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La invasión de los ultra-ricos

Imagen de la película de de Philip Kaufman La invasión de los Ultracuerpos

Artículo original publicado en diariored por Cristina Buhigas

En 1978 se estrenó una película, ‘La invasión de los ultracuerpos’, donde unos seres de aspecto humano nacidos de unas grandes vainas, similares a las de las legumbres, suplantaban a las personas y luchaban con ellas por el control de la Tierra. Spoiler, los que nacen de las vainas, ganan a la humanidad. Hoy, en 2024, estamos sometidos a los dictados de una élite extractiva de apariencia humana, que ha logrado convencer a gobiernos y población de su derecho a enriquecerse exponencialmente y a controlar el poder político, perpetuando la desigualdad social. Es la invasión de los ultra-ricos y, por desgracia, no es una película, sino una realidad contundente.

El 1% más rico de la población mundial acumula casi el doble de patrimonio que el resto, según datos de Oxfam, y en la última década ha acaparado más del 50% de la nueva riqueza generada. La fortuna de los milmillonarios crece a un ritmo de 2.700 dólares diarios, mientras más de 1.700 millones de personas trabajadoras viven en países donde la inflación sube por encima de los salarios. El catedrático de Sociología Antonio Ariño calcula que el 0,04% de la población de nuestro planeta, unas 214.000 personas, posee la mayor parte de la riqueza. Quienes tienen fortunas de más de diez cifras son unas escasas 2.640 personas. Estos reducidísimos grupos controlan los derechos sociales, laborales y económicos de toda la población mundial —8.084.326.950 personas al escribir este artículo— porque han convencido a las sociedades democráticas de que se merecen pagar menos impuestos y acumular dinero.

Como dijo el multimillonario Warren Buffett, “Hay una guerra de clases y los míos la están ganando por goleada”. Las fortunas de quienes tienen patrimonios superiores a los 1.000 millones de dólares se han multiplicado por tres en los últimos 25 años, frente a un avance del 3% de la riqueza media, pero pagan en impuestos de renta y patrimonio entre nada o un 0,5% de su riqueza, porque utilizan instrumentos como las sociedades patrimoniales.

El Estado del Bienestar creado tras la II Guerra Mundial fue un paréntesis en el proceso de concentración de la riqueza, colonización del poder político y perpetuación de la desigualdad

Esto no fue siempre así. Tras la II Guerra Mundial, las democracias occidentales se inventaron el Estado del Bienestar, basado en la distribución de la riqueza por medio de la recaudación de impuestos y la creación de servicios públicos igualitarios (educación, sanidad y pensiones), que llevaron a una situación de prosperidad no solo a las clases trabajadoras, sino a los países, que experimentaron tasas de crecimiento nunca vistas. A muchos les puede parecer ficción, pero no lo es: en la década de 1950 el tipo impositivo marginal máximo para las personas físicas en EEUU era del 90% y el impuesto de sociedades superaba el 50%. Ahora, este último es del 35%, aunque la mayoría de las empresas pagan menos, y el tipo máximo para las personas físicas es del 39,6%. El PIB per cápita real crece ahora la mitad que entonces.

En 1979 llegó a primera ministra en el Reino Unido, Margaret Thatcher y “mandó a parar”, como decía una canción cubana en un contexto radicalmente distinto. En solo diez años desmanteló el Estado social británico, bajando impuestos a los más ricos y las empresas y dejando las ayudas sociales y la sanidad británicas, antiguo orgullo de la nación, en la fragilidad. El culto al individualismo y al mercado también surgió al otro lado del Atlántico con el presidente Ronald Reagan, un actor convertido en líder mundial de 1981 a 1989. Sus medidas contra la regulación económica gestaron la crisis de 2008. Partidos conservadores y socialdemócratas de todo el mundo les imitaron durante décadas y culminaron la catástrofe con políticas de austeridad que causaron un enorme destrozo en la Unión Europea y por tanto en España. Los ricos fueron los principales defensores del neoliberalismo, la doctrina que el premio Nobel Paul Krugman llamó “economía vudú”.

