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Noticias

Políticas anticapitalistas en tiempos de COVID-19

David Harvey (Jacobin) 

Publicado inicialmente en CTXT.

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de noticias, tiendo a situar lo que está ocurriendo en un contexto que abarca dos modelos, distintos pero entrecruzados, de cómo funciona el capitalismo. El primero es la cartografía de las contradicciones internas de la circulación y la acumulación de capital, producidas por los desplazamientos del valor monetario en su búsqueda de beneficio a través de los distintos “momentos” (como Marx los llama) de la producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este es un modelo de la economía capitalista como espiral de crecimiento y expansión sin fin. La cuestión se complica bastante cuando se tienen en cuenta, por ejemplo, rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficamente desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y la red, en constante cambio, de las divisiones del trabajo y las relaciones sociales.

En cualquier caso, imagino este modelo como integrado en un contexto más amplio de reproducción social (en hogares y comunidades), en una relación metabólica en curso y en perpetua evolución con la naturaleza (incluyendo la “segunda naturaleza” que es la urbanización y el entorno urbanizado) y en toda clase de articulaciones sociales contingentes, culturales, científicas (basadas en el conocimiento) o religiosas que las poblaciones humanas han creado en todo lugar y en todo momento. Estos “momentos” posteriores incorporan la expresión activa de las necesidades y los deseos humanos, el ansia de sabiduría y de significado y la búsqueda cambiante de realización en contra de un entorno hostil de medidas institucionales inestables, disputas políticas, confrontaciones ideológicas, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones. Todo ello funcionando en un mundo marcadamente diverso geográfica, cultural, social y políticamente. Este segundo modelo constituye, por así decirlo, mi comprensión actual del capitalismo global como una formación social específica; mientras que el primero habla sobre las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertos itinerarios de su evolución histórica y geográfica.

Cayendo en picado

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez sobre un coronavirus que ganaba terreno en China, enseguida pensé en las repercusiones para las dinámicas globales de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que las obstrucciones e interrupciones en la continuidad del flujo de capital resultarían en devaluaciones, y que si las devaluaciones se volvían más extensas y profundas eso indicaría el comienzo de una serie de crisis. Era también muy consciente de que China es la segunda economía más grande del mundo y que rescató eficazmente al capitalismo global en el periodo posterior a 2007- 2008, de forma que cualquier golpe a la economía china estaba ligado a serias consecuencias para la economía global, que estaba ya, en cualquier caso, en una condición lamentable. Me parecía que el modelo existente de acumulación de capital estaba, de por sí, en grandes problemas. Estaban aconteciendo protestas prácticamente en todas partes (de Santiago a Beirut), muchas de las cuales se centraban en el hecho de que el modelo económico dominante no estaba funcionando bien para el grueso de la población. Dicho modelo neoliberal es cada vez más dependiente del capital ficticio y de una vasta expansión de la oferta de dinero y de la creación de deuda; y se está enfrentando al problema de una demanda efectiva insuficiente para realizar los valores que el capital es capaz de producir. Así que, ¿cómo hará el modelo económico dominante, con su debilitada legitimidad y su delicada salud, para absorber y sobrevivir a los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia? La respuesta depende en gran medida de cuánto dure y se extienda la interrupción, ya que, como Marx señaló, la devaluación no ocurre porque las mercancías no puedan ser vendidas, sino porque no puedan ser vendidas a tiempo.

Desde hace tiempo vengo rechazando la idea de “naturaleza” como algo ajeno e independiente de la cultura, la economía y la vida diaria; mi punto de vista sobre la relación metabólica con la naturaleza es más relacional y dialéctico. El capital modifica las condiciones medioambientales de su propia reproducción, pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y sobre una base de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están constantemente reconfigurando tales condiciones medioambientales. Desde este punto de vista no hay algo así como un desastre completamente natural. Por supuesto que los virus mutan continuamente, pero las circunstancias en que una mutación se vuelve una amenaza letal para la vida dependen de las acciones humanas.

