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En la boca del túnel

Donald Trump se reúne con Xi Jinping, el presidente de la República Popular de China, con motivo del G-20 (2019). © LA CASA BLANCA

Artículo publicado originalmente en CTXT Contexto y Acción

Rafael Poch 

Mucho se habla del “mundo después de la pandemia”. Habrá cambios, seremos otros, dicen. Parece que el virus sea un agente transformador y no un mero factor de enfermedad, desempleo y pobreza. Desde luego, “otro mundo es posible”, pero ni el cambio está garantizado, ni tiene que ser ineludiblemente un cambio a mejor.

La frase de Macron en esta pandemia quedará esculpida en piedra: “El mundo de mañana ya no será como el de ayer”. Lástima que recuerde tanto a las de otros vendedores de alfombras, como el propio Nicolás Sarkozy mencionando la ineludible “reforma del capitalismo” tras el estallido de 2008. Recordemos a todos aquellos economistas del establishment que, en Estados Unidos y en la Unión Europea, decían entonces que la próxima vez que los bancos quebraran habría que nacionalizarlos.

“¿De verdad creen ustedes que cuando pase esta pandemia, cuando la segunda o decimosexta ola de coronavirus se haya olvidado, los medios de vigilancia no se conservarán? ¿Las colecciones de datos recogidas no se habrán almacenado? Sea cual sea su uso, estamos en vías de construir la arquitectura de la opresión”, advierte Edward Snowden. Es solo un aspecto de cambio a peor. ¿La salud por delante de la economía?

El sistema que ha venido elevando los niveles permitidos de utilización de sustancias dañinas, que privatizó los sistemas de salud, que engaña con las emisiones de los automóviles y los códigos identificadores de los alimentos, y que ha venido defendiendo como inocua la energía nuclear, e incluso el almacenamiento de sus residuos, ese mismo sistema, ¿tiene credibilidad cuando nos dice ahora que hará todo lo posible por defender la salud de la población?

No hay duda de que la coyuntura determina repartos de dinero, en primer lugar hacia las empresas, los bancos y sectores en crisis (el gigantesco rescate americano de la Cares Act se aprobó el 25 de marzo), y también alguna distribución de dinero social durante algunos meses, pero, en cuanto pase la enfermedad, habrá un regreso inercial hacía lo suyo. Desde luego el capital no va a rendirse por un virus, no va a abdicar de las ventajosas parcelas de poder y gobierno que ha adquirido en las últimas décadas bajo la ideología de la globalización neoliberal. ¿Por qué iba a renunciar al trabajo precario, a seguir calentando el planeta, a gastar más en armas y en crear tensiones bélicas si todo eso genera beneficios? Para un nuevo orden mundial más viable y equitativo hace falta una fuerza social colosal que lo imponga. En marzo se constataba que entrábamos en aguas desconocidas. A finales de mayo el panorama sigue lejos de estar claro, pero la sensación es la de que estamos entrando en la boca de un túnel.

En China la pandemia ha dejado 4.600 muertos, mientras que en EE.UU van por 90.000, así que no hay más remedio que afirmar que China es culpable

Más presión contra China

En el centro del Imperio el presidente idiota sigue alimentando una guerra fría con China. Ese podría ser su gran recurso para ganar su reelección. Trump ha hecho tantos estropicios en la gestión de la pandemia en su país que necesita una buena cortina de humo para lograr un nuevo mandato en un país con cuarenta millones de parados (22,5% de la población activa, a apenas tres puntos del 25% de la gran depresión en 1933). En China la pandemia ha dejado 4.600 muertos, mientras que en Estados Unidos van por 90.000, así que no hay más remedio que afirmar que China es culpable de haber creado el virus y de falsificar sus cifras. Bueno, pero ¿qué hacemos con Taiwán, Singapur o Corea del Sur? Es el ejemplo de toda Asia Oriental, no solo de China, lo que evidencia el mal gobierno en Estados Unidos, su ineficacia, el cinismo presidencial y su abierta prioridad por la “economía” a costa de las vidas humanas. Si después del 11-S neoyorkino se pudo dirigir el asunto contra Irak, inventándose lo de las armas de destrucción masiva de Sadam, ¿por qué no va a ser ahora posible arrastrar al público hacia la leyenda de la “culpabilidad” de China?

