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Renta básica y derechos humanos

Ernesto Ruiz Ureta – NuevaTribuna.es

En la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, se comienza diciendo: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana,…” Y en su artículo primero añade: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Pero eran momentos en los que los seres humanos salían de dos conflictos mundiales terroríficos que hicieron refrenar impulsos y pensar soluciones que convinieran al conjunto de la Humanidad y no sólo a los poderosos.

Sin embargo, las buenas intenciones en los hombres duran poco. Muchas declaraciones y constituciones vigentes  son muestra de buenas intenciones intentando  comprender la realidad y mejorarla, pero parece que el sino de las buenas intenciones en nuestra especie es durar poco en el tiempo, especialmente cuando la obsesión es tener más que los demás y para ello competir y rivalizar por los bienes y el poder. Son muchos los falsos dioses a los que los humanos nos rendimos y adoramos. La economía es uno de ellos, se ha convertido en la principal obsesión y remedio para la consecución de objetivos políticos. El crecimiento se ha convertido en un fetiche tabú. Hay economistas que consideran que lo importante es el incremento de la tarta social, el PIB, que creamos entre todos y, otros economistas, ven que es mediante un reparto equitativo de la tarta cuando se consigue el incremento de la misma y que, además, con decía Keynes, a largo plazo todo muertos, por lo que conseguir un aumento del PIB a largo plazo, dejando muchos en el camino, no parece muy recomendable para algunos.

¿Para qué sirve la economía, que debería ser una herramienta de mejora de la sociedad, si los integrantes de la misma se quedan en el camino? El crecimiento cada vez tiene menos que ver con la creación de puestos de trabajo a no ser que éstos tengan un salario que tienda a cero para hacer a los capitalistas más competitivos. Pero la financiación del Estado Social se basa principalmente en impuestos al salario y si éste va desapareciendo difícilmente puede mantenerse.

La renta básica tiene que ver con la búsqueda de un sistema social que se adapte más a las posibilidades de nuestro tiempo. Un repaso a las características del mundo capitalista nos demuestra con claridad la necesidad de tomar esta medida. Así vemos que las máquinas cada vez absorben mayor número de tareas que históricamente han venido y vienen realizando los humanos; las empresas buscan menores costes que principalmente tienen que ver con puestos de trabajo y o los han reducido o se están retribuyendo con sueldos de miseria que no dan para mantener una vida digna; en las sociedades el trabajo no remunerado es tan importante o más que el trabajo remunerado para la pervivencia de la sociedad, sin embargo apenas se valora; tenemos sobreproducción, podemos llenar el mundo de artículos, bienes y servicios, pero entramos en crisis cíclicas cada vez más graves y paramos las máquinas y despedimos a las personas de su puestos de trabajo y nos acostumbramos a ver morir personas de hambre.

Los verdaderos liberales ponen por encima del principio de igualdad al principio de libertad. El problema es que en un mundo en el que cada uno se busca la vida por su cuenta y en el que la vida es pura competición no se puede evitar que las desigualdades crezcan hasta el infinito y la igualdad de oportunidades se vaya eclipsando. La muestra la tenemos en el Paraíso de la  libertad, Estados Unidos, cada vez más desigual y con menos movilidad social.

Cuando los verdaderos liberales dicen: “creemos que una sociedad es tanto más virtuosa y éticamente avanzada cuanto menos egoístas y solipsistas sean sus miembros, y parte de esa reducción del egoísmo y del aislamiento social pasa por compartir tiempo y recursos con el resto de los conciudadanos. Lo que rechazamos, pues, no es tanto la redistribución de la renta per se cuanto la redistribución coactiva[1]”, podemos estar de acuerdo, pero ya sabemos dónde quedan las buenas intenciones y cómo los poderosos en un mundo hostil se aprovechan de los débiles. De momento lo que veo es que los que más tienen no son los que más contribuyen al bien común y, no obstante, son los que más beneficios sacan de la propia sociedad. Caemos en el error y en la incoherencia cuando no nos damos cuenta de que si la renta se vincula al trabajo y el trabajo se hace cada vez más por las máquinas serán las máquinas o sus poseedores, cuando no sean bienes comunes, los que tendrán que estar gravados por impuestos.

Por todo ello, merece consideración  estimar a la renta básica como una de las medidas que nos permitirían conseguir de una forma más segura el cumplimiento de los derechos humanos. El cometido de la economía es liberar a la sociedad del trabajo y la investigación, la innovación y el desarrollo hacen que la vida pueda ser más cómoda y mejor. La renta básica permite que cada persona pueda tener los recursos básicos para una vida digna y libre, permitiendo y dando la posibilidad de un desarrollo personal y autónomo. La satisfacción y la creatividad son consecuencias claras. Desde el punto de vista administrativo se reduce la burocracia. Y no podemos ser ciegos a la realidad y seguir diciendo que de dónde vamos a sacar el dinero para financiarla.

Todos nos hemos dado cuenta de los billones de euros que se han dado a los bancos a nivel mundial. Todos hemos oído hablar de la flexibilización cuantitativa, una forma de sacar dinero de la nada. Pues bien dejemos hablar a Stiglitz y veamos para que sirvió: “Una política monetaria agresiva (la llamada flexibilización cuantitativa), más preocupada por restablecer los precios en el mercado de valores que en volver a conceder préstamos a las pequeñas y medianas empresas, resultó mucho más eficaz a la hora de devolver a los ricos su dinero que para beneficiar al ciudadano medio o crear empleo. Por eso, en los primeros tres años de la llamada recuperación, alrededor del 95 por ciento del incremento de las rentas fue a parar al 1 por ciento en la cima y, seis años después del comienzo de la crisis, la riqueza media estaba un 40 por ciento por debajo de los niveles anteriores[2]”. La renta básica es una solución más lógica incluso para el crecimiento de la tarta a repartir ya que aumenta la demanda de los bienes y servicios más necesarios y no de aquellos superfluos e incluso inútiles. Lograría, además, que el esfuerzo del 99 % de la sociedad recaiga en ellos mismos lo que nos lleva a un mundo más justo y equitativo.

(1) Rallo, Juan Ramón. Contra la renta básica. Edición Kindle. Deusto, 2015

(2) Stiglitz, Joseph E. (2015:38). La gran brecha. Taurus.

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