Las epidemias de sarampión, por ejemplo, solo florecen en grandes centros urbanos mientras que mueren rápidamente en regiones escasamente pobladas

Hay dos elementos importantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones vigorosas; es plausible, por ejemplo, esperar que los sistemas intensivos o erráticos de suministro de alimentos en los climas subtropicales contribuyan a esto. Dichos sistemas existen en muchos lugares, incluido el sudeste asiático y China al sur del Yangtsé. Y segundo, las condiciones que favorecen la rápida transmisión a través de los cuerpos de los huéspedes varían enormemente, siendo las poblaciones humanas de alta densidad vistas como un blanco fácil. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, solo florecen en grandes centros urbanos mientras que mueren rápidamente en regiones escasamente pobladas. Cómo interactúan los seres humanos entre ellos, cómo se mueven, se autodisciplinan o se olvidan de lavarse las manos afecta a la forma que tiene la enfermedad de transmitirse. En años recientes tanto el SARS como la gripe aviar y la porcina parecen haber surgido de China o el sudeste asiático; la propia China sufrió el año pasado una devastadora peste porcina, la cual implicó la matanza masiva de cerdos y el aumento de los precios de la carne de cerdo. No digo todo esto para acusar a China, hay muchísimos lugares con altos niveles de riesgo ambiental en cuanto a que ocurran mutaciones y a que se facilite la dispersión de los virus: posiblemente la gripe española de 1918 proviniese de Kansas, África dio origen al virus del Nilo Occidental y al ébola y quizás incubase el VIH/SIDA, mientras que el dengue parece prosperar en Latinoamérica. Pero los impactos económicos y demográficos que produce la propagación del virus dependen de grietas y vulnerabilidades preexistentes en el modelo económico hegemónico.

No me sorprendió excesivamente que el COVID-19 hubiese sido encontrado en Wuhan (aunque se desconoce dónde se originó). Inequívocamente los efectos locales serían significativos y, dado que este es un importante centro de producción, seguramente se darían repercusiones económicas globales (aunque no tenía ni idea de su magnitud). La gran pregunta era cómo podría darse el contagio y la propagación, y cuánto duraría (hasta que se encontrase una vacuna). Experiencias anteriores nos han mostrado que una de las contrapartidas de la creciente globalización es la imposibilidad de detener la rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente interconectado donde prácticamente todo el mundo viaja, las redes humanas de potencial propagación son extensas y están abiertas. El peligro (económico y demográfico) sería que la interrupción durase un año o más.

A pesar de que hubo una recesión inmediata en los mercados de valores de todo el mundo cuando se conoció la noticia original, sorprendentemente fue seguida de algo más de un mes en el que los mercados alcanzaron nuevas máximas, lo cual parecía indicar que los negocios seguían transcurriendo con normalidad en todas partes menos en China. La creencia era que se iba a repetir lo que ocurrió con el SARS, que fue contenido bastante rápido y tuvo una escasa repercusión global, a pesar de su alta tasa de mortalidad, causando a los mercados financieros un ataque de pánico (en retrospectiva) innecesario. Cuando apareció el COVID-19 la reacción mayoritaria fue tildarlo de repetición del SARS, entendiendo que el pánico era superfluo. El hecho de que la epidemia se desatara en China, que se movió rápida e implacablemente para contener sus efectos, también llevó al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que está sucediendo “allí” y, por lo tanto, fuera de la vista y de la mente (algo, además, acompañado de algunas problemáticas muestras de xenofobia hacia los chinos en ciertas partes del mundo). El pico que el virus causó en la, de otra manera, triunfante historia del crecimiento chino fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la administración Trump.