La patada en el tablero

El asunto viene de lejos. Las enmiendas a la globalización son claramente anteriores a la pandemia. Tienen que ver con el hecho central de que se hacía evidente que China iba ganando, adquiriendo mayor peso y potencia, jugando en un tablero americano, con normas e instituciones creadas y controladas por Estados Unidos y a la medida de sus intereses. La globalización era muchas cosas pero, entre ellas, un seudónimo del dominio mundial de Estados Unidos. Y resulta que China se crecía en ese tablero y que la próxima consecuencia de ese crecimiento era descabalgar el papel del dólar en la financiación del comercio global. Así que había que cambiar las cosas, realizar enmiendas, dar una patada al tablero para recolocar las fichas.

Al finalizar la primera década del siglo, tras el impacto de la crisis financiera que China gobernó parece que bastante bien, el presidente Obama ya movió algunas fichas de desconexión comercial con China, mientras en lo militar estrenaba el “Pivot to Asia” para destacar el grueso de su poderío aeronaval alrededor del nuevo rival. Trump ha continuado eso de forma más brusca, y la pandemia le ha dado un buen estímulo para convertir las tensiones en algo cada vez más parecido a una guerra fría. Los dirigentes chinos lo vieron venir.

Ellos, que siempre soñaron con llegar a un acuerdo bilateral con Estados Unidos que les dejara vivir (sueño que era compartido por el Kremlin), se dieron cuenta de que si “vivir” significaba ir a más, ser soberanos e independientes, desarrollarse, mejorar y aumentar su peso en el mundo, no solo no habría acuerdo de coexistencia sino conflicto, porque Estados Unidos no lo acepta. El único acuerdo que acepta es la sumisión. Por eso, ajustaron su sistema político, con la dirección más centralizada y firme de Xi Jinping y su fortalecimiento militar en el Mar de China meridional. Este doble refuerzo –además de su dinámico desarrollo tecnológico y su estrategia de exportación de sobrecapacidad e integración comercial mundial, la Belt & Road Initiative– se basa en la razonable y profunda convicción de que las relaciones con Estados Unidos van a ir a peor. Ese refuerzo no está enfocado a sustituir a este país como superpotencia global, como suele decirse, sino a proseguir el ascenso como potencia emergente y a garantizar una no victoria militar de Estados Unidos en un conflicto regional en su entorno asiático inmediato (su mar Caribe), que a poder ser disuada a los generales del Pentágono de iniciarlo. En ese tablero, la pieza de Taiwán vuelve a ganar peso.

Mas incompetencia geopolítica y desintegración en la UE

Sea como fuere, el vector de la guerra fría entre Estados Unidos y China, que solíamos contemplar como posibilidad a medio y largo plazo, ya está declarado como realidad. Para la Unión Europea, que gasta en armamento 300.000 millones de dólares al año (es decir más que la suma de China y Rusia), es una nueva ocasión de reiterar su incompetencia geopolítica y su demostrada condición de vasallo impotente. En Alemania el consenso mayoritario del establishment lo ha resumido el presidente del grupo editorial Springer, Matthias Döpfner, afirmando que “cuando la crisis del coronavirus se supere, los europeos deberán decidir la cuestión de las alianzas: con América o con China”, cuestión que para él no tiene secreto. Tampoco la tiene para Oskar Lafontaine: “También yo tomo partido por América, concretamente por Sudamérica y América central, cuya población sufre el mortífero terror de Estados Unidos”, dice este raro abogado de una política exterior europea autónoma que “contribuya a la paz y la distensión entre potencias nucleares”.

La apuesta de la Unión Europea “por América” y contra China sigue la estela de Washington. El 27 de marzo Trump firmó una ley estrechando las relaciones entre Estados Unidos y Taiwán y abogando por la  participación de la isla en las organizaciones internacionales de las que está excluida por no estar reconocida como Estado por la ONU (y no solo “por China”, como suele decirse). Inmediatamente, Francia y Alemania apoyaron una iniciativa para que Taiwán sea incluida en las actividades de la OMS y París ha enfurecido a Pekín con un provocador contrato de venta a Taiwán de sistemas de señuelos y perturbadores antimisiles. Por su parte, Alemania quiere gastarse millones comprando a Estados Unidos 45 aviones de guerra F-18, lo que parece una recompensa a los obstáculos y vetos que Washington interpone en la guerra del gas que Alemania compra a Rusia, asunto ejemplarizado por el proyecto Nord Stream 2.

