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La (re)construcción de lo común en el siglo XXI

Albino Prada – Comisión JUFFIGLO ATTAC España

A comienzos de este siglo XXI hemos transitado de la más rotunda hegemonía de lo privado, de la privatización, del individualismo y del mercado a una gigantesca intervención con ingentes fondos públicos por parte de nuestros gobiernos en los bancos, empresas y presupuestos familiares. Habríamos pasado así de la idea de un Estado mínimo a la de un Estado máximo. Una transición temporal causada por el tsunami provocado por la explosión de la burbuja financiero-inmobiliaria que, con epicentro en los Estados Unidos, habría madurado en las últimas décadas del siglo XX en buena parte del mundo y, muy singularmente, en España.

Habría finalizado de esta manera un ciclo de fuerte crecimiento económico alimentado por una vertiginosa aceleración del endeudamiento privado (de las familias para comprar vivienda, ocio o automóviles; de las empresas para crecer, expandirse, pagar dividendos millonarios a sus accionistas o sobresueldos a sus gestores) para de repente caer en una recesión que, si se quiere evitar que derive en una prolongada depresión, requiere como terapia una mutación del mismo mecanismo: consistente ahora en ser alimentado por un acelerado endeudamiento público. En su conjunto se nos revela así la enorme dificultad de las sociedades humanas para prever y organizar sabiamente su futuro, debido a su subordinación a la lógica de los beneficios a corto plazo. Richard Dawkins escribió: “La naturaleza, a diferencia de los seres humanos, no es capaz de prever”. Dawkins sobreestima sin duda a los humanos.

A la vista de un tal movimiento pendular podría tener utilidad reflexionar sobre el porqué de aquél mínimo (Estado) y el sentido de aquél máximo transitorio (de Estado) no vaya a ser que en ambos casos se trate de cambiarlo todo para que nada cambie. Reflexionar, por tanto, sobre el antagonismo entre lo privado y lo público en estos inicios del siglo XXI. Me propongo razonar sobre lo común como contrapunto de lo individual, en la perspectiva de un nuevo comunismo frente al actual individualismo galopante.

No me parece que esté resuelto el tránsito que conduce de los vicios privados a las públicas virtudes, como sostenía un padre de la Economía con su metáfora de la mano invisible. Ya que ni el largo plazo ni los objetivos colectivos cuentan, por ahora, con quién se haga cargo de ellos de forma resolutiva. Y como quiera que el corto plazo y el individualismo nos han conducido en reiteradas ocasiones a graves colapsos económicos, podría haber llegado la hora de utilizar mucho más nuestro cerebro, nuestra capacidad para actuar con una racionalidad previsora, precautoria y, necesariamente colectiva. Como supone R. Dawkins que debiéramos hacer.

(Re)definiendo lo común en el Siglo XXI

El concepto de lo común, o de bien común, no ha perdido vigencia real por más que sí lo haya hecho en las ideologías dominantes y las políticas derivadas de las mismas. Pongamos por caso en la corriente principal y mayoritaria en economía. Porque cuando hablamos de introducir un nuevo impuesto (sea sobre la contaminación o sobre el aprovechamiento hidroeléctrico de los ríos), de la necesidad de una cierta austeridad en el gasto público (por ejemplo en gigantescas infraestructuras presuntamente culturales), de tener en cuenta a las generaciones futuras y su bienestar (por ejemplo cuando razonamos sobre el cambio climático), de obligarnos a derechos y deberes más allá de las fronteras de los Estados nacionales (bien sea en la Unión Europea o en las Naciones Unidas), de reparar en las necesidades de grupos nacionales o sociales minoritarios (nacionalidades, homosexuales, …) de los que hablamos es de la construcción laboriosa, frágil y variable que va siempre mucho más allá de los intereses individuales.

