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Alboroto en los bancos

León BendeskyLa Jornada

La semana pasada estalló un episodio de turbulencia en los grandes bancos internacionales. Una de sus manifestaciones se centró en el Deutsche Bank, el grande de los bancos alemanes. Las acciones se precipitaron en una caída en la que su precio llegó al nivel más bajo de los últimos 30 años.

Cuando la dirección de Deutsche declaró que la entidad podía cubrir sus deudas, la confianza de los inversionistas se mermó aún más, al contrario de lo que se esperaba. Pero los directivos insistieron, señalando que el banco era sólido como una roca, el ministro de finanzas, Schäuble, dijo que no estaba preocupado por la situación del banco, y las acciones seguían bajando.

La situación de Deutsche no era única. Otros grandes bancos: Credit Suisse, Standard Chartered, Bank of America, Merrill Lynch y Morgan Stanley también registraron fuertes pérdidas. Todo esto tiene eco en la crisis financiera de 2008.

Las interpretaciones que se dieron sobre esta condición fueron las que se han vuelto convencionales en esta etapa en que la fragilidad económica y financiera a escala global se han acentuado de nueva cuenta.

Se trata del relativo estancamiento de la economía china, de la abrupta y persistente caída de los precios del petróleo, o bien, del efecto de las políticas monetarias aplicadas por los principales bancos centrales, que han llevado las tasas de interés a niveles negativos en términos nominales.

El efecto de estas condiciones acaba incidiendo en la expectativa de pérdidas en los créditos bancarios. Los rasgos son los conocidos y que definen las crisis. Esto puede parecer un asunto lejano para la mayoría de los mortales, después de todo, no tenemos acciones de estos bancos. Pero no es así, las repercusiones afectan al proceso económico y a la gente en general. No cabe ignorarlo.

Todo esto ocurre en un entorno de muy bajas tasas de inflación o, de plano, de deflación. El mercado es muy sensible a la caída del nivel de los precios, puesto que cambia de modo radical las expectativas de ganancias y afecta negativamente las decisiones de inversión con las secuelas de rebajas en la actividad productiva, el empleo y los ingresos.

De manera casi instintiva los banqueros y los expertos financieros suelen concluir de estos procesos que: Las personas racionales suspenden la racionalidad cuando los mercados se mueven de modo rápido y desordenado. Siempre reaparece este fantasma de la racionalidad. Es una especie de recurso altamente pegajoso que ha provocado una forma dominante en el pensamiento de los economistas, en las acciones de la industria financiera y, no menos importante, en el discurso de los políticos en todas partes.

La racionalidad de los agentes económicos tiene expresiones muy limitadas que no se pueden trasladar a la complejidad de los mercados de modo mecánico. Pero facilita el trabajo con modelos matemáticos que tienden a distanciarse de las relaciones de producción, en la forma concreta y práctica en las que se forjan y en su dinámica social.

De poco han servido en las últimas décadas la advertencias de Keynes desde la década de 1930, las más recientes de Kahneman, provenientes de la psicología, o las propuestas de Mandelbrot, enmarcadas en la noción del mal comportamiento de los mercados y su impacto en la determinación de los riesgos, las recompensas y la ruina que esto suele provocar.

Las ideas predominantes en la gestión económica sirven en el espacio reducido en el que se asigna una racionalidad predeterminada a los agentes económicos como medio de control del análisis de los mercados. El alboroto reciente en los grandes bancos comerciales y de inversión obliga a este tipo de pensamiento a cancelar, aunque sea de modo temporal, los supuestos de la racionalidad de los procesos económicos y de su dinámica. Esto es muy conveniente para ciertos fines.

Ante la caída del precio de las acciones del banco J. P. Morgan (el más grande de Estados Unidos por sus activos), el director Jamie Dimon compró acciones por valor de 26 millones de dólares. Se dice que esto demuestra la confianza que tiene en su banco. Lo cierto es que las compró a un precio muy reducido y, seguramente, no va a perder su patrimonio. El Deutche Bank también recompró a menor precio sus propias acciones y provocó que aumentaran 10 por ciento su cotización. Las acciones de los bancos europeos están en el nivel histórico más bajo. Todo esto genera malas expectativas y, por otro lado, una renovada especulación.

Los bancos centrales están en el centro del alboroto, tratan de contrarrestar la tendencia deflacionaria que empuja la actividad económica hacia la recesión. Las tasas de interés negativas son un indicador de las malas condiciones prevalecientes y exhiben las limitaciones de las políticas de austeridad. Luego de subir las tasas de referencia, la Reserva Federal indica ahora que podría incluso volverlas a bajar e incluso llevarlas a territorio negativo. La situación muestra, otra vez, la relevancia del alboroto económico predominante.

Todo esto tiene un efecto perverso en la condiciones financieras de México. El banco central elevó las tasas internas en medio punto porcentual, alterando las condiciones de la estructura financiera y de las deudas en la economía. Mientras, sigue la fuerte presión sobre el valor del débil peso. Aquí sigue siendo un hecho clave la preponderancia de los bancos extranjeros en el sistema financiero, su fragilidad puede acarrear presiones fuertes, que se agravan por la crisis interna.

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