El solapamiento del Año Nuevo chino con el estallido del virus ocultó su impacto durante enero. La complacencia ante esta reacción estaba completamente fuera de lugar

Sin embargo, comenzaron a circular las noticias de la interrupción de las cadenas globales de producción que pasaban por Wuhan, lo cual fue largamente ignorado o simplemente considerado como problemas de algunas cadenas de producción o corporaciones particulares (como Apple). Las devaluaciones eran locales y concretas y no sistémicas. Se restó importancia a los indicios de que estaba cayendo la demanda de los consumidores, incluso cuando corporaciones que tenían una ingente actividad en el mercado chino, como McDonald’s y Starbucks, tuvieron que cerrar sus puertas por un tiempo. El solapamiento del Año Nuevo chino con el estallido del virus ocultó su impacto durante enero. La complacencia ante esta reacción estaba completamente fuera de lugar.

Las primeras noticias sobre la propagación internacional del virus eran episódicas y ocasionales, con un brote serio en Corea del Sur además de algunos otros focos de infección, como Irán. Fue el estallido italiano el que provocó la primera reacción violenta. El derrumbe bursátil que comenzó a mediados de febrero osciló un poco, pero para mediados de marzo ya había provocado una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo.

El escalado exponencial de las infecciones suscitó una serie de reacciones en ocasiones derivadas del pánico y a menudo incoherentes: el presidente Trump realizó una imitación del rey Canuto en medio de una marea potencialmente creciente de enfermedad y muerte. Algunas de las respuestas han sido realmente extrañas, como hacer que la Reserva Federal bajase las tasas de interés frente a un virus, algo que resulta raro incluso cuando se reconoció que la táctica pretendía aliviar las consecuencias para los mercados más que detener el progreso del virus.

Las autoridades y los sistemas de salud públicos fueron sorprendidos en todas partes por una gran falta de personal. Cuarenta años de neoliberalismo en toda Norteamérica, Sudamérica y Europa habían dejado lo público completamente expuesto y sin preparación para enfrentarse a una crisis de salud pública de esta clase; a pesar de que los sustos anteriormente provocados por el SARS y el ébola dieron avisos más que suficientes, así como lecciones contundentes sobre lo que debía de hacerse. En muchos lugares del mundo supuestamente “civilizado”, los gobiernos locales y las autoridades regionales o estatales (que forman indefectiblemente la primera línea de defensa en este tipo de emergencias de seguridad y salud públicas) se han quedado sin fondos gracias a una política de austeridad diseñada para financiar subsidios y recortes de impuestos a las corporaciones y a los ricos.

A las grandes corporaciones farmacéuticas les interesa entre poco y nada la investigación altruista de las enfermedades infecciosas (como es el caso de la familia de los coronavirus, que se conoce perfectamente desde los años sesenta). Las grandes farmacéuticas raramente invierten en prevención y tienen escaso interés en invertir para la preparación ante una crisis de salud pública, ya que adoran diseñar curas. Cuanto más enfermos estemos más dinero ganan. La prevención no contribuye a la maximización del valor para los accionistas. El modelo empresarial aplicado a los servicios de salud pública acabó con las reservas de infraestructuras necesarias para afrontar una emergencia; la prevención ni siquiera era un campo lo suficientemente atractivo como para garantizar colaboraciones entre lo público y lo privado. El presidente Trump recortó el presupuesto de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades y disolvió el grupo especializado en pandemias del Consejo de Seguridad Nacional, de la misma forma que les cerró el grifo a los fondos dedicados a la investigación, incluyendo la del cambio climático.

Si quisiera hablar de manera metafóricamente antropomórfica, diría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por casi cuarenta años de flagrante y abusivo maltrato por parte del violento y desregulado extractivismo neoliberal.

En cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión a partir del cual la masa en aumento se descontrola por completo

Quizá sea sintomático que los países menos neoliberales (China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur) hayan conseguido atravesar la pandemia en mejor forma que Italia, aunque Irán desmiente que este sea un principio universal. A pesar de que China manejó la crisis del SARS de forma más bien pésima, inicialmente ocultando y negando hechos, esta vez el presidente Xi ordenó rápidamente que hubiese transparencia tanto en las evaluaciones como en los informes, algo que también ha hecho Corea del Sur. Con todo, en China se perdió tiempo muy precioso, pues apenas unos días marcan completamente la diferencia. Sin embargo, lo más destacable de la gestión china fue el confinamiento de la epidemia en la provincia de Hubei, con Wuhan en el centro, gracias a ello la epidemia no llegó ni a Pekín, ni al este, ni tan siquiera más al sur. Las medidas tomadas para confinar el virus geográficamente fueron draconianas; casi imposibles de replicar en cualquier otro lugar debido a razones políticas, económicas y culturales. Los informes que vienen desde China sugieren que los tratamientos y las medidas tomadas no tuvieron en cuenta en ningún caso los cuidados, más aún, el nivel de vigilancia personal al que llegaron China y Singapur es claramente invasivo y autoritario. No obstante, tales medidas parecen haber sido extremadamente efectivas en conjunto, a pesar de que, si hubiesen sido puestas en marcha apenas unos días antes, se hubiesen evitado muchas muertes, según señalan algunos modelos. Esta información es importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión a partir del cual la masa en aumento se descontrola por completo (nótese aquí, una vez más, la importancia de la masa en relación al ritmo de crecimiento). El hecho de que Trump perdiese el tiempo durante semanas puede pagarse caro en vidas humanas.

Ahora, la economía está cayendo en picado, completamente fuera de control, tanto en China como más allá. Los trastornos en la cadena de valor de las corporaciones y de ciertos sectores se han revelado más sustanciales y sistémicos de lo que originalmente se pensaba. El efecto a largo plazo será el acortamiento o la diversificación de las cadenas de suministros a la vez que una búsqueda de nuevas formas de producción de menor intensidad laboral (con enormes consecuencias para el empleo) y una mayor dependencia en sistemas de producción administrados por inteligencias artificiales. La interrupción de las cadenas de producción acarrea el despido o cese de los trabajadores, lo que, al final, disminuye la demanda; mientras que la demanda de materias primas disminuye el consumo productivo. Estos impactos en la demanda habrían producido, por derecho propio, cuanto menos una recesión moderada.

Pero los mayores puntos débiles estaban en otra parte. Los modos de consumismo que explotaron tras 2007-2008, y que consistían en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca posible de cero, se han estrellado dejando consecuencias devastadoras. La avalancha de inversiones a dichos modos de consumismo tenía que ver con la maximización de la absorción de volúmenes exponencialmente crecientes de capital en formas de consumo que tuvieran los tiempos de rotación más cortos posibles. El ejemplo del turismo internacional es emblemático. Los viajes internacionales aumentaron de 800 a 1.400 millones entre 2010 y 2018; esta forma de consumismo instantáneo requiere de inversiones masivas en aeropuertos, aerolíneas, hoteles, restaurantes, parques temáticos, eventos culturales, etc. Este espacio de acumulación de capital está ahora paralizado: las aerolíneas cerca de la bancarrota, los hoteles vacíos; y en el sector de la hostelería es inminente el desempleo masivo, pues comer fuera no es una buena idea, los bares están cerrados en muchas localidades e incluso la comida para llevar parece arriesgada. El vasto ejército de trabajadores de la industria del espectáculo, o de cualquier otra basada en el trabajo precario, está siendo abandonado sin ningún medio de subsistencia aparente. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales, e incluso reuniones políticas en torno a las elecciones no paran de ser cancelados. Estas formas de consumo de experiencias basadas en los eventos han sido clausuradas, los ingresos de los gobiernos locales se han estrellado y las universidades y las escuelas se están cerrando.

Gran parte del modelo más puntero de consumismo capitalista contemporáneo es directamente inservible en las condiciones actuales. Incluso fue frenado el impulso hacia lo que André Gorz llama “consumo compensatorio” (por el cual se supone que trabajadores alienados van a recuperar su espíritu gracias a un paquete de vacaciones en una isla tropical).