El hecho de que a día de hoy tales construcciones no pasen por sus mejores momentos no impide que sea cierto que muchas de las cuestiones consideradas críticas en economía, medio ambiente, emigración, investigación científica o seguridad solo puedan gestionarse adecuadamente en una escala colectiva e internacional. Porque son cuestiones o bien directamente colectivas o que no son reducibles a propiedades individuales que se agreguen o sin más se sumen porque son lo que se denominan propiedades emergentes.

Sin embargo las cuestiones críticas y los ejemplos citados son reflejo de demandas colectivas que a día de hoy están, como poco, desarticulados, disociados, escamoteados en la agenda social de nuestros gobiernos. Quizás haya que buscar una razón para que ello sea así en una no pequeña dificultad para contemplarnos unos a otros como semejantes, para abstraer nuestras diferencias sociales (de estatus, lenguas, edades, género, nación, etc.).

Una forma de visualizar que esto es así, que existe esta dificultad, sería el declive del prestigio de los edificios públicos (un centro educativo, un hospital, una biblioteca, …), su alejamiento … como si ya no quisiésemos resaltar el orgullo de la vida pública, de los intereses colectivos. Y lo contrario se visualizaría en las mareas privatizadoras del mundo de lo común, pongamos por caso sobre los sistemas de pensiones de jubilación (ya directamente en planes privados o inoculando la idea de la hucha en los públicos), en la proliferación de los servicios de seguridad privada para subrayar la diferencia segregadora en ciertos espacios de uso colectivo (centros de ocio, comerciales, etc.).

A estas dificultades de agregación y suma de las partes afectadas se deben añadir otras de agregación temporal: la dificultad de articular el largo plazo frente al dominio de las particulares demandas inmediatas. Es éste un ruido de fondo que se amplifica cuando no se considera que existan asuntos en los que domina la emergencia: allí donde el todo es mucho más que la suma de las partes, que el largo plazo no se construye con muchos cortos plazos. En estos asuntos la periodicidad y duración de los ciclos electorales supone contar con un horizonte temporal de decisión muy limitado, ciclos que no se ajustarían en absoluto al largo plazo que reclaman buena parte de los intereses colectivos.

Trabajan también en contra de lo público, de lo colectivo, numerosas novedades en lo relativo a la movilidad, construcción y manejo de los espacios físicos, urbanos, del territorio. Singularmente con el triunfo y dominio de la movilidad privada con automóviles particulares frente a las opciones colectivas de transporte. Una opción que incluso favorece la desaparición de la base material del concepto de ciudadanía puesto que hoy ya es habitual que donde uno resida no sea donde se trabaja. Se provoca así una ruptura con los tradicionales vínculos del tejido social, una ruptura que conduce al encapsulamiento en la propia vivienda, a la idea patética de la república independiente de tu casa según la mercadotécnica global.

El paradigma de las urbanizaciones residenciales, siempre a tiro de piedra del automóvil particular (o de varios), funcionan como extensión del espacio privadamente organizado a expensas del espacio público; y aunque cuentan con espacios comunes ya no se trata de espacios públicos. Acostumbran desaparecer aquí los paseos, plazas, cafés, parques … solo sobreviven las vía urbanas como espacios públicos de mero tránsito.

La desaparición de las calles viene acompañada de la del comercio tradicional, emergiendo los macro centros comerciales a la medida del automóvil particular. Bien sea en su factura norteamericana o francesa “los políticos, la policía, los trabajadores sociales y hasta los dirigentes religiosos saben que los centros comerciales se han convertido en la plaza principal de las ciudades. Pero a diferencia de las plazas antiguas, que eran y siguen siendo espacios de discusión comunitaria, de protestas y de reuniones políticas, el único tipo de discurso que se permite en estos espacios es la charla sobre mercadotécnica y consumo. Los manifestantes pacíficos son expulsados rutinariamente por los servicios de seguridad porque perturban las compras y las protestas políticas allí dentro son ilegales”.