EE.UU (junto con Inglaterra, Ucrania, Canadá y Corea del Sur) ha abortado los proyectos para congelar las sanciones contra países en desarrollo afectados por la pandemia

Mientras el director del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, David Beasley, advierte de que cientos de millones de personas pueden sufrir hambre en la “peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial”, particularmente en África y Oriente Medio y en países que sufren crisis bélicas o sanciones, Estados Unidos (junto con Inglaterra, Ucrania, Canadá y Corea del Sur) ha abortado los proyectos de resolución para congelar las sanciones unilaterales contra los países en desarrollo afectados por la pandemia, e incluso una simple propuesta de alto el fuego allí donde hay guerra.

La pandemia no ha unido al mundo, sino que al contrario ha incrementado gravemente el riesgo de conflictos mayores, “amplificando y acelerando” ese peligro, constata el viceministro de exteriores ruso, Sergei Ryabkov. Con el abandono de los acuerdos de desarme y el desprecio al papel de la ONU, “la fuerza militar está adquiriendo un papel cada vez más importante en las relaciones internacionales”, dice. La lógica imperial, belicista y suicida, no solo no remitirá, sino que cobra nuevo vigor.

Ante este diagnóstico, la Unión Europea no tiene nada que decir, ni nada que proponer. Técnicamente paralizada –a mediados de mayo la pandemia había reducido un 70% la capacidad de trabajo de las instituciones de Bruselas–, el virus profundiza la crisis desintegradora de la UE. A las brechas ya conocidas (Norte/Sur, grupo de Visegrado, Francia/Alemania, etc.) se suma la creada entre países más o menos bien librados de la pandemia y los más afectados por ella. A las diferencias en materia de cierre de fronteras, de deudas, medidas anticrisis y de presupuesto europeo, se suma la torpe y reveladora sentencia del Tribunal Constitucional alemán del 5 de mayo cuestionando la compra de deuda por parte del BCE, lo que coloca al derecho alemán por encima del derecho europeo, algo potencialmente más disolvente que el brexit o que los desafíos jurídicos puntuales de países como Polonia o Hungría.

La receta mágica de los “500.000 millones” de Merkel y Macron es la última artimaña de una larga serie estrenada en 2010, cuando ninguno de los problemas de la eurocrisis se solucionó: no está nada claro si esa suma será realidad, ni cuando se empleará ni a quién beneficiará. Se habla de miles de millones para líneas aéreas o fabricantes de automóviles, por mencionar únicamente el nefasto capítulo “movilidad”, directamente relacionado con nuestros graves problemas planetarios. Una vez más, como es el caso de la tensión con China, la pandemia no ha creado procesos nuevos. Únicamente acelera los procesos de desintegración ya existentes y apuntala la irrelevancia de la UE en la esfera internacional.

Las condiciones y circunstancias de la “oportunidad”

Hay que ser consciente de que la oportunidad de cambio, de operar en otra lógica, no es automática. Ya se presentó tras la quiebra financiera de 2008. El BCE y la  Reserva Federal de Estados Unidos intervinieron entonces para salvar a empresas y bancos de las consecuencias de su especulación a costa de las clases medias y bajas. Aquellos dineros (Quantitative Easing) sirvieron para alimentar una nueva ola especulativa y enriquecer a los más ricos. ¿Cómo iba a ser diferente cuando el poder financiero domina a los gobiernos y no al revés? ¿Por qué iba a ser diferente ahora?

El actual capitalismo neoliberal, a diferencia del de los años treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta, ha castrado al sistema político convirtiéndolo en su subalterno

Para organizar el decrecimiento en la utilización de los recursos naturales, para adoptar un modo de vida más modesto (como dice Frédéric Lordon, el I-Phone 14, el coche Google y el 7G “van en el mismo paquete” que el calentamiento global y la amenaza bélica), para dirigirse a una nueva contabilidad desmarcada de las teologías del PIB y privilegiar la satisfacción de las necesidades humanas reales, para disminuir la movilidad y potenciar la relocalización económica, la agricultura moderna (es decir ecológica y regenerativa), el proteccionismo solidario, los comercios de proximidad y una fiscalidad menos injusta, es necesario desmontar el dominio de las finanzas sobre la política.