Pero las economías capitalistas contemporáneas están basadas en el consumo en un 70% o incluso en un 80%. La confianza del consumidor y el sentimentalismo se han convertido, a lo largo de los últimos 40 años, en la clave del flujo de la demanda efectiva, y el capital se ha orientado cada vez más a las demandas y necesidades personalizadas. Esta fuente de energía económica no ha sufrido grandes fluctuaciones, excepto por algunas excepciones como la erupción volcánica en Islandia, que bloqueó el tráfico aéreo transatlántico durante algunas semanas. Sin embargo, el COVID-19 está suponiendo no meramente una fluctuación salvaje, sino directamente una quiebra absoluta en el corazón de las formas de consumo dominantes en los países más prósperos. La forma helicoidal de la acumulación ilimitada de capital está colapsando hacia dentro en todo el planeta y la única manera de salvarlo sería que surgiese de la nada un consumismo masivo motivado y financiado por los gobiernos. Esto requeriría de la socialización de toda la economía en, por ejemplo, los EE.UU., sin que se la llamase socialismo.

La primera línea del frente

Existe el mito, muy conveniente, de que las enfermedades infecciosas no distinguen de clases o de otras diferencias y fronteras sociales. Como les ocurre a muchas de estas máximas, se puede encontrar una cierta verdad en ellas: en las epidemias de cólera del siglo XIX la transgresión de las barreras de clase fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de la higiene pública y de los movimientos por la salud (que posteriormente se profesionalizaron) que alcanzan hasta nuestros días. Si este movimiento fue concebido para proteger a todo el mundo o únicamente a la clase alta no ha sido nunca realmente esclarecido. Sin embargo, hoy las diferencias de clase y los efectos e impactos sociales revelan una situación completamente distinta; las repercusiones económicas y sociales son filtradas a través de discriminaciones “habituales” evidentes en todas partes. Para empezar, la mano de obra que se espera se encargue de los números cada vez más altos de enfermos está, en la mayor parte del planeta, atravesada por el género, la raza y la etnia, lo cual imita las diferencias de clase en los empleados de, por ejemplo, aeropuertos, así como de otros sectores logísticos.

Los trabajadores han sido socializados para que se comporten como sujetos neoliberales y se culpen a sí mismos, o a Dios, si algo sale mal, pero nunca al capitalismo

Esta “nueva clase trabajadora” es la primera línea del frente y soporta la carga de, o bien ser el sector de mayor riesgo, dentro de quienes trabajan, de contraer el virus a través de sus empleos, o bien ser despedidos sin recursos debido a los recortes económicos impuestos por el virus. Existe, por ejemplo, la cuestión de quién puede trabajar desde casa y quién no, lo cual, junto con la cuestión de quién puede permitirse el aislarse en su casa en caso de contacto o infección (con o sin salario), agudiza la división social. En el mismo sentido en que aprendí a llamar “terremotos de clase” (“class-quakes”) al terremoto de 1973 en Nicaragua y al de 1995 en México D.F., el desarrollo del COVID-19 muestra todos los elementos de una pandemia marcada por la clase, el género y la raza. Mientras que los esfuerzos por atenuar los daños se camuflan bajo la retórica del “estamos todos juntos en esto”, las prácticas, especialmente por parte de los gobiernos nacionales, indican motivaciones ocultas más siniestras. La clase obrera norteamericana contemporánea (compuesta principalmente por afroamericanxs, latinxsy mujeres asalariadas) se enfrenta a la difícil decisión de exponerse a la contaminación en nombre del cuidado y mantenimiento de los lugares de abastecimiento clave (como abrir las tiendas de alimentación) o al desempleo sin prestaciones (como una atención sanitaria adecuada). El personal asalariado (como yo) trabaja desde casa y sigue recibiendo su salario igual que antes, mientras que los CEO dan vueltas por ahí en helicópteros y jets privados.