Los guardias de seguridad de estos centros comerciales sostienen que aunque el edificio haya reemplazado la plaza pública de la localidad en realidad se trata de una propiedad privada. Estamos en presencia de un espacio de uso público que ha sido objeto de una redefinición radical. Podría ser esta la causa por la que en el contexto norteamericano, que nos aventaja en varias décadas en esta transformación, se diseñase la primera ciudad Disney (Celebration en Florida) con una sorprendente ausencia de espacios públicos (parques, edificios comunitarios, plazas, etc.).

Un nuevo síntoma de retroceso de lo público se concretaría en el retorno de los fundamentalismos religiosos como alejamiento de un común acervo laico entre todos los ciudadanos. Sería éste un riesgo civilizatorio al alimentar la diferencia como error del otro, pues si bien lo público y colectivo no debe colisionar con las opciones particulares, tampoco debe ser anulado por las mismas.
Otro caso más que significativo lo tenemos en la privatización de la guerra. Aun siendo éste uno de los espacios habitualmente aceptados para ser gestionados por un Estado mínimo, llama la atención como en nuestras guerras las empresas que las subcontratan escapan a a lógica de los Estados. En el Irak ocupado en los inicios del siglo XXI el personal de las empresas privadas norteamericanas de defensa y seguridad superó el de las fuerzas militares regulares.
Como resultado de todo lo que antecede nos encontraríamos con un paulatino dominio de la política pensada y diseñada para clientelas particulares (ya regionales, minorías, jóvenes, mayores, motoristas, automovilistas, etc.) a las que se les ofrecen remedios o recetas a la medida. Nace así una política diseñada en detrimento de la sociedad como un todo y como síntoma de un espacio público desarticulado, fragmentado. Los ciudadanos habrían dejado de serlo, se habrían convertido en clientes.

¿Sobrevive lo común?

Aunque, como acabamos de repasar, los sentimientos colectivos se encuentran no poco desarticulados y disociados, a pesar de las grandes dificultades para abstraer las diferencias e imaginarnos como semejantes, a pesar de la innegable dificultad de articular el largo plazo frente al dominio de las demandas inmediatas, … aun así es difícil no reconocer lo público, lo común.
Los bienes colectivos, los intereses, oportunidades y riesgos compartidos afloran en no pocos ejemplos percibidos como singularmente valiosos. En general se hace difícil no reconocerlo en todo aquello que nos da miedo o nos indigna. Pues existiría un cierto instinto de unidad del género humano ante la maldad (la guerra, la contaminación, los riesgos alimentarios, el cambio climático, las crisis financieras, …). Añádase que también es difícil dar la espalda a contratos intergeneracionales que son el fundamento de nuestros sistemas de pensiones, o a propiedades emergentes de nuestro tejido social como la estabilidad, la seguridad o, incluso, la productividad.

Sin todo ello sabemos que no existirían las calles, los paseos, las plazas, los cafés, los parques, los museos o muchos espectáculos y deportes. Perderían su sentido, sin duda alguna, muchas de nuestras infraestructuras colectivas. Sería también difícil entender y organizar el avance del conocimiento y del capital tecnológico.
En un mundo que es global e interdependiente como nunca antes lo había sido no solo lo que está más allá de los individuos sino lo que está más allá de los Estados nacionales tiene que ver con todos nosotros. Ese es el caso de nuestra Unión Europea como gigantesco reto para asentar intereses comunes en un mundo corroído por lo privativo e individual.

De manera que concluiríamos esta línea de argumentación sobre la (re)definición de lo común comprobando que más allá de la dificultades y amenazas revisadas, más allá del dominio potenciado y pregonado (en la publicidad masiva) de las necesidades privadas … aún se reconocería la existencia y las demandas de un conjunto de asuntos comunes y colectivos. En consecuencia que las sociedades son mucho más que la agregación simple de sus individuos, que existen propiedades y resultados que emergen de la cooperación colectiva, por ejemplo en los riesgos y avances de la investigación científica o en lo relativo a la sostenibilidad ambiental.

