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Mercantilización financiera y crisis climática (II)

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Antonio Fraguas

Los anticuerpos del sistema

El capitalismo neoliberal siempre ha sido consciente de los daños que ha ido provocando sobre el Planeta. Para ir solventando esta responsabilidad ha ido pasando por diversos procesos de integración de cara a dar un rostro amable y preocupado de su acción. Es lo que el Razmig Keucheyan llama los anticuerpos del sistema capitalista, en su brillante ensayo «La Naturaleza como campo de batalla», unos anticuerpos que le sirven al «modelo oficial» para soportar una realidad como es la esquilmación a la que someten a los recursos naturales. Esta es la «complicidad» que busca el Foro de Davos, una complicidad teñida de mensajes y acciones falaces cuyos resultados pueden tildarse de la mayor perversidad de la historia de la humanidad reciente. Y no exagero pues está en juego esa propia historia. En la Figura adjunta se observa gráficamente este proceso que se explica a continuación.

Reacciones del Sistema Neoliberal
Reacciones del Sistema Neoliberal

Los pasos de adaptación (generación de anticuerpos) han sido paulatinos. Durante los años 60, aunque ya se empezó a negar los problemas ambientales, el crecimiento económico y la sociedad del bienestar todo lo justificaban. Tras el tremendo trauma social que supuso la II Guerra Mundial, donde por cierto ya algunos personajes ahora teñidos de «sostenibilidad» hicieron negocios que aún perduran, vinieron años de una supuesta prosperidad donde se fortalecieron las clases medias con el consiguiente reinado del consumo.

El abuso de los recursos naturales que este tan proceloso ataque global de optimismo, trajo consigo como consecuencia las primeras señales de alerta con los magníficos Goldsmith (Manifiesto por la Supervivencia), Barry Commomer (que fue básico para el desarrollo del ecologismo político) y, quizás el más destacado Informe Meadows del Club de Roma, sobre «Los límites del crecimiento». Era principios de los 70 (1972 para ser exacto) y ya sabíamos que el camino llevaba al precipicio.

No obstante, en los años 80 surge un supuesto gran avance para reorientar equilibradamente el modelo. Es una etapa CORRECTIVA, donde las necesidades de depuración de aguas, gases, la gestión de residuos, etc… implicó unas inversiones en políticas ambientales que generaron un ya primigenio mercado verde. Todo basado en el tan perverso «quien contamina paga» que se convirtió en «pago y puedo seguir contaminando». El hasta dónde poder seguir degradando supuso un primer proceso de mercantilización, pues implicaba empezar a pensar en términos económicos la restitución de los valores naturales. Se crea pues ese mercado verde, un primer «Green» Deal, que hoy está tan en las agendas políticas y empresariales.

Ya en los años 90 hasta el fin de siglo el proceso siguió dando una vuelta de tuerca. Crecen las políticas llamadas PREVENTIVAS que supuso un impulso de la sostenibilidad como paradigma. Una buena idea que de tanto sobarla, manipularla, ajarla … se rompió. Era el Desarrollo Sostenible cuestionable (un oxímoron se decía) pero un intento de compatibilizar crecimiento (se entiende así el concepto de Desarrollo) y recursos naturales. Se asienta «lo verde como negocio, como oportunidad» y se lanzan los procesos de monetización de la naturaleza, con el Programa de Evaluación Económica de los ecosistemas del Milenio como estandarte. Es la idea de valorar económicamente los ecosistemas para incluir esa valorización en el sistema vendiendo la prevención como vehículo de soporte. El plan estaba trazado.

A partir de aquí y en los años 2000 (y hasta hoy en día) estamos en el último escalón de momento de los procesos donde la Economía atrapa a la Ecología sin integrarse en ella. Estamos en el lanzamiento de las políticas COMPENSATORIAS de efectos que supuestamente no se pueden paliar. Si no se puede (ni se quiere) minimizar ni corregir, se buscan supuestas contrapartidas; el cómo lo pondrá en la mesa el sector bursátil con los procesos de financierización que desde la banca son fomentados como soluciones, ya desde el mismo Protocolo de Kioto. Luego desarrollamos este aspecto.

Sería factible pensar como hipótesis de trabajo que este proceso de adaptación de la posición del mundo económico con respecto al medio ambiente y el cambio climático, podría ser a priori planteable …, si no fuera porque el fracaso del planteamiento ha sido total. Los niveles de CO2 en la atmósfera son los más elevados a los que se ha enfrentado el Planeta. Baste recordar además que aproximadamente la mitad de los gases de efecto invernadero expulsados por el ser humano a la atmósfera, se han emitido desde 1980, la era del desarrollo sostenible. Asimismo, la pérdida de suelos fértiles y de biodiversidad (especies y espacios) es mayor que nunca, los incendios son más y más devastadores, los problemas de abastecimiento y saneamiento de las aguas siguen siendo los mismos y cada vez peores. Los indicadores de todos los vectores ecológicos son los peores de la historia de la humanidad. El fracaso es evidente.