Los trabajadores han sido socializados, en la mayor parte del mundo, para que se comporten como buenos sujetos neoliberales, lo cual significa culparse a sí mismos, o a Dios, si algo sale mal, pero nunca atreverse a sugerir que el problema puede ser el capitalismo. Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden ver que hay algo defectuoso en cómo se está gestionando la pandemia.

En ausencia de intervenciones estatales masivas, en contra del pensamiento neoliberal, las tasas de desempleo alcanzarán, casi con total seguridad, los niveles de la década de 1930

La gran pregunta es: ¿cuánto durará esto? Podría ser más de un año; y cuanto más dure, más devaluación habrá, incluyendo la de la fuerza de trabajo. En ausencia de intervenciones estatales masivas, en contra del pensamiento neoliberal, las tasas de desempleo alcanzarán, casi con total seguridad, los niveles de la década de 1930. Hay múltiples ramificaciones de esto tanto para la economía como para la vida diaria, pero no todas ellas son malas. En la medida en la que el consumismo contemporáneo estaba convirtiéndose en excesivo, se encontraba al borde de lo que Marx describió como “sobreconsumo y consumo insensato, que llevados hasta lo monstruoso y lo extravagante producen la decadencia” de todo el sistema. La imprudencia de este sobreconsumo ha jugado un papel fundamental en la degradación del medio ambiente. La cancelación de vuelos y la disminución de todos los transportes y desplazamientos está teniendo consecuencias positivas al respecto de las emisiones de gases de efecto invernadero; la calidad del aire en Wuhan, y en muchas ciudades estadounidenses, ha mejorado enormemente; los lugares ecoturísticos tendrán algo de tiempo para recuperarse del atropello, y los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se reduzca el interés mismo por el imprudente y absurdo sobreconsumo, podría haber incluso beneficios a largo plazo, como por ejemplo que hubiese menos muertes en el monte Everest. Y, a pesar de que nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus puede acabar afectando a las pirámides de población con efectos a largo plazo en los costes de la Seguridad Social y en el futuro de la “industria de los cuidados”. La vida diaria será más lenta, lo cual será una bendición para cierta gente, y las medidas de distanciamiento social provocarán, si la emergencia dura lo suficiente, transformaciones culturales. La única forma de consumismo que será, casi con total seguridad, positiva es la que llamo economía de “Netflix”, que, en cualquier caso, satisface a los “espectadores compulsivos”.

En el frente económico, las respuestas han sido condicionadas por la forma de dejar atrás la crisis de 2007-2008, que implicó una política monetaria increíblemente débil unida a los rescates bancarios; todo ello complementado por un aumento dramático en el consumo productivo debido al aumento masivo de inversiones chinas en infraestructura. Esto último no puede repetirse a la escala a la que se requeriría. Los paquetes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también implicaron la nacionalización de facto de General Motors. Quizás sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y la caída de la demanda de mercado, estén cerrando, aunque sea temporalmente, las tres grandes compañías automotrices de Detroit.

Si China no puede repetir el papel que realizó en 2007-2008, entonces la carga de salir de la actual crisis económica recae sobre EE.UU.; y aquí está la ironía definitiva: las únicas medidas que funcionarán, tanto económica como políticamente, y que deberán ponerse en marcha bajo el mandato de Donald Trump (presumiblemente enmascaradas bajo el “Make America Great Again”), son bastante más socialistas que cualquier cosa que pudiese proponer Bernie Sanders.

Todos esos republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que asumir sus propios errores o desafiar a Donald Trump, quien, si es sabio, cancelará las elecciones excusándose en la emergencia y declarará una presidencia imperial para salvar al capital y al mundo de “disturbios y revoluciones”.

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Este artículo fue publicado originalmente en Jacobin el 20 de marzo de 2020

David Harvey es un geógrafo y teórico social marxista británico. Es catedrático de Antropología y Geografía en la City University of New York y Miliband Fellow de la London School of Economics

Traducción de  Marco Silvano.

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