El actual sistema de capitalismo neoliberal, a diferencia del de los años treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta del pasado siglo, ha castrado al sistema político convirtiéndolo en su subalterno. Como dice Serge Halimi, cuando se evoca como modelo y precedente el programa  económico y social del Consejo Nacional de la Resistencia en Francia, la conquista de los derechos sindicales en muchos países, o las grandes obras públicas del New Deal en Estados Unidos, se olvida el detalle de que los resistentes franceses aún tenían las armas en casa, que el establishment temía una revolución en países como Francia o Italia y que el capital estaba asustado. Lo político primaba mucho más que hoy sobre lo “económico”. Hoy el capital no tiene motivos, ni temores, para negociar nada. ¿Qué tenemos hoy después de treinta o cuarenta años de colonización capitalista de nuestras sociedades occidentales? “Poblaciones confinadas, tan miedosas como pasivas, infantilizadas por las cadenas de televisión (y las “redes sociales”), convertidas en espectadoras pasivas y neutralizadas”, dice Halimi.

No habrá ese mágico “día de la victoria” sobre el virus en el que la población saldrá entusiasmada a la calle y los gobiernos proclamarán una nueva forma de vida con lecciones para afrontar el calentamiento global y los demás retos del siglo. Solo el cambio en la correlación de fuerzas que resultara de una gran fuerza social y del miedo puro y simple del capital ante ello posibilitará reformas significativas. La simple realidad es que hoy los gobiernos pueden cambiar por la acción del voto, pero es muy improbable que el voto cambie el sistema y la lógica fundamental.

Un 15-M multiplicado por diez no alcanza para cambiar el sistema

Supongamos que un gobierno de izquierdas, por ejemplo en España, sale de la pandemia apoyado por un fuerte movimiento social, un 15-M multiplicado por diez que realiza la proeza de convertir en ciudadanos a una mayoría de los actuales consumidores-clientes e impulsa un programa de reformas: nueva política fiscal menos injusta, potenciación del sector público, nacionalización de los transportes, las telecomunicaciones y la banca, proteccionismo. Es decir, un programa de progreso de los años sesenta más la renta básica y la fuerte protección medioambiental que se precisa hoy. Como dice Lordon, no hay duda sobre lo que se le vendría encima a un gobierno de ese tipo: el sector financiero internacional y los mercados. Le declararían la guerra. Desde Estados Unidos, desde los centros de poder e instituciones de la Unión Europea, desde los poderes fácticos del propio país y desde una oposición interna radicalizada y fuertemente respaldada desde el exterior. Los medios de comunicación, en su inmensa mayoría correas de trasmisión de ese conglomerado sistémico que domina lo político, le harían la vida imposible. La independencia de Cataluña, por ejemplo, sería bien vista por unos poderes globales enfocados a cortar por lo sano el ejemplo: mejor un país roto que un precedente transformador. Surgiría así el imperativo internacionalista, la conciencia de la enorme dificultad de acometer el cambio en un solo país y mientras tanto aparecería un Tsipras que, cediendo a la fuerza de las circunstancias, traicionaría todo lo prometido o emprendido…

Se dirá que todos los intentos de cambio se han enfrentado a ese tipo de cuadros, pero hoy, cuando lo político está atrapado por la red sistémica y su lógica fundamental, aún más. Claro, si esa hipótesis de gobierno transformador apoyado por una gran fuerza social se realizara en un país tan importante como Estados Unidos, o tan central en Europa e históricamente tan inspirador como Francia, con capacidad de irradiar impulsos fuera de sus fronteras y convertir una salida del capitalismo en asunto internacional, otro gallo cantaría. Pero, ¿dónde está esa enorme fuerza social necesaria para el cambio de la desmundialización ciudadana que soñamos?

El neoliberalismo de las últimas décadas consistió en la ruptura de los consensos sociales de posguerra. No está dispuesto a negociar al respecto y eso no tiene una solución electoral. Solo la imaginación, la audacia y el sueño permiten tantear y anticipar lo que por definición es siempre inesperado. Cuando nos adentramos en la boca del túnel es necesario reflexionar sobre todo ello sin hacerse ilusiones infantiles.

Rafael Poch

Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona) fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

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