió amenazado en lo político, empobrecido en lo económico y desnudo en lo cultural. Trump fue el aviso de que el pasado glorioso estaba agotado.

Y sí, Trump fue enfermedad. Como respuesta a esa ansiedad del americano empobrecido, el nuevo presidente desarrolló una autocracia empresarial, con tintes autoritarios más propios de regímenes dictatoriales que de la sólida democracia norteamericana y con tendencia a un nativismo americano que va más allá del racismo. De esa enfermedad propagada entre la ciudadanía han surgido y surgirán expresiones de una cultura supremacista y aislacionista como las milicias extremistas en Michigan, los Proud Boys en Oregon o las teorías conspiracionistas en las redes como QAnon. 

El asalto a la nación

Sin embargo, el mayor peligro radica en el “Trump anomalía”. Tras el gesto histriónico y performativo del personaje Trump, asistimos sin darnos cuenta a un asalto a la democracia (si no la más extrema de las democracias, sin duda la más implacable) a través de la alteración de las instituciones de la nación. Para un país fundado en la norma como deber y en la libertad como derecho, la acción de la Administración Trump cimenta una triple amenaza: con la toma de la judicatura, mediante la designación de más de 250 jueces, se asalta el espíritu garantista y corrector de la justicia social y se impulsa un ejército de ideólogos al mando de los tribunales de la nación. La lucha fratricida contra la educación, encarnada en la red de universidades liberales y progresistas, busca desesperadamente neutralizar un sistema privilegiado pero inclusivo, que durante décadas ha sido vanguardia política y cultural, denunciando los abusos de poder o injusticias como la marginación racial, social o de género. Finalmente, la lucha contra el cuarto poder (los medios) la ha perdido Trump en el terreno de las plataformas oficiales pero no así en las redes, donde el showman ha sido, día sí, día también y, aunque fuera para reírse a su costa, la fuente más citada y retuiteada.

Las nuevas generaciones se sienten tan avergonzadas del histrionismo de Trump como hartas del cinismo de los dos grandes partidos, vistos como las dos caras de una misma moneda

Una figura sobresale como hilo conductor de la toma institucional que vivimos en tiempo real, mientras contamos las horas para la noche electoral. Debemos apuntar su nombre. Es la juez Amy Coney Barrett, representante tanto del originalismo jurídico que ancla la aplicación de la ley a un sentido único u original como de la más estricta tradición católica de tufo antiabortista. Recién elegida como miembro de la Corte Suprema de los Estados Unidos, de su voto dependerán futuras resoluciones de tono político, como la validación de los resultados electorales, la supervivencia del  programa público de salud Affordable Care Act (conocido como Obamacare) o la derogación del que fuera un derecho pionero en el mundo: el aborto, legalizado en el país norteamericano hace casi medio siglo.

El cierre de fronteras y las inhumanas políticas migratorias cierran el círculo: se dinamita la naturaleza integradora y abierta de la sociedad y economía norteamericanas. La enorme comunidad de recién llegados convertidos en ciudadanos de antaño ha dado paso a una maquinaria de expulsión masiva de cuerpos deshumanizados –una práctica no iniciada bajo el mandato Trump, mal que le pese a la mitología Obama–. Así, el país ha pasado de conquistar el mundo a conquistar la nación, sin dejar de reproducir la misma pulsión de muerte, encarnada en su tradicional agresividad militar, ahora en las propias entrañas. La división antagónica, entre nativistas y progresistas no busca otra cosa que lograr una hegemonía interna a través de la aniquilación del otro y eso, lamentablemente, nos lleva al fantasma de una nueva guerra civil, no necesariamente solo en Twitter.

El último tren

La nación está cansada. También la gente. El monstruo continental cada día que pasa tiene más aspecto de un Titanic, poderosísimo aún pero no más que otros países que se asoman ya a la cabeza de la gobernanza económica y política global. Es el final de un periodo de hegemonías indiscutidas. Se apaga la luz de Estados Unidos como lo hace la de Occidente y, aunque con algunos destellos todavía, la esperanza puesta en la última gran utopía: el proyecto europeo de unificación. Algo más allá de la nación norteamericana se agrieta: es la democracia liberal tal y como la hemos entendido durante el largo siglo americano.

Las elecciones de la semana próxima suponen en cualquier caso el final de una etapa de caos y desubicación, y hay signos esperanzadores. Los viejos republicanos abandonan a Trump por Biden, lo cual no deja de ser un mal augurio para los demócratas. No ha habido campaña más agresiva contra Trump que la de The Lincoln Project, un nuevo grupo de acción política que reescribe aquella alma republicana patriótica, seria y compasiva encarnada en el gobernador y excandidato a la presidencia John McCain. Sin embargo, solo los jóvenes pueden salvar al país de otro fracaso demócrata como el de hace cuatro años. La masiva abstención de voto que sufrió Hillary Clinton parece haber quedado atrás, con sorprendentes datos de nuevo voto joven en estados tradicionalmente abstencionista para los demócratas –North Carolina, Texas, Georgia, entre otros–. 

Asistimos a los instantes previos del paso del último tren. Al fin y al cabo, tanto la “reafirmación Trump” (una autocracia distópica y caótica) como la “rectificación Biden” (una democracia liberal extenuada) son dos músicas para un epílogo. Tal vez debamos centrarnos en pensar lo que vendrá después de ello, lo realmente nuevo: algo radicalmente terrible (una segunda guerra civil) o radicalmente transgresor. La refundación de la nación basada en una idea colectiva de libertad y en una nueva fraternidad entre iguales, algo que se ensayó de forma inesperada en las calles de la nación durante la primavera pasada, es hoy una idea más sólida que ayer. Sin duda, ni con Trump ni con Biden.

ATTAC no se identifica con las opiniones expresadas en los artículos que son responsabilidad de los autores de los mismos.

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