Los pasados Objetivos de Desarrollo del Milenio no se cumplieron y es muy previsible que así ocurra con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, otro «deja vu» bien intencionado quizás, pero que da respuestas insuficientes creando espectativas ilusionarias y como tal contraproducentes, pues genera la idea de que «algo se está haciendo» cuando lo que se hace realmente es insuficiente. El Capitalismo aunque se tiña de verde no puede superar su base fundacional como es la de necesitar un crecimiento permanente en un planeta de recursos finitos.

El Riesgo como Negocio Financiero

Antes ya introduje el asombroso hecho de plantear la financierización de la naturaleza como solución. Este ya no es un lavado verde de la actividad humana. Se trata de seguir lucrándose financieramente con las heridas causadas en la naturaleza. Son esas «nuevas oportunidades de negocio» que brinda el desastre en un perfecto bucle donde el lucro que se dio y debido al cual se causó el problema, tiene continuidad en la supuesta corrección del mismo sin que esta sea realmente efectiva pues en sí el mantenimiento del problema (cambio climático) genera negocio.

Esta financierización de la naturaleza está impulsada por un supuesto ambientalismo que en nada preocupa la naturaleza sino los negocios privativos que de ella podrían extraerse, y que caen en manos de agentes financieros cuya preocupación es la de monetarizar y mercantilizar unos «servicios y bienes» ecológicos con independencia de la nula seriedad científica en que se basen las valoraciones, y con el único objetivo de crear un nuevo mercado especulativo con otras herramientas aunque dé igual que lo que esté en juego sea el futuro común. Se trata de una nueva burbuja ambiental y climática que no solo no resuelve los problemas ambientales sino que los incentiva, pues es la degradación ambiental la que genera las expectativas de negocio. Es obvio que esta especulación financiera distorsiona y dificulta la eficacia de las políticas de reducción de gases de efecto invernadero.

Los Acuerdos por el clima de NNUU (COP) que se han ido firmando en estos últimos años no solo no limitan sino que han fomentado esta financierización. Así, los mercados de carbono, generados en origen por el Protocolo de Kyoto en un proceso que hoy mueve unos 150.000 millones de dólares y supone un mecanismo especulativo donde ilusoriamente se pretende que el mercado corrija los déficits que ha generado él mismo, con el lógico resultado de que el CO2, causante del calentamiento global, no solo no se ha reducido sino que se ha incrementado a nivel mundial y con él el negocio empresarial añadido, con independencia de que los efectos del Cambio Climático los sufran millones de personas, fundamentalmente los países menos desarrollados que menor responsabilidad tienen en la causa del problema.

Desde Europa se ha globalizado este Mercado de Carbono generando un derecho a seguir contaminando con un filtro financiero que se estructura sobre créditos de carbono, un nuevo «mercado común» donde las empresas compran y venden derechos para seguir contaminando, es decir, emitiendo CO2 y en todo caso planteando como Mecanismos supuestamente compensadores de sus emisiones, la puesta en marcha de actuaciones y proyectos que poseen en sí un enorme impacto ambiental y sin embargo son vendidos como «energías verdes» (p.ej. grandes hidroeléctricas).

A este mercado del carbono en los  últimos años coincidentes con la llamada crisis económica, se han creado otros mercados de financiarización de los riesgos ambientales, transfiriendo el modelo especulativo a otros vectores ecológicos al transformar esos riesgos en créditos o bonos con los que se especula en bolsas especiales (bonos ante fenómenos climáticos extremos, mercados de CO2, «Bancos de biodiversidad»…). Con apoyo en los sistemas de Seguros que siempre han estado en el corazón del capitalismo como dispositivos de protección de inversiones, se han creado otros y muy variados “productos” que se han extendido a este nivel y crecen en valor proporcionalmente a la escasez de los recursos naturales incentivando indirectamente su degradación. Por ejemplo, los seguros climáticos como bonos “catástrofe” o “bonos cat” (sí, se llaman así) cubren desastres naturales un mercado de casi 40.000 M$ en los últimos cinco años ligados a huracanes, maremotos, tifones, etc… son lanzados por aseguradoras o reaseguradoras para trasladar el riesgo que asumen. El mecanismo es el habitual: las empresas de seguros venden los bonos para ayudar a cubrir potenciales reclamaciones de indemnización debidas a estos desastres naturales muchos de ellos (en realidad casi todos) ligados en un mayor número y dureza al cambio climático.