Por este tipo de causas no pocas cuestiones críticas (económicas, de seguridad, etc.) solo podrían gestionarse adecuadamente a nivel colectivo y singularmente internacional. En unos casos estaríamos ante los beneficios de la cooperación y en otros ante los costes de no cooperar. En todos, y por detrás de todos, estaría la idea positiva de vivir y trabajar cooperando, la beneficiosa perspectiva de la acción común y colectiva.

Política, común, colectivo: en el Siglo XXI

Por excéntrico que pueda parecer el recordarlo la política sólo tiene sentido como organización de lo común, de lo colectivo. En consecuencia la función fundamental de la política va a seguir siendo en este siglo XXI la producción y distribución de los bienes colectivos necesarios en el desarrollo de una sociedad. Un ejercicio que reclama adoptar decisiones colectivas en un plazo de tiempo casi siempre reducido, con escasez de información y de recursos y muy frecuentemente en situaciones de alta complejidad. Sobre este concepto y encaje argumental vamos a anotar características (o, si se quiere, hilos conductores) de una tal actividad productora: unos positivos (que convendría potenciar) y otros negativos (que convendría evitar).
Entre los rasgos positivos de la actividad política –aún a riesgo de ser reiterativos- se anotaría su capacidad para hacer operativa una cierta unidad de la sociedad, el valor añadido de la cooperación, pues (si el todo es más que la suma de las partes) la política se ha de concretar promoviendo la cooperación. Para ello se hace necesario tomar decisiones sobre lo que se considere bien común en cada momento, aún que tenga que hacerse en situaciones de urgencia y sin contar con todos los datos que serían convenientes, muchas veces con no pocas incertidumbres. Reclama que nos ocupemos de necesidades emergentes, como sucede con la conservación del medio ambiente o la manipulación genética, derechos que son colectivos de generaciones futuras.

En todos los casos se trataría de situar los asuntos implicados en un plano de discusión y debate público, lo que quiere decir que no se pueden dejar ni en manos de los técnicos, ni en la de los profetas, ni en la de los fanáticos. La política se ocuparía de cosas demasiado como para dejarlas en manos de los especialistas; una cosa es aconsejarse con ellos para disponer de un juicio propio, pero en el momento de la decisión colectiva la responsabilidad no puede ser delegada en los técnicos.
Siendo una tarea que se sitúa más allá de los técnicos y de los especialistas también nos debe permitir ampliar el campo de lo posible. En el peor de los casos será el arte de hacer lo que se pueda con lo que se tiene, lo mejor para unas condiciones dadas. No para llegar antes o para ir más deprisa, sino para hacerlo mejor, más reflexivamente.

La actividad política, como productora-organizadora de lo común y de lo colectivo, tendría por el contrario y al mismo tiempo otras aristas que debiéramos evitar. Así por ejemplo el pretender obtener consensos universales, sin fisuras o discrepancias, ya que sería tanto como no reconocer que nuestra visión de las cosas es necesariamente limitada. Hacer política no pasa por aspirar todos a lo mismo. Tampoco pasa por privatizar los asuntos, por apartarlos de la discusión colectiva (aborto, eutanasia). Ni tampoco, previa declaración de irrelevancia o complejidad, pretender que las cosas se decidan en otro sitio, lejos de la política.

Debiera también evitarse la posición de “ir tirando”, de ajustarse a la espontaneidad de las cosas, al estancamiento en el statu quo, al temor a salirse de las fórmulas convencionales que habría funcionado hasta ahora. Evitar la pobreza de iniciativas y de imaginación, la indecisión, la rutina … pero también la simplificación. Y aun siendo muy popular la idea de que siempre existirá el mejor procedimiento, el óptimo económico o la situación eficiente, asumir que en no pocas ocasiones hacer política de altura supondrá aceptar el hecho de que –sobre todo en un mundo actual más complejo que nunca- tales simplismos, siendo agradables, son camelos inútiles.
La esfera de decisión política no debe trabajar en el corto plazo, tampoco despreciar al adversario y sí –por el contrario- limitar el propio poder. Sin olvidar que a día de hoy quizás lo más importante sea evitar la debilidad, fragilidad o incapacidad de las instituciones sociales o colectivas para gobernar efectivamente, para imponer su voluntad. Un asunto que nos conduce al siguiente, y ya último, aspecto de nuestra reflexión.

