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Adiós, Obama

La Jornada

El primer afrodescendiente que ocupó la presidencia de Estados Unidos dejará mañana la Casa Blanca y ayer ofreció su última conferencia de prensa como jefe del país más poderoso del planeta. Se va con una popularidad igual a la que tenía cuando tomó posesión del cargo (60 por ciento), hace ocho años, y dos tercios de los estadounidenses piensan que su gestión fue un éxito. Tienen razón, sin duda, si se observa el bajo desempleo, la reducción de la pobreza, el alcance de los programas sociales y la superación de la grave crisis económica incubada por la administración de su antecesor, George W. Bush.

Pero en el otro lado del balance doméstico, pesan la creciente violencia interna en la que se encuentra sumido Estados Unidos, el avance de la vigilancia policial sobre los ciudadanos y, sobre todo, la permanencia de rezagos, marginaciones e inconformidades sociales que terminaron por encontrar una vía de expresión en el respaldo a la candidatura de Donald Trump, cuya llegada a la presidencia abre una etapa de incertidumbre y zozobra en el propio territorio estadounidense y en el mundo.

En el terreno internacional los dos periodos de Barack Obama dejan un saldo mucho más discutible. Galardonado con un premio Nobel de la Paz entregado a priori y salvo buen cobro, el político demócrata demostró estar muy por debajo de la presea. Entre 2009 y 2016 el Departamento de Estado mantuvo una actitud injerencista en todo el globo y las agencias de espionaje de Washington intervinieron de manera furtiva las comunicaciones de varios jefes de Estado, ministerios, empresas, instituciones diversas y millones de personas de incontables países. El poder político estadounidense impulsó y dirigió la guerra contra la delincuencia emprendida por Felipe Calderón en México, auspició golpes de estado en Honduras y Paraguay, estuvo a punto de agredir militarmente a Irán –riesgo que fue conjurado a última hora por la diplomacia de Moscú– y, lo más grave, desestabilizó a Libia y Siria, y causó el desastre que aún padecen esos países.

Cierto, en el último tramo de su segundo mandato Obama emprendió, junto con el presidente cubano Raúl Castro, un trascendente proceso de normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y si bien no logró erradicar el aberrante bloqueo económico impuesto por Washington contra la isla desde hace más de medio siglo, consiguió imprimir al menos un viraje histórico en la hostilidad sistemática de la Casa Blanca hacia el gobierno de La Habana.

En materia de migración Obama se caracterizó por deportar a más indocumentados latinoamericanos –mexicanos, en su gran mayoría– que cualquiera de sus antecesores, pero no pudo llevar a cabo la reforma migratoria que resulta imperativa para hacer efectivos los derechos básicos de millones de personas en el país vecino.

En suma, los dos mandatos de Obama se caracterizan por luces y sombras cuyo balance queda muy por debajo de las promesas de cambio formuladas por el político negro, joven y desenfadado que llegó a la Casa Blanca en enero de 2009, y que desde luego resulta insatisfactorio si se le coteja con las expectativas generadas entonces en su país y en el mundo. A fin de cuentas, el mandatario saliente terminó por servir a los intereses financieros e industriales y en materia de política exterior se lanzó en brazos de los halcones demócratas. Pero su mayor fracaso se llama Donald Trump, quien mañana asumirá como el presidente número 45 en la historia de Estados Unidos y quien, por lo que puede verse, llevará a muchos a evocar con añoranza los tiempos de Obama.

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