Otro proceso especulativo creciente es el mercado de «bonos verdes» o endeudamiento ligado directamente al desarrollo respetuoso con el medio ambiente (mercado de títulos de crédito para financiar proyectos contra el cambio climático u otros proyectos «correctores» de impactos) implica inversiones a largo plazo donde el 70% de los bonos se comercializan a más de diez años, tiene emisores como entidades multilaterales, organismos de inversión internacional, empresas agresivas al entorno, entidades financieras o incluso administraciones públicas. Ese mercado de «bonos verdes» ha pasado de los 2.600 millones de dólares (2.364 millones de euros) en 2013 a más de 300.000 millones de dólares en 2017, con una enorme previsión de crecimiento según la «Climate Bonds Initiative». Esta hegemonía del poder financiero ha provocado que se primen rentabilidades a corto plazo, obviando medidas preventivas y correctoras ambientales y priorizando la extracción de los materiales de los ciclos naturales muy por encima de su capacidad de regeneración. Una realidad que también se ha dado y se dará con el acaparamiento de tierras por parte de élites financieras como reservas energéticas o alimentarias, en una recolonización que ahondará más las actuales desigualdades.

En los últimos años incluso la Biodiversidad ha sido y es también objeto de una mercantilización y va tomando rostro en algunos países carentes de la necesaria regulación. Así los “Bancos” de conservación o de hábitats, el propio concepto de “capital natural” o el Pago por Servicios Ecológicos (la terminología neoliberal cala en la sociedad) o las reforestaciones como sumideros de CO2, pueden generar “créditos” o bonos intercambiables también en el mercado financiero perpetuando el problema de desaparición de especies animales y vegetales que también afecta directamente a nuestra calidad de vida.

La política ambiental en los 30 últimos años
La política ambiental en los 30 últimos años

La realidad es que a más capitalismo, mayor probabilidad de desastres naturales por la desregulación que conlleva, incrementando incluso posibles riesgos fiscales en los Estados, pues cuando los costes de corrección de los efectos ambientales son excesivamente caros para la cuenta de resultados de las empresas, estas transfieren el costo al Estado como en su momento ocurrió con los desmanes financieros. Es la lógica misma de este sistema: socialización de los costos, privatización de las ganancias, en este caso también a nivel ambiental.

La paradoja de todo esto es que a efectos de contabilidad nacional y de Producto Interior Bruto (PIB), no hay repercusión negativa pues las grandes catástrofes sanitarias y/o ambientales que le cuestan cientos de miles de millones de euros a la colectividad, no se contabilizan como tales sino como aportaciones de riqueza en la medida en que generan actividades económicas (su resolución) que se expresan en dinero; todo ello gracias a la singular alquimia de nuestros sistemas de contabilidad (PIB), que miden pésimamente la realidad de un país.

La financierización de la naturaleza, pues, no solo no resuelve los problemas sino que los incentiva, los recrea, en su lógica de rentabilización de inversiones especulativas favoreciendo así a los generadores de los efectos ambientales. Por mucho capitalismo “verde” o de “rostro humano” que se nos quiera vender la realidad es que el problema en sí es el capitalismo. No valen adjetivos.

Sin embargo, y a pesar de todas las evidencias la Comisión Global sobre Economía y Clima, copresidida por Lord Nicholas Stern (Banco Mundial) estima que será necesario invertir del orden de 90 billones de USD para 2030 para evitar que la temperatura del planeta aumente por encima de los 2°C a finales de siglo respecto a la era preindustrial. Este enorme despliegue de capital (cifra que es superior al valor del stock actual de la infraestructura del mercado de la economía verde) representa grandes oportunidades especulativas para empresas e inversores que alinean sus carteras con los retos globales. La economía verde representa un 6% del mercado bursátil mundial, o alrededor de 4 billones de USD, valor derivado principalmente de los servicios de energía renovable, eficiencia energética, agua, residuos y contaminación. Su valor podría aumentar hasta representar el 10% del valor del mercado mundial para el año 2030, lo que supondría un volumen aproximado de inversiones verdes para entonces de unos 90 billones der USD (cifra similar a la que representa el mercado mundial de la salud).

Esta es la base de las nuevas orientaciones basadas en un New Green Deal que vienen de USA, Alemania, Reino Unido y que han llegado a España. La cuestión es de nuevo: ¿Qué New Green Deal?. La cuestión en sí es plantear si esta inversión no sea una vez más una herramienta lampedusiana (cambiar todo para que nada cambie) que suponga un cambio tecnológico a nivel energético sin modificar el modelo en sí mismo. Un New Green Deal que pretenda realmente ser transformador debe mirar hacia un proceso transicional promoviendo la descentralización completa del modelo energético, empoderando a la ciudadanía y potenciando sus elementos de coordinación más allá de las grandes corporaciones de producción y distribución energética, incentivando también acciones de economía social y de cercanía que están emergiendo como nueva punta del iceberg.

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