Los adversarios de la voluntad colectiva

Solo con una acción política que potencie algunos de los aspectos revisados y evite otros nos permitiría elevarnos sobre la mera condición biológica para actuar con previsión y a largo plazo como nos reclamaba R. Dawkins.
Sin embargo en esa producción y distribución de bienes colectivos nos enfrentamos a fuerzas cada vez más gigantescas que multiplican, como nunca antes el dinero, el mercado global y la tecnología. En un tal escenario la acción política de los Estados se torna cada vez más impotente frente a los realmente poderosos. Es entonces que el poder que se les supone a los Estados es cada vez menor.

En esta encrucijada las fuerzas que son capaces de sembrar y amplificar incertidumbres de todo tipo, inestabilidades o sociedades radicalmente desordenadas no harán más que ganar influencia. Lo hemos visto en las recientes crisis de los mercados financieros mundiales, del sistema bancario, de los mercados energéticos o de ciertas materias primas, de los éxodos de refugiados, de las oleadas migratorias, de las nuevas formas de esclavitud humana, … En todos los casos los Estados van arrastro de los acontecimientos, mientras los rumbosos organismos internacionales resuelven sobre papel mojado.
Ahora los realmente poderosos van a ser oligopolios globales (fondos de inversión o grandes grupos energéticos por ejemplo) que minimizan el poder de los gobiernos, de lo público, y apenas buscan la complicidad o sumisión de Estados cada vez más débiles. Tal dialéctica, ensayada cientos de veces en países del llamado “tercer mundo” con recursos estratégicos y sin democracia, es el verdadero alma del llamado neoliberalismo: la complicidad entre los poderes de los grandes grupos económicos mundiales y un Estado capturado por una casta gobernante que apenas persigue su propia reproducción.

Tal cosa es hoy más real que nunca porque los actores e intereses corporativos de los que estamos hablando disfrutan de una movilidad inédita que los hace inmunes a las fronteras territoriales. Se mueven de un lugar a otro del mundo en milisegundos, tienen sus bases domiciliarias dispersas y ocultas en paraísos fiscales (es decir, sin marco institucional público común), valiéndose y mutando con los productos de lo que se ha dado en llamar ingeniería financiera.
En una tal tela de araña digital la apariencia de múltiples agentes acostumbra ocultar la concentración real de poder en muy pocos grupos financiero-industriales que cuentan con los correspondientes mecanismos de opinión en los mass media. La ausencia de competencia, la competencia desleal, los mercados cautivos, las conductas mafiosas, las normas ad hoc no escritas, … serán más habituales de lo que uno se imagina en cuanto uno se aleja de la escala más local.
No nos debe sorprender que, en consecuencia, una tela de araña global tejida de esa manera poco o nada tenga que ver con la seguridad o con la precaución. Bien al contrario, en ella crecerán exponencialmente de tamaño problemas de dimensión tal que se harán incontrolables por los viejos mecanismos de regulación pública, problemas en los que en no pocos casos se hará muy difícil proceder a una marcha atrás (pensemos en la tecnología nuclear, en los transgénicos o en el cambio climático).

Cuando domina tal perspectiva de conjunto y una tal globalización de los poderes económicos también se harán prescindibles los imperativos éticos de la solidaridad, de los derechos colectivos, laborales, sociales, incluso personales. El retorno a formas post modernas de esclavismo y de despotismo están servidos.
En esta deriva la unidad nacional se convierte en una ficción, lo que ahora cuenta son las dependencias transnacionales. Una tal complejidad dificulta nuestra comprensión del mundo como comunidad de ciudadanos. El círculo de la tela de araña se cierra: las cosas se deciden ya en otros sitios. Desaparece así lo común, lo público y la política.

Profesor de Economía de la Universidad de Vigo

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