Actualmente estamos en una era dorada para los milmillonarios. La práctica totalidad de la sociedad tiene fe en el dogma de la meritocracia, lo de que cualquiera puede llegar a vivir como ellos si se esfuerza, algo meridianamente falso. También han conseguido que la gente crea en su filantropía, al compensar su extracción de recursos con acciones de caridad. Un ejemplo cercano: Amancio Ortega, la persona más rica de España y decimotercera del mundo, según Forbes, con una fortuna de 81.800 millones de euros, destinó 338 millones de euros en 2022 a financiar proyectos sanitarios, o sociales en nuestro país, mientras solo pagó aquí un tercio de los impuestos de su sociedad patrimonial Pontegadea, 392 millones.

Los ultra-ricos se sienten amenazados por organismos internacionales o gobiernos que hablan de subirles los impuestos. Su principal defensa desde hace décadas es llevar el dinero a paraísos fiscales. El capitalismo financiero que sustituyó en el siglo XX al capitalismo industrial del XIX, lo ha facilitado con la digitalización. Según el Observatorio Fiscal de la UE, España pierde el 16% del impuesto de sociedades por la fuga de beneficios a Países Bajos, Irlanda o Suiza, y deja de ingresar unos 4.000 millones de euros anuales en las arcas públicas por el traslado de las empresas a países con sistemas fiscales más ventajosos. Hay 140.000 millones españoles en paraísos fiscales, pero los sucesivos gobiernos no van a buscarlos para “sanear sus cuentas”, sino que luchan contra déficit y deuda subiendo impuestos a la gente normal y recortando sus derechos y los servicios públicos.

Los propietarios de las acciones de las multinacionales, a través de complicadas estructuras de sociedades fantasma, escamotean sus ganancias y no tributan en sus países de origen. “En las últimas décadas, la globalización ha abierto nuevas posibilidades de evasión explotadas por empresas multinacionales y personas ricas de todo el mundo. Durante demasiado tiempo, esta evasión ha sido aceptada como una parte inevitable de la naturaleza humana”, lamenta el premio Nobel Joseph Stiglitz en el prólogo del informe de la UE, donde se realizan propuestas para recaudar más. La principal es un impuesto global a los multimillonarios del 2% de su riqueza para recaudar 250.000 millones de dólares a menos de 3.000 personas al año. También instituir un impuesto sobre las multinacionales, que obtendría otros 250.000 millones de dólares por ejercicio.

Para defenderse de estos utópicos proyectos y del reciente fin del secreto bancario, con su consiguiente intercambio de información, los ricos han desarrollado otra forma de evasión, la inversión en inmuebles. “Una propiedad en Dubái es la nueva versión de una cuenta en un banco suizo”, dice el Observatorio. No es posible calcular cuántos inmuebles offshore existen, pero hay sitios donde se ha investigado. En Londres, Dubai, Singapur, París, la Costa Azul y Oslo individuos y firmas extranjeras poseen unos 500.000 millones en construcciones. La riqueza española en inmuebles de esas zonas se calcula en 3.400 millones de dólares.

Los ultra-ricos realizaron su primera invasión de la sociedad mundial tras la revolución industrial, iniciada en Inglaterra en 1760, aproximadamente, y que se prolongó hasta 1914, desencadenando un sistema capitalista basado en la propiedad industrial que enriqueció a la burguesía. Para el economista francés Thomas Piketty, las décadas del Estado del Bienestar previas al neoliberalismo de los 80 fueron solo una pausa en su dominio sistémico. Así que estamos en la segunda invasión. Como la sociedad no parece dispuesta a defenderse igual que en aquellos lejanos tiempos, me temo que las vainas ganarán